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«Mi destino era acabar en prisión, pero había un Plan para salvarme y que yo sirviera para rescatar a otros»

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Juan José Guerrero (Juanjo a secas) es un tipo sencillo con mucha vida a sus espaldas. Una vida fea, como dirían ahora muchos, que a él le forjó de una manera muy especial para desempeñar la misión a la que se empezó a entregar hace unas décadas. Una misión que tardaría en reconocer como parte del plan de Dios para él.

Porque con ese Dios, Juanjo estuvo muy enfadado y enfrentado. Porque ese Dios permitió que Juanjo niño y adolescente viviera y conociera las consecuencias del mayor desamparo: el de no sentirse querido por nadie, ni por tus propios padres.

En la actualidad, Juan José Guerrero dirige la Fundación Unblock, dedicada a la prevención y reinserción de jóvenes delincuentes. Una organización sin ánimo de lucro que trabaja para «que ninguna herida sea un destino».

Para llegar a este punto, este hombre tuvo que recorrer un tortuoso camino. Pero hoy, con apenas tres años de vida, los logros de esta fundación son apabullantes. La fórmula, como él nos dice, no es un invento nuevo. Simplemente es una receta «tradicional», con ingredientes que todos conocemos pero que los sistemas no aplican. Esos ingredientes: la profesionalidad, la experiencia, el corazón, la empatía y la espiritualidad.

«No se puede tratar a estos niños como yogures con fecha de caducidad». Juanjo es la vasija de barro que Dios moldeó para este fin.

La crueldad y las consecuencias de crecer en el desamparo

Con solo 3 meses sus padres se desentendieron de él. Quedó al cuidado de su abuela materna. Cuando esta falleció, Juanjo tenía 12 años y quedó en tierra de nadie. Volvió el desamparo y el desarraigo se hizo más cruel. Juanjo iba creciendo, pasando de casa en casa, de sofá en sofá, o durmiendo en un coche, sin un espacio propio y sin referentes, sin identidad. Y cuando eres tan vulnerable, – dice Juanjo – es frecuente ser objeto de maltrato, y también que nadie dé la cara por defenderte. Así, acabaría acumulando un buen montón de heridas que él iba escondiendo bajo una gruesa coraza.

El «Juanjo niño en tierra de nadie y maltratado«, se convirtió en el «Juanjo adolescente que aprendería a ser el acosador». Eso sí, con una buena coraza y bien enfadado con el Dios que había permitido todo aquel desastre. Aprendió a utilizar toda su rabia y su ira «para aprender a hacer cosas malas y sin miedo».  Con el tiempo, también acabó entendiendo por qué no llegó nunca a cometer delitos gravísimos. Dios no le había llegado a abandonar aunque él, por aquel entonces, no lo veía por ninguna parte.

Después de su Ángel de la Guarda «oficial», en el camino de Juanjo se cruzaron personas que para él son otros angelitos que salieron a su rescate. No han parado de aparecer, asegura con una agradecida sonrisa. Para empezar, una mujer a la que adora. Su primera y única novia, cuya familia le daría cobijo y con la que iba a construir también una preciosa familia, su familia propia. Ella fue un gran instrumento con el que se empezaría a reconstruir la vida de Juanjo desde sus pedacitos, para dar forma a otra vida destinada a un propósito mayor, bueno y sorprendente para él.

Y es que Dios hace todas las cosas nuevas

Con su mujer y un trabajo, Juanjo empezó a descubrir que realmente podía «servir» para algo. Su forma de entender a los niños y adolescentes delincuentes, esos «zarrapastrosos» a los que el sistema trata habitualmente como un simple número, le convirtió en el más válido para asumir los casos más complicados, los jóvenes delincuentes «etiquetados de anti sociales», con delitos muy graves en sus mochilas. Hablamos de «pequeños grandes delincuentes». Ladrones, agresores, asesinos con menos de dos décadas de vida.

«Verles recuperar la paz, es algo a lo que no se puede poner precio», dice Juanjo.

El siguiente ángel de la guarda acabó, además, llevándole a un retiro de Emaús. Allí Juanjo, al fin, conoció, reconoció y sanó heridas, y también descubrió que él era realmente valioso para alguien y para algo. «Descubrir que, pase lo que pase, que hayas hecho lo que hayas hecho, eres hijo de Dios y nadie te puede querer más que Él«, eso es infalible para encontrar nuevos caminos y sentido a la vida, afirma Juan José Guerrero.

«Él es el quien me lleva y solo a Él debo temer», dice con determinación. Y con ese aprendizaje de vida a sus espaldas, con la capacidad de transmitir fe, empatía, perdón, esperanza, confianza, amor y comprensión cuando se ha tenido todo en contra… con eso, todo es posible. No puede fallar, porque Dios está ahí siempre y «no deja de abrir puertas con las que jamás hubiese soñado».

Este impresionante testimonio es el de Juan José Guerrero, Juanjo. Un niño que salió del abismo para rescatar a otros niños caídos en el abismo de una sociedad que olvidó que el amor de Dios todo lo puede.

Si quieres conocer más de Fundación Unblock, haz clic aquí.

 

 

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