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El éxodo al revés: La destrucción total de Jerusalén- Cap. 13-4

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Os presentamos un programa más de Conociendo las Escrituras presentado y dirigido por Beatriz Ozores. En este programa explicaremos cómo la destrucción que predijo Jeremías finalmente llegó. Nos resulta difícil imaginar lo destructiva que podía llegar a ser una guerra en el mundo antiguo. Aun cuando las armas nos puedan parecer primitivas, ejércitos de decenas o centenares de miles de soldados podían destruir provincias enteras de forma que pareciera que la creación había sido realmente destruida. En busca de seguridad, la gente se refugiaba tras los muros de la capital de la región. Entonces el enemigo la sitiaba y pronto sus habitantes comenzaban a morir de hambre.

Cuando Nabucodonosor por fin tomó Jerusalén, decidió que ya tenía bastante con aquella ciudad rebelde. Incendió el Templo, el palacio del rey y todos los edificios impor- tantes de la ciudad. Deportó a Babilonia a la mayor parte de los ciudadanos influyentes, dejando a un gobernador que vigilase a los que se quedaban. El profeta Jeremías permaneció con ellos. Según 2 Macabeos, consiguió ocultar el Arca de la Alianza, cuando Nabucodonosor estaba juntando el botín que había logrado reunir en Jerusalén. Según este relato, el Arca no sería encon- trada de nuevo hasta que el pueblo de Israel regresara del exilio.

“Se decía también en el escrito que el profeta, habiendo recibido un oráculo, ordenó que le siguieran con la tienda y el arca, y que salió hacia el monte al que Moisés había subido y desde el que había contemplado la heredad del Señor. Cuando llegó allí, Jeremías encontró una cueva habitable, en la que depositó la tienda, el arca y el altar del incienso, tapando después la entrada. Algunos de los que le acompañaban volvieron para señalar el camino, pero no pudieron encontrar la cueva.

Cuando se enteró Jeremías, les reprendió y les dijo: -Este lugar permanecerá desconocido hasta que Dios congregue la totalidad del pueblo y vuelva a ser misericordioso. Entonces el Señor mostrará estas cosas y aparecerá la gloria del Señor, y la nube, como se manifestó sobre Moisés, y como cuando Salomón oró para que el Templo fuera solemnemente santificado” (2 M 2, 4-8).

Ni siquiera entonces el espíritu rebelde de Judá se apagó por completo. Algunos rebeldes mataron al gober- nador y a todos sus seguidores. Como los judíos que quedaban en Jerusalén estaban seguros de que Babilonia tomaría represalias, hicieron planes para huir a Egipto. Jeremías les pidió que no se marcharan, pero ellos le acusaron de ser un aliado de los babilonios y se lo llevaron consigo a la fuerza. Así pues, el resto de Judá volvió al exilio de Egipto, cumpliéndose la última maldición que había sido profe- tizada en el Libro de la Ley. “E incluso el Señor te hará volver a Egipto en barcas, por el camino del que yo te dije: “¡Nunca más lo volverás a ver!” Allí os ofreceréis en venta a vuestros enemigos como esclavos y esclavas, pero no habrá comprador” (Dt 28, 68).

Jerusalén lo había sido todo para el pueblo de Judá. Era una ciudad hermosa, la ciudad santa, el sitio elegido por Dios entre todos los lugares de la tierra para establecer su morada. Ahora la ciudad había sido quemada y la tierra prometida perdida. El Templo había desaparecido. ¿Cómo podía continuar el culto sin el Templo? Babilonia era una ciudad inmensa, un lugar donde Nabucodonosor moraba entre inmensos palacios y templos y desde donde regía el mundo; era también un lugar donde se concentraban todos los vicios del mundo. Era magnifica, terrible y completamente diferente a Jerusalén. No podemos imaginarnos el dolor que causó el exilio en el pueblo de Judá, deportado a un lugar lejano del oriente. Sin embargo, ocurrió algo extraño. Despojados de todo cuanto poseían, comenzaron a acordarse de Dios. Rodeados de maravillosos monumentos paganos, comenzaron a entender el valor de lo que habían perdido; comenzaron a recordar que eran el pueblo elegido de Dios.

El resultado fue un resurgimiento de la cultura judía como nadie podía imaginar. Muchos de los libros del Antiguo Testamento fueron redactados en su forma actual durante el exilio de Babilonia. Es un dicho popular que la historia la escriben los vencedores. Sin embargo, en el caso de los judíos nos encontramos con una sorprendente excepción a la regla. Expulsados de sus casas, llevados como esclavos al extran- jero, escribieron la historia de cómo su pueblo lo había perdido todo; y además sabían por qué lo habían perdido: porque habían sido infieles a su Dios.

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