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El modelo San José: un padre no debe realizar sus planes en su hijo, sino «secundar los de Dios»

El modelo San José: un padre no debe realizar sus planes en su hijo, sino «secundar los de Dios»
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(Religión en Libertad) Para Jesús, el ejemplo masculino fue un hombre llamado José. Les salvó a Él y a su Madre de la furia de Herodes, le enseñó a trabajar y a ver las cosas con lucidez y valor. Fue su custodio en nombre del Padre. El sacerdote y teólogo Tarcisio Stramare colaboró con San Juan Pablo II en la redacción de uno de los más importantes textos pontificios sobre San José: la exhortación apostólica Redemptoris Custos de 15 de agosto de 1989. Al llegar la festividad del esposo de la Virgen María y padre putativo de Jesucristo, ha sido entrevistado por Ermes Dovico para Il Timone:

El padre Stramare, en una imagen de 2012, cuando celebró sus sesenta años como sacerdote.

“Ese título, Redemptoris Custos (‘el custodio del Redentor’), lo eligió el mismo Juan Pablo II, lo puedo decir con certeza porque yo había propuesto otro”. Quien se sincera con Il Timone es el padre Tarcisio Stramare, 91 años, gran estudioso de la figura de San José y conocido por haber sido uno de los teólogos que colaboraron con Wojtyla en la elaboración de la Redemptoris Custos, el documento pontificio más completo sobre el papel de San José en la historia de la salvación y que el 15 de agosto de 2019 “cumplió” treinta años.

Pero, ¿por qué “custodio“? Este título, ya presente en un antiguo himno al padre de Jesús (Salve, pater Salvatoris; salve, custos Redemptoris), expresa desde el principio el corazón de la exhortación apostólica, centrada en el ministerio de San José en la obra de la Redención; obra que a su vez es central en el magisterio del Papa polaco, revelando el amor de Dios por la criatura hecha “a Su imagen y semejanza”.

San José con el Niño dormido en brazos, óleo sobre lienzo de Francisco Camilo (1615-1673). Museo del Prado.

“En apariencia, ‘custodio’ parece disminuir la autoridad de San José, porque los Evangelios lo llaman ‘padre de Jesús’. Pero, en realidad, hablando con Juan Pablo II, comprendimos que era el título adecuado para esa exhortación apostólica, que exalta también la paternidad de San José”, añade el padre Stramare: “Subrayar la custodia significa subrayar el servicio, en cuanto la vida no está en las manos del hombre sino en las de Dios. Es Dios el que inspira el alma; Él es la causa, el hombre el instrumento. Y, por tanto, para hacer comprender esta verdad, es más apropiado destacar que el hombre es custodio de algo, de alguien, que es propiedad de Dios, vida incluida”.

Paternidad y Redención

La custodia, por tanto, no solo no excluye los derechos paternos, sino que es fundamental para comprender qué tiene que ser la paternidad. “San José fue el verdadero padre porque ha sido el verdadero custodio, llevando a cumplimiento el proyecto que Dios tiene sobre el hombre“, nos dice el sacerdote y guía del Movimento Giuseppino.

Haciendo la voluntad del Padre eterno, José realiza entonces en sumo grado, junto a María Santísima, las palabras de Jesús sobre la familiaridad evangélica (Mt 12, 46-50). Y este principio, explica el padre Stramare, “vale para cada progenitor: quien tiene un hijo no debe pensar en realizar sus propios proyectos sobre él, sino secundar los de Dios. Es decir, se es padre no para servirse a uno mismo, sino para servir. Esto es muy importante también para la pastoral familiar, dado que hoy está muy difundida la idea de posesión, de autodeterminación, del derecho al hijo y de descartar al hijo si este no me gusta…”.

La doctrina de San Juan Pablo II en Redemptoris Custos

Una vez hechas estas premisas, se comprende la importancia del punto 8 de la Redemptoris Custos, donde se afirma que “San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención”. San José es quien introdujo a Jesús en la descendencia davídica, le impuso el nombre, lo inscribió en el registro de Belén en ocasión del censo de Augusto, estableciendo así la inclusión en el género humano del Hijo del hombre, lo salvó de Herodes con la huida a Egipto, lo alimentó, le enseñó un oficio, etc.

La paternidad de José, como la maternidad de la Santísima Virgen María, tiene un carácter cristológico primordial“, escribe Juan Pablo II, esta vez en el libro ¡Levantaos! ¡Vamos! (2004), añadiendo: “Sabemos que Cristo se dirigía a Dios con la palabra Abba: una palabra bonita y familiar, la palabra con la que los hijos de su nación se dirigen a sus padres. Probablemente con la misma palabra, como los otros niños, él se dirigía también a San José. ¿Es posible decir más sobre el misterio de la paternidad humana?”.

Un misterio “profundo”, lo define Wojtyla. “Cristo como Dios tenía la propia experiencia de la paternidad divina y de la filiación en el seno de la Santísima Trinidad”. Además, añade el Santo Padre, “como hombre, Cristo mismo experimentaba la paternidad de Dios a través de su relación de filiación con san José (…). Este, por su parte, le ofreció al niño que crecía a su lado el sustento del equilibrio masculino, de la claridad cuando veía los problemas y del valor. Desempeñó su papel con las cualidades del mejor de los padres, recurriendo a la fuerza del sumo manantial ‘de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra’ (Ef 3, 15)”.

San José. Hecho religioso y teología es una obra del padre Stramare sobre San José publicada en 2018.

En una sociedad líquida como la actual, confusa tanto sobre la sexualidad como, inevitablemente, sobre la paternidad y la maternidad, José nos conduce, junto a María, a la verdad acerca de la naturaleza humana. Y no es casualidad que quien ha arrojado tanta luz sobre su figura haya sido un insigne teólogo del matrimonio y de la familia como Juan Pablo II. Ha sido sirviendo a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, como padre, como José se ha convertido en “ministro de la salvación”. Y el suyo es, en consecuencia, un ejemplo de eterna actualidad “para la Iglesia que, como San José y junto a María, debe servir al Verbo, es decir a Jesucristo. De hecho”, continua el padre Stramare, “la Iglesia es sierva, el Papa es servus servorum Dei (siervo de los siervos de Dios) y también la liturgia es un servicio a Dios. Hoy se piensa que nuestra actividades y organizaciones son la clave, pero no es así: la Iglesia está llamada a servir a Jesús, no debe servir a ningún otro proyecto“.

Patrono de la Iglesia

El Beato Pío IX tenía bien claro todo esto cuando, el 8 de diciembre de 1870, en el clima anticatólico que precedía y siguió la Toma de Roma, proclamó públicamente a San José patrono de la Iglesia universal, como ya se había decidido durante el Vaticano I. En el correspondiente decreto, Quemadmodum Deus, emitido por la Sagrada Congregación de los Ritos, se propuso de nuevo el paralelismo bíblico, expresado ya por San Bernardo, entre el José del Antiguo Testamento y el José del Nuevo, del cual el primero es prefiguración. Como había hecho el faraón al poner al hijo de Jacob como administrador de todos sus bienes, invitando a los egipcios hambrientos por la carestía y en busca de pan a dirigirse a él (“Ite ad Joseph“, “Id donde José”), así la Iglesia de todos los tiempos está llamada a invocar al nuevo José, aquel que Dios quiso desde la eternidad como custodio de Sus tesoros más preciosos, Jesús y María.

No es casualidad que, más de medio siglo más tarde, en 1926, otro pontífice, Pío XI, aclarase en un discurso que el título de patrono de la Iglesia pertenece a San José a partir del momento en el que se convierte en cabeza de la Sagrada Familia. Y el 19 de marzo de 1938 el mismo Papa Ratti definió “omnipotente” la intercesión de San José.

En virtud de cuanto se ha dicho hasta aquí, San José es modelo no sólo para los padres de familia, sino también para los padres espirituales: los sacerdotes. Escuchemos de nuevo al padre Stramare: “José siempre ha administrado fielmente las cosas de Dios y, por esto, es un ejemplo para los sacerdotes, que están llamados a ser, también ellos, ministros de la salvación. De hecho, se habla de ‘administrar un sacramento’: porque no somos nosotros, los sacerdotes, quienes los creamos, sino que los administramos. Administramos la confesión, la eucaristía… es decir los dones de Dios. Dones establecidos por Él, que nosotros debemos administrar fielmente”.

Siete Dolores y Siete Gozos

Es el mes de San José ocasión propicia para descubrir las prácticas de piedad ligadas a él. Entre las más difundidas, la de los Siete dolores y siete gozos. Su origen se remonta al capuchino Juan de Fano que, en 1536, escribe que San José, después de haber salvado a dos frailes náufragos, les dijo: “Yo soy san José, digno esposo de la Santísima Madre de Dios, al cual tanto os habéis encomendado (…). Toda persona que diga cada día, durante un año, siete Padrenuestros y siete Avemarías, meditando sobre los siete dolores que yo tuve en el mundo, obtendrá de Dios toda gracia que sea conforme a su bien espiritual”. Él mismo reveló siete dolores, a los cuales les siguieron siete gozos. La Iglesia ha reconocido el valor de dicha devoción, concediendo desde Pío VII varias indulgencias. Sobre el modelo de los Siete Dolores de la Virgen, nos ayuda a meditar sobre algunos de los principales misterios de la vida oculta de Jesús, desde la perspectiva interior de San José.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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