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Lunes 32º Tiempo Ordinario 20-11-2017

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“Y enseguida recobró la vista y lo seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios”

Evangelio según S. Lucas 18, 35-43

Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: «Pasa Jesús el Nazareno». Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”». Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él dijo: «Señor, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado». Y enseguida recobró la vista y lo seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios

 

Meditación sobre el Evangelio

Una muchedumbre acompañaba a Jesús. Flujo y reflujo de las masas, parecido a las mareas; avanzan y retroceden. Mientras no se poseen ideas personales, claras, arraigadas, se está a merced de la luna. Triste sino el del hombre de Dios que imponga la Verdad, la que no admite neutrales; sublime misión del hombre de Dios, crear convencidos eternos de una posición: El evangelio. Ayer por la mañana aplauso en Jericó; al mediodía, desaprobación y murmullo; hoy de nuevo popularidad.

Los peregrinos confluyen de Transjordania y Galilea rumbo a Jerusalén. Trasueños del reino, fervor hacia el probable Mesías. Al escuchar un ciego el tumulto de voces que se acerca y lo flanquea, se entera de que era el Maestro. Su infortunio y desamparo le facilitó la fe (bienaventurados los pobres, bienaventurados los que lloran). Gritó su fe, ¡quería ver!

La gente, sin caridad, rezongaba que se callase (no les importaba su calamidad); la gente, sin fe, le chilló silencio. Pero el mendigo lanzaba su voz con más fuerza; clamaba con todos sus pulmones. Toda su suerte estaba en que le oyese el Maestro, ya que los viandantes en vez de ayudarle, le cargaban de reproches.
No dudó en apellidarlo Hijo de David, en proclamarlo Mesías. Si los demás titubeaban, él le publicaba, se convertía en pregonero. Enorme fuerza que presta a la voluntad el infortunio, para entregarse rendido a la Verdad que es Dios.

No pudo Jesús resistir al reclamo de la fe. ¡Tantas veces ha enseñado que la fe seduce a Dios! Esa fe que es súplica y dulzura y certeza amorosa de su poder y su amor.Se detuvo y mandó que le trajeran al ciego. Éste saltó de su sitio como una pelota, tiró el manto, borracho de alegría, seguro de la misericordia del Maestro.En la turba se opera un cambio; les recorre a todos una emoción de humanidad, se les pega la alegría del ciego y la bondad de Jesús.

El ciego y Jesús. Cara a cara la luz y las pupilas yertas. Y el Amor preguntaba a los niños: ¿Qué juguete pedís? -Ver. La fe y el amor se encontraron (¡hacen tan buena junta!), y la fe le sacaba cuanto quería; porque el Amor es el papá de la fe. Porque somos niños de un Padre, todo lo esperamos de Él, todo lo recibimos. Jesús aquí hace de Padre con nosotros para que viéndole viéramos lo que es él Padre: « Tu fe te ha curado».
A Bartimeo, al recobrar la vista se le encendió el amor. Se fue con Jesús.

Quien sigue a Jesús llega al Padre. El contacto de Jesús proyecta hacia el Padre: «Glorificaba a Dios».

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