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Vivió la guerra de Ruanda, sobrevivió al cólera pero tuvo claro siempre su vocación

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Durante sus en el exilio fueron muchos los obstáculos que tuvo que enfrentarse. El Padre Gaetán tuvo que presenciar siendo seminarista a la cruenta guerra de Ruanda y el posterior genocidio entre contra los tutsis que le obligaron a abandonar su país y convertirse en refugiado. Sin embargo, tuvo el convencimiento de que refugiado o no, tenía que ser sacerdote. Esa llamada siempre la tuvo clara y no tiró la toalla a pesar de las grandes dificultades que se encontró en el camino.

Como bien cuenta en el libro ‘Una Mano Invisible’ que acaba de publicar la editorial Nueva Eva, la esperanza fue lo que le sostuvo. «Así fue como sobreviví al cólera y a la malaria, al hambre y a la sed, a la soledad, a la pobreza y a la precariedad», cuenta. Y es que cuando echa la vista atrás ve con una claridad absoluta la mano de Dios en su historia. «Él lo tenía todo previsto para proteger mi vocación sacerdotal, orientarla y conducirla a la meta. Por eso, aunque en muchas ocasiones no sabía adónde ir, me limitaba a seguir adelante, persuadido de que cualquier ruta conduce a algún lugar», comenta el Padre. Lo único que tenía que hacer era continuar recto hasta donde pudiera llegar. Un camino que le había hecho dejar todo atrás, su país su familia, pero su fe continuaba inquebrantable ante la mayor de las adversidades. Así lo cuenta el Padre. «Tras tantos años lejos de los míos, había decidido olvidar el pasado y hacer abstracción de todas las imágenes almacenadas a lo largo de mi recorrido. No comprendía cómo el pueblo que habitaba aquel paraíso había podido pasar de una paz legendaria a una de las matanzas más atroces de la historia reciente de la humanidad.

De la paz se pasó a la guerra, de la guerra a la fractura social, y de ahí al genocidio. Después, todo fueron penas y miseria: el exilio para unos, la tristeza permanente para otros y la ruptura interior para todos. Los diecinueve años transcurridos me habían ayudado a adquirir una actitud de profunda admiración por la vida. También me habían permitido acercarme al misterio de Dios, que se esconde en un silencio elocuente. Lejos de hacerme extremista, había aprendido a soportar la debilidad de los hombres con una mezcla de relativismo y optimismo. Había comprendido que el hombre es, siempre y en todas partes, igual: capaz de hacer el bien y el mal, capaz de amar y de odiar, capaz de apostar por la vida o por la muerte.

Lo que a mi me interesaba era el amor y la vida, y eso se puede encontrar en cualquier lugar.

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