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Domingo 3º de Pascua 30-04-2017

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«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída»

Evangelio según S. Lucas 24, 13a. 15-17a. 19b-32

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues, habiendo ido muy de mañana al sepulcro y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Entonces él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!” ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, toó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”.

 

Meditación sobre el Evangelio

V ieron a aquel peregrino y sus ojos no caían en la cuenta de quién era. Estaban demasiado enfrascados en sus cosas, en su charla, como para fijarse bien en nadie, y sus corazones, desilusionados y apesadumbrados por el fracaso de lo que esperaban: un reinado, un reino como los de este mundo. Todo ello no les permitía ver, ciegos a otras realidades, al prójimo que se les presentaba ante sus ojos. Era Jesús, mas no podían reconocerle aún, tan metidos en sí mismos. Ya en vida les había avisado de su muerte y que al tercer día resucitaría, pero aún así, ellos no lo reconocieron…

Él los irá sacando de sí mismos con su corrección (“¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!”) y con sus palabras -Palabra de Dios- (“Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas… ”), reconduciéndolos a la Realidad que estaban viviendo. Su corazón desbordaba caridad para con ellos (“¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino…?”). Cuando hizo ademán de seguir adelante, además de lo a gusto que se encontraban en su compañía, ya despiertos, desembotados, entregados sus corazones, actuaron con caridad con “aquel hombre”, forzándole, amablemente, pensando en lo avanzado ya del día (la caridad es delicada, sutil), a quedarse con ellos («<>. ¿Pero cuándo te vimos forastero y te hospedamos?… <>» -cf. Mateo 25-). Y Jesús entró, bendijo el pan y lo repartió. ¡Y entonces lo reconocieron! (“Todo el que ama conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” -1 Juan 4-).

Celebró Jesús con ellos aquella tarde su segunda eucaristía, con la Palabra de Dios explicada por el camino, y la cena. Cristo, evidentemente, no era sólo un profeta poderoso en obras y palabras como ellos sólo acertaban a ver sin todavía admitir la resurrección, sino el Hijo de Dios vivo, la Palabra del Padre encarnada para rescatarnos; viviente, visible, para saber nosotros cómo vivir prestando fe a su rescate que nos llevará a la resurrección. Como Cristo muere y resucita, nosotros moriremos y también resucitaremos: nuestra redención es una transformación divina que, no sólo se opera, sino que se representa por la muerte de Cristo; transformación que, por lo que mira al pasado, es muerte, y por lo que mira a lo nuevo, es vida y resurrección. Nos dejó como norma y ley de vida la caridad. Cristo es el vencedor que esperaba la humanidad y el que obtendrá para los suyos el éxito de la gloria absoluta e inmortal. Primero llegó a la victoria de su propia resurrección, para darle cima con la resurrección a la vida eterna de cuantos crean en él.

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