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Viernes 3º de Pascua.- 1-05-2020

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“Jesús les dijo: Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta. Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe”

Evangelio según S. Mateo 13, 54-58

Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su Madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?». Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta». Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.

 

Meditación sobre el Evangelio

A sí como otras veces se le ve agobiado de trabajo y asaltado por demandas de la gente, sin tiempo ni para comer, así en ocasiones le salen días encalmados y los aprovecha descansando entre los suyos. No vive con la angustia de no parar ni en una actividad febril; sabe aceptar la limitación de sus posibilidades y confiar a Dios aquello donde no llega.

Ha entrado en Nazaret y hasta el sábado conversa pacíficamente con su madre, conversa sin prisa con sus discípulos, departe amigablemente con sus parientes y vecinos. Varios de éstos no le toman en serio y le tratan como al muchacho que siempre conocieron, escépticos si no burlones de sus pinitos predicatorios y de sus ocurrencias doctrinarias. En tales casos hay que armarse de paciencia y capear las impertinencias.
En la sinagoga el sábado se condensó esta incredulidad protestatoria y despectiva. Alegaban que había sido en el pueblo uno de tantos, que se lo tenían muy sabido, y que era una pretensión escandalosa designarle profeta y enviado del Altísimo. No advertían que ellos mismos se refutaban, reconociendo existir una sabiduría inexplicable en quien nunca estudió y unos prodigios deslumbrantes en su mano. Pero no quisieron salir de su mediano concepto acerca del carpinterillo.

Jesús comentó que ningún profeta es estimado entre sus parientes o entre sus convecinos. Nueva pena suya, mezquino resultado en su familia. Su madre sí le comprendió como nadie. Ella sabiamente guardó una reserva absoluta en público, aunque en privado era la confidente divina de Jesús.Entretanto los parientes y paisanos resultaron clima incómodo y desapacible; ni lo estimaban ni le creían; era extraño cómo había podido conturbar la comarca, pero ellos se lo tenían muy conocido y no había por qué sacarle del martillo y la garlopa. Insondables recodos del alma humana, extravagante sicología tan ilógica, peregrinas maneras de la incredulidad.

Al no tener ellos fe, «no podía» él hacer milagros. Elocuente expresión de cómo el poder de Dios se actúa en nosotros por nuestra fe que espera. En dos o tres casas entró, llamado en particular; allí sí le creían y le suplicaban los enfermos. Los curó. Sin ruido ni publicidad.Jesús hablando a sus discípulos se mostraba una vez más estupefacto por aquella falta de fe. Es una estupefacción que recurre de continuo y no mengua por la costumbre: ¿Cómo los hombres viendo no ven?, ¿por qué esa animosidad contra la luz? Jesús no comprendía, estaba atónito.Quien es bueno-bueno no comprende al malo; porque el malo- malo es incomprensible, no tiene explicación, es el colmo de la inconsecuencia, de la contradicción, de la estupidez.

Se dedicó a las otras ciudades de la región.

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