(ZENIT ā Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, una semana mĆ”s, ha reflexionado sobre la esperanza cristiana en la catequesis de la audiencia general. Este miĆ©rcoles se ha centrado en la historia de JonĆ”s. AsĆ, ha explicado que la esperanza, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración.
Publicamos a continuación el texto completo de la catequesis.
Queridos hermanos y hermanas, buenos dĆas.
En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, despunta una figura un poco anómala, un profeta que intenta evadirse de la llamada del SeƱor rechazando ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta JonĆ”s, de quiĆ©n se narra la historia en un pequeƱo libro de solo cuatro capĆtulos, una especie de parĆ”bola portadora de una gran enseƱanza, la de la misericordia de Dios que perdona.
JonĆ”s es un profeta āen salidaā, tambiĆ©n en fuga, que Dios envĆa āa la periferiaā, a NĆnive, para convertir a los habitantes de esa gran ciudad. Pero NĆnive, para un israelita como JonĆ”s, representa una realidad que amenaza, el enemigo que ponĆa en peligro la misma JerusalĆ©n, y por tanto para destruir, no para salvar. Por eso, cuando Dios manda a JonĆ”s a predicar en esa ciudad, el profeta, que conoce la bondad del SeƱor y su deseo de perdonar, trata de escapar de su tarea y huye.
Durante su huĆda, el profeta entra en contacto con los paganos, los marineros de la nave sobre la que se embarca para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos porque NĆnive estaba en la zona de Irak y Ć©l huye a EspaƱa. Pero huye de verdad. Y es precisamente el comportamiento de estos hombres, como despuĆ©s serĆ” el de los habitantes de NĆnive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración.
De hecho, durante la travesĆa en el mar, estalla una gran tormenta, y JonĆ”s baja en la bodega del barco y se duerme. Los marineros sin embargo, viĆ©ndose perdidos, Ā«invocaron cada uno al propio diosĀ» (Jon 1,5). Eran paganos. El capitĆ”n del barco despierta a JonĆ”s diciĆ©ndole: Ā«QuĆ© haces aquĆ dormido? LevĆ”ntate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamosĀ» (Jon 1,6).
Las reacciones de estos āpaganosā es la reacción justa delante de la muerte; porque es entonces que el hombre hace experiencia completa de la propia fragilidad y de la propia necesidad de salvación. El horror instintivo de morir desvela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. Ā«QuizĆ” Dios se acuerde de nosotros y no pereceremosĀ»: son las palabras de la esperanza que se convierten en oración, esa sĆŗplica llena de angustia que sale de los labios del hombre delante a un inminente peligro de muerte.
Demasiado fĆ”cilmente diseƱamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por eso imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Ćl para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre responde benevolente.
Cuando JonĆ”s, reconociendo la propia responsabilidad, se hace echar al mar para salvar a sus compaƱeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a esos hombres paganos a la oración, ha hecho que el profeta, a pesar de todo, viviera la propia vocación al servicio de los otros aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los supervivientes al reconocimiento del verdadero SeƱor y a la alabanza. Los marineros, que habĆan rezado con miedo dirigiĆ©ndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del SeƱor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y hacen promesas. La esperanza, que les habĆa llevado a rezar para no morir, se revela aĆŗn mĆ”s poderoso y obra una realidad que va tambiĆ©n mĆ”s allĆ” de lo que ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino que se abren al reconocimiento del verdadero y Ćŗnico SeƱor del cielo y de la tierra.
Sucesivamente, tambiĆ©n los habitantes de NĆnive, delante de la perspectiva de ser destruidos, rezan, empujados por la esperanza en el perdón de Dios. HarĆ”n penitencia, invocarĆ”n al SeƱor y se convertirĆ”n a Ćl, empezando por el rey, que, como el capitĆ”n de la nave, da voz a la esperanza diciendo: Ā«Tal vez Dios se vuelva atrĆ”s y se arrepienta ⦠de manera que no perezcamosĀ» (Jon 3,9). TambiĆ©n para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber afrontado la muerte y haber resultado salvados les ha llevado a la verdad. AsĆ, bajo la misericordia divina, y aĆŗn mĆ”s a la luz del misterio pascual, la muerte se puede convertir, como ha sido para san Francisco de AsĆs, en ānuestra hermana muerteā y representar, para cada hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión de conocer la esperanza y de encontrar al SeƱor. Que el SeƱor nos haga entender esto: la unión entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante a la esperanza. Y cuando las cosas se vuelven oscuras, mĆ”s oración y habrĆ” mĆ”s esperanza.

