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El gran profeta Isaías. Cap.12 parte 4

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Os presentamos un programa más de ‘Conociendo las Escrituras’ presentado por Beatriz Ozores. En este capítulo os explicaremos todo lo que quedaba por aquel entonces del antiguo reino de David era Judá, que incluía la gran tribu del mismo nombre, la pequeña tribu de Benjamín y a los levitas que no vivían en Israel. Judá se libró de la conquista de los asirios. Mientras Israel se acercaba a su ignominioso final, Judá disfrutaba de un resurgir pasajero bajo el piadoso rey Ezequías. Este rey estaba decidido a hacer lo que era recto a los ojos de Dios. Y como guía tenía a uno de los más grandes profetas: Isaías, el hijo de Amós.
Ezequías fue un verdadero reformador.

Derribó los altares paganos y las estelas en honor de los dioses falsos. Demolió los lugares altos donde la gente adoraba a Dios de manera indebida. Destruyó la serpiente de bronce que Moisés había fabricado en el desierto, porque el pueblo infiel había llegado a adorarla como si fuera un dios. Isaías, el guía espiritual de Ezequías, había sido profeta durante los reinados de Uzías, Jotán y Ajaz. Durante esos años el pueblo de Judá había sido seducido progresivamente por las prácticas paganas de los cananeos. Uzías dio culto al Dios verdadero, pero su orgullo le hizo querer asumir algunas funciones que correspondían a los sacerdotes. Jotán también dio culto al Dios verdadero, pero permitió que gran parte del pueblo cayera en la idolatría. Ajaz se inclinó por los cultos paganos y se alió con Asiria. Así estaban las cosas cuando Isaías fue enviado por Dios para llamar a Judá a la conversión y para advertir de la destrucción que le esperaba si no cambiaba. “Venid y litiguemos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve; aunque fuesen rojos como la púrpura, quedarán como la lana. Si queréis y escucháis, comeréis lo mejor de la tierra; pero si no queréis y os rebeláis, seréis devorados por la espada, pues ha hablado la boca del Señor” (Is 1, 18-20).

Pero Isaías no era sólo un profeta que anunciaba un final fatídico. Incluso en los momentos en que todo parecía más oscuro, Isaías profetizaba un tiempo en el que Jerusalén sería no sólo la capital de Judá sino la capital espiritual del mundo. “Sucederá en los últimos días que el monte del Templo del Señor se afirmará en la cumbre de los montes, se alzará sobre los collados, y afluirán a él todas las naciones. Irán muchos pueblos y dirán:
“Venid, subamos al monte del Señor, al Templo del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus senderos, porque de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra del Señor” (Is 2, 2-3).

En la actualidad muchos estudiosos piensan que el libro de Isaías, tal como hoy lo conocemos, es la compilación de los escritos de tres o posiblemente más profetas. Según esta hipótesis, la primera parte (capítulos 1-39) sería principalmente obra del propio Isaías, mientras que el resto habría sido compilado años más tarde por los responsables de recoger las profecías atribuidas a Isaías, especialmente para provecho de israelitas que vivían exiliados en tierras extranjeras. Al final el libro habría sido recopilado por un hábil editor, de modo que su contenido resulta uniforme a lo largo de todas sus partes. La idea del arrepentimiento y del juicio que va a venir si Judá no se arrepiente es uno de los temas princi- pales de la profecía de Isaías. Con todo, este juicio no puede rescindir las promesas sin condiciones que Dios había hecho a David. Dios castigará a su pueblo, pero a pesar del castigo, llegará un tiempo en el que, hasta las profecías que parecían más imposibles, se cumplirán.

Un resto de Judá —el resto que había permanecido verdaderamente fiel a Dios— volverá para establecer un nuevo reino en Jerusalén. De hecho, esta idea era tan importante para Isaías, que llamó a su primer hijo “Un resto volverá”. Aunque pudiera parecer imposible, el reino de David iba a ser restaurado de forma gloriosa. De la descendencia de David, hijo de Jesé, surgiría el gobernante perfecto —el Ungido del Señor, el Mesías o Cristo— que iba a regir Israel con una justicia perfecta en un tiempo que tenía que venir. “Saldrá un vástago de la cepa de Jesé, y de sus raíces florecerá un retoño. Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor… Aquel día, la raíz de Jesé se alzará como bandera para los pueblos, la buscarán las naciones, y su morada será gloriosa. Aquel día, el Señor volverá a extender su mano para rescatar al resto de su pueblo que haya quedado en Asiria y en Egipto, en Patrós, en Etiopía, en Elam, en Sinar, en Jamat y en las islas del mar” (Is 11, 1-2.10-11).

Parecía un anuncio imposible: todos los fieles de Israel, incluso aquellos de las tribus deportadas por los asirios, serían reunidos bajo el Ungido del Señor. Ante los oscuros tiempos que se avecinaban, la promesa resultaba todavía más imposible. No todas las tribus del norte habían desaparecido. A diferencia de las otras tribus del norte, las tribus de Zabulón y de Neftalí nunca fueron totalmente deportadas. En los últimos años del reino del norte, Asiria había conquistado su tierra, separándola del reino de Israel. Pero a muchos de los pobres campesinos que vivían allí se les permitió permanecer en sus tierras mientras el resto de Israel era desmembrado y deportado.

Estos campesinos todavía seguían allí, en la tierra llamada Galilea, ignorados por judíos y gentiles. Sin embargo, Isaías predijo para ellos algo grandioso y difícil de imaginar. El pueblo de Judá que oyó la profecía de Isaías no se debió de sorprender al oír llamar a los galileos “pueblo que caminaba en tinieblas”. Sin embargo, pudieron tener dudas de que alguna vez los galileos fueran a ver una gran luz. ¿Llegaría Galilea a ser gloriosa? Los galileos eran pobres campesinos, no grandes líderes. Era una de las profecías de Isaías que más inverosímil parecía.

 

 

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