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7 minutos con Madre Teresa de Calcuta cambiaron su vida. “Allí vi, oí y entendí”.

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Rosario Dueñas (Mariqui) sufrió en su juventud un accidente que desfiguró su cuerpo y trastocó sus expectativas de vida. “Fue una experiencia dura, aunque no traumática; quizás por mi juventud ni era consciente de la magnitud de aquello”. Tras un largo proceso de recuperación se traslado a estudiar a Londres y volvió a Galicia donde ya todo era diferente para ella. No encontraba su lugar. En su camino de inquieta búsqueda “el Señor me llevó a Mombasa, en África. Lo que era una escapada de 21 días para distraerme y cambiar de aires, se convirtió en una estancia de 3 meses durante la que conocí el mal llamado Tercer Mundo”, y también en el detonante de una nueva vida para ella que nos relata en este testimonio de esperanza. “Mis ojos vieron y mi corazón sintió en un poblado cercano donde había una comunidad claretiana haciendo una gran labor en las cosas más sencillas, atendiendo las necesidades más básicas educativas, alimentarias y sanitarias”. Estaba convencida de que el Señor la había llamado para eso, para dedicarse full time, no solo en los periodos de vacaciones.

Acabó escribiendo a Roma ofreciéndose a trabajar en cualquier proyecto en África en el que pudiera estar activa, no importaba si eran las tareas más penosas, y para atender a los más pobres. Meses después recibió respuesta: “no estaban mandando a gente a África por los conflictos que se vivían entonces allí, pero como sabía inglés podía ir a Filipinas. Así que me fui, con las Esclavas del Sagrado Corazón, donde mi cometido era dar clases de inglés a los universitarios y por las tardes asegurar una dieta equilibrada para los más pequeños”. Su obsesión era hacer, ayudar, hacer y hacer. Fue a través del apostolado con las Esclavas cuando entró en contacto con un hogar de la Santa Madre Teresa de Calcuta. “Aquello me impactó mucho, el olor, lo que veía… Yo lloraba y los niños se reían de mi. Y me decía, tengo que ser fuerte, tengo que superar esto”. Así que empezó a conocerlas y a compartir más tiempo y tareas con las Misioneras de la Caridad “y con los no queridos, no deseados, con los desechos humanos, trabajando en el pabellón de los niños, los que iban a morir, los que iban a vivir con malformaciones y desnutrición, los que se intentaban recuperar para devolverlos a sus familias, y también con los ancianos y ancianas”.

Tiempo después, un encuentro de 7 minutos con Madre Teresa en Manila dio otro giro a su vida. “Me esperaba con las manos extendidas. Y yo puse mis muñoncitos en sus manos y le dije que quería unirme a su Orden. “Yo estaba convencida de que el Señor estaba llamándome a eso. Y Madre Teresa me contestó: no puedes hacerlo”. Mariqui no entendió esa respuesta y se limitó a llorar desconsolada en el hombro de la Santa hasta que esta le dijo: “pero puedes seguirme en la vida contemplativa si quieres”. Para una persona tan activa, tan dinámica, aquello era difícil de comprender, y menos después de todo el tiempo que había estado dedicando a la labor de las Misioneras de la Caridad. Con el tiempo entendió que, como decía Teresa de Calcuta, “no es cuánto haces, sino cuánto amor pones en hacer las cosas”. Silencio, oración, fe, amor, servicio y paz es el orden que proclamaba la Santa. “Es una santa en vida -le decían-. Habrá visto algo en ti si te ha dicho eso”.

Meses más tardes recibió una carta de Madre Teresa que le decía “veamos si estás llamada a ser una hija mía”. “Era mi salvoconducto para la India”, nos cuenta Mariqui. “Salía hacia Calcuta en septiembre del 95 y estuve un año con ella. Allí vi y oí, entendí lo que el Señor me estaba pidiendo”. Vivió experiencias muy duras con los más pobres, con los leprosos. En esa rutina de intensa actividad “Madre Teresa me mandó a unos ejercicios espirituales con el sacerdote que por entonces era su director espiritual”. Una vez más, Mariqui no entendió ese cambio de rumbo. No había estado nunca de ejercicios espirituales, “pero allí me vi, me quise y me acepté. Cuando volví, Madre Teresa me miró y me dijo: ya estás lista”. Entendió que su labor era evangelizar a través de su testimonio y su servicio.

“Las personas de fe tenemos mucho por lo que rezar y nuestro corazón tiene que ser un corazón alegre, lleno de amor. Tenemos que ser el oído que escucha de verdad y la mano que acoge con cariño de verdad”. No te pierdas el testimonio completo de Rosario Dueñas. Además de colaborar con varias comunidades religiosas, Mariqui trabajó 15 años en Manos Unidas y ha participado en la película “Amanece en Calcuta”, de José María Zavala.

 

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