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Mehdi Djaadi, el actor que dejó el islam por Cristo y ahora combate el relativismo de su ambiente

Mehdi Djaadi, el actor que dejó el islam por Cristo y ahora combate el relativismo de su ambiente
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(Religión en Libertad) Mehdi Djaadi nació en 1986 en Saint-Étienne. Es francés de origen argelino y se crió como musulmán. Entre los 14 y los 16 años su vida se torció con la comisión de algunos delitos y el abandono de la escuela, pero también fue la ocasión para un primer contacto con la fe cristiana.

Una casualidad le llevó al Centro Dramático Nacional de Valence (Francia), donde empezó su formación, concluida en la Escuela Superior de Arte Dramático de Lausana (Suiza). Paralelamente, su evolución espiritual le llevó a la Iglesia católica, donde fue bautizado y confirmado en 2013.

En los últimos años, Mehdi se ha visto reconocido como actor con su participación en dos películas de éxito: Toda tuya (2016), de Baya Kasmi, donde deslumbró como secundario y fue nominado a los Premios César Revelación, y el corto Sacrilegio (2018) de Christophe M. Saber, que protagonizó.

En 2019 contrajo matrimonio con Anne y lanzó un espectáculo teatral, Coming out, donde incorpora Emmanuel como su nombre cristiano y se adueña de la escena para relatar su vida y su conversión.

Lo ha hecho también recientemente con Pierre Jova en La Vie (los ladillos son de ReL):

Mehdi Djaadi, inclasificable

Crecí en Crêt-de-Roc, un barrio de Saint-Étienne (Alto Loira). Mis padres llegaron de Argel: mi padre era albañil y mi madre niñera. Segundo de cuatro hijos, yo era un gamberro, un solitario, no tenía muchos amigos en el colegio. ¡Pero Dios me dio un talento para la imitación! Para divertir a mis compañeros, imitaba los acentos y me disfrazaba de personajes varios. Me gustaba el papel de joven marginado que me había construido: “Saoud”, un musulmán piadoso ¡como los sauditas!

Cuando tenía 14 años, robé unos euros de la caja de la mezquita para comprarme un kebab. Con radio macuto este hecho se convirtió en: “Mehdi ha huido con la caja”. Para mi familia, musulmana practicante, fue una deshonra total. Mi reputación de religioso, mis años de estudiante modelo en la escuela coránica… todo se esfumó en un instante. Conocí el peso que ejercen los líderes que hacen el papel de la policía en ciertos barrios, en los que sus leyes prevalecen sobre las de la República. Dejé de hacer las cinco oraciones al día, aunque seguía sediento de Absoluto.

La primera conversión

Un día vi una iglesia evangélica en el barrio. Empecé a ir, al principio para provocar al pastor, porque afirmaba que Jesús es hijo de Dios, ¡algo inadmisible desde el punto de vista musulmán! Al cabo de una serie de encuentros, me regaló los Evangelios. Yo tenía 16 años. Cuando los leí, me quedé asombrado por la figura de Jesús. Empecé a rezarle, a vivir una amistad muy fuerte con Él. Durante los años en lo que estuve implicado en la delincuencia y el fraude bancario con una banda organizada le supliqué que cambiara mi vida… A los 21 años, dejé Saint-Étienne y me mudé a Valence, donde me alojé con un editor evangélico que una mañana, en una orilla del Ardèche, me bautizó.

Mi conversión fue muy dolorosa para mi familia, que siempre había estado a mi lado cuando la necesité. Veo de nuevo a mi padre haciendo kilómetros para recogerme en el enésimo colegio al que había sido enviado, o limando asperezas ante el juez de menores. Cuando me convertí al protestantismo creyó que era víctima de una secta. Saber que para mí era una decisión verdadera para él significaban el deshonor y la inseguridad.

En Valence (Drôme) fui a clases por la noche en el Centro Dramático Nacional. Una chica me propuso que le diera la réplica para pasar la prueba a los cursos superiores. Sin mucha fe acepté y me encontré en la Manufacture, la prestigiosa Escuela Superior de Arte Dramático de Lausana, en Suiza. Mi entrada allí fue un shock cultural, a todos los niveles. Había abandonado la escuela a los 16 años y ahora estaba en una carrera universitaria. Además, era el único magrebí, procedente de un ambiente popular, con unas referencias artísticas totalmente distintas a las de mis compañeros. Yo había crecido con Denzel Washington y la película Uno de los nuestros, no con Pedro Almodóvar.

Viví también un shock espiritual. Cuando llegué a Suiza, me alegré de ir a la patria del protestantismo y descubrir a Juan Calvino. Pero en lugar de esto, me encontré en un universo que se autodenominaba tolerante y muy anticlerical. En Lausana luché entre seguir a Cristo y los excesos de la vida estudiantil. La palabra de Dios me seguía alimentado, pero tenía dificultades con las predicaciones de los pastores evangélicos, que me hacían pensar en un show.

En una abadía

Al final del primer año estaba agotado. Jonathan, un amigo de infancia católico, me propuso ir a un retiro a la abadía de Sept-Fons (Allier). Al llegar a los oficios, me quedé conmocionado con la liturgia de las horas. Como protestante, amaba los salmos. Todo el misterio de la Revelación está contenido en ellos: el consuelo, la espera, la alegría, la Jerusalén celeste. Allí, cerca de esos monjes, oí a Dios cantar dentro de mí. Después fui a la Adoración. Nada había sido tan profundo antes como esa exposición del Santísimo Sacramento. Tengo la certeza de que el Jesús que yo amo, al que rezo, está realmente presente. Como si yo pudiera hablar con Él ¡allí mismo! Me sentí envuelto por su presencia.

Al salir me encontré con Jonathan y le dije: “He comprendido”. Se me abrió un mundo increíble. Fui a ver al hermano hospedero y le pregunté: “¿Siempre es así?”. Me respondió: “¡En cada misa y en cada oración!”. Me fui de ese lugar con el rostro bañado en lágrimas: sobre una mejilla, por la alegría de haber encontrado de nuevo a Cristo; y sobre la otra, por la tristeza de no poderme unir a Él en la eucaristía. Los dos años siguientes los dediqué a Dios. A las seis de la tarde iba a misa a la basílica de Notre-Dame du Valentin, y también a catequesis.

Al final de mi tercer año recibí la comunión y el sacramento de la confirmación. Todos los que recibían la confirmación estaban con sus familias, sus amigos… Yo estaba solo en un banco. Pero cuando me llamaron y respondí: “Aquí estoy”, oí en lo más hondo de mí mismo: “Aquí estamos”. Me sentí rodeado de Jesús y los santos.

En 2019 tuve el privilegio de conocer al Papa Francisco, en Roma. Al abrazarle, sentí aún más mi filiación con Jesús. Mirando atrás, doy gracias por lo que recibí con los protestantes. Por ese pastor de Saint-Étienne que me regaló los Evangelios, por el editor de Valence que me acogió. El Espíritu sopla sobre ellos. Y me atrevo a decir: los evangélicos nos aportan el celo y el amor de la Palabra; es nuestro deber, como católicos, compartir la belleza de la Eucaristía.

En lucha contra el relativismo

Mi amor por Francia ha nacido con la fe católica. ¡No he dejado de hablar en árabe con mi barbero, ni de apreciar las tortillas fritas argelinas! Pero me siento también “hijo de Francia”. Tomé conciencia de esto gracias a la peregrinación que hice a Santiago de Compostela: en el camino, en cada lugar donde dejaba mi mochila, había, a 30 km a la redonda, una iglesia, un museo, un queso o un paisaje que admirar. Amo a Francia por su cultura, su patrimonio, su historia cristiana y republicana. Para reconciliarnos con los recién llegados, reconciliémonos con nosotros mismos.

En la Manufacture de Lausana empezaron a sospechar de mí. En 2013 hubo la Manif pour tous: en esa época yo no estaba en absoluto politizado, pero sin haber pedido nada me encontré siendo su portavoz en el mundo de la cultura. Me tacharon de extremista, homófobo y reaccionario…

Al acabar los estudios dudé de si convertirme en actor, no me apetecía ser el blanco de la ideología dominante. Pero siento que estoy llamado a eso. Ha sido más duro aceptar mi vocación al mundo de la escena que pensar en el sacerdocio. ¡Ser actor es un sacerdocio! Yo, que soñaba con un trabajo estable, con horarios fijos, me he convertido en un saltimbanqui, que trabaja de noche y viaja al extranjero. El ambiente de la cultura es paradójico. Celebra la diversidad, pero no soporta a quien se opone al relativismo actual.

A veces tengo la sensación de que la última subversión es oponerse a la Iglesia y estar a favor del vientre de alquiler… A mí me gustaría poder contar historias, sin que hubiera un trasfondo político. ¡Que me llamaran para hacer de Otelo o participar en obras de teatro de Chejov! Por otra parte, también admiro la sensibilidad de muchos actores y su deseo de hacer que el mundo avance.

Debido a mi oficio, soy un puente entre universos distintos. Frecuento y discuto en profundidad con homosexuales militantes. Se dan cuenta que no soy el católico de caricatura que ellos imaginaban. Un vez superados los clichés, nos podemos apreciar e incluso amar. Entre los “magrebíes”, “los católicos” y el ambiente cultural, no pertenezco a ningún ámbito, estoy en parte dentro y en parte fuera de todos ellos.

Es este aspecto de estar fuera de lugar, de desplazado, el que he encontrado en Le Dorothy, esa cafetería-taller asociativo católico de París, donde el emigrante frecuenta al artista y al alto funcionario. Allí conocí a mi mujer, Anne. Es mi roca, mi pilar, sin ella nunca habría montado este espectáculo sobre mi vida. En un momento en que se habla de la igualdad hombre-mujer, ¡yo estoy convencido de la superioridad de mi esposa!

Traducido por Elena Faccia Serrano.

 

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