Discurso del Papa Francisco en el encuentro con sacerdotes, religiosos, consagrados y seminaristas en la Catedral de Santiago de Chile:
Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra poder compartir este encuentro con ustedes. Me gustó la manera con la que el Card. Ezzati los iba presentando: aquà están… las consagradas, los consagrados, los presbÃteros, los diáconos permanentes, los seminaristas. Me vino a la memoria el dÃa de nuestra ordenación o consagración cuando, después de la presentación, decÃamos: «Aquà estoy, Señor, para hacer tu voluntad». En este encuentro queremos decirle al Señor: «aquà estamos» para renovar nuestro sÃ. Queremos renovar juntos la respuesta al llamado que un dÃa inquietó nuestro corazón.
Y para ello, creo que nos puede ayudar partir del pasaje del Evangelio que escuchamos y compartir tres momentos de Pedro y de la primera comunidad: Pedro/la comunidad abatida, Pedro/la comunidad misericordiada, y Pedro/la comunidad transfigurada. Juego con este binomio Pedro-comunidad ya que la vivencia de los apóstoles siempre tiene este doble aspecto, uno personal y uno comunitario. Van de la mano y no los podemos separar. Somos, sÃ, llamados individualmente pero siempre a ser parte de un grupo más grande. No existe la selfie vocacional. La vocación exige que la foto te la saque otro, ¡qué le vamos a hacer!
1. Pedro abatido
Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendrÃa que ser. El Evangelio no tiene miedo de mostrarnos los momentos difÃciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discÃpulos.
Recompongamos la escena. HabÃan matado a Jesús; algunas mujeres decÃan que estaba vivo (cf. Lc 24,22-24). Si bien habÃan visto a Jesús Resucitado, el acontecimiento es tan fuerte que los discÃpulos necesitarán tiempo para comprender lo sucedido. Comprensión que les llegará en Pentecostés, con el envÃo del EspÃritu Santo. La irrupción del Resucitado llevará tiempo para calar en el corazón de los suyos.
Los discÃpulos vuelven a su tierra. Van a hacer lo que sabÃan hacer: pescar. No estaban todos, sólo algunos. ¿Divididos, fragmentados? No lo sabemos. Lo que nos dice la Escritura es que los que estaban no pescaron nada. Tienen las redes vacÃas.
Pero habÃa otro vacÃo que pesaba inconscientemente sobre ellos: el desconcierto y la turbación por la muerte de su Maestro. Ya no está, fue crucificado. Pero no sólo Él estaba crucificado, sino que ellos también, ya que la muerte de Jesús puso en evidencia un torbellino de conflictos en el corazón de sus amigos. Pedro lo negó, Judas lo traicionó, los demás huyeron y se escondieron. Solo un puñado de mujeres y el discÃpulo amado se quedaron. El resto, se marchó. En cuestión de dÃas todo se vino abajo. Son las horas del desconcierto y la turbación en la vida del discÃpulo. En los momentos «en los que la polvareda de las persecuciones, tribulaciones, dudas, etc., es levantada por acontecimientos culturales e históricos, no es fácil atinar con el camino a seguir. Existen varias tentaciones propias de este tiempo: discutir ideas, no darle la debida atención al asunto, fijarse demasiado en los perseguidores… y creo que la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación».[1] SÃ, quedarse rumiando la desolación.
Como nos decÃa el Card. Ezzati, «la vida presbiteral y consagrada en Chile ha atravesado y atraviesa horas difÃciles de turbulencias y desafÃos no indiferentes. Junto a la fidelidad de la inmensa mayorÃa, ha crecido también la cizaña del mal y su secuela de escándalo y deserción».
Momento de turbulencias. Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a menores de edad y sigo con atención cuanto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor por el daño y sufrimiento de las vÃctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habÃan puesto en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentÃa de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo.
Me gustarÃa añadir además otro aspecto importante. Nuestras sociedades están cambiando. El Chile de hoy es muy distinto al que conocà en tiempo de mi juventud, cuando me formaba. Están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos. Y tenemos que reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas circunstancias. A menudo soñamos con las «cebollas de Egipto» y nos olvidamos que la tierra prometida está delante. Que la promesa es de ayer, pero para mañana. Y podemos caer en la tentación de recluirnos y aislarnos para defender nuestros planteos que terminan siendo no más que buenos monólogos. Podemos tener la tentación de pensar que todo está mal, y en lugar de profesar una «buena nueva», lo único que profesamos es apatÃa y desilusión. Asà cerramos los ojos ante los desafÃos pastorales creyendo que el EspÃritu no tendrÃa nada que decir. Asà nos olvidamos que el Evangelio es un camino de conversión, pero no sólo de «los otros», sino también de nosotros.
Nos guste o no, estamos invitados a enfrentar la realidad asà como se nos presenta. La realidad personal, comunitaria y social. Las redes —dicen los discÃpulos— están vacÃas, y podemos comprender los sentimientos que esto genera. Vuelven a casa sin grandes aventuras que contar, vuelven a casa con las manos vacÃas, vuelven a casa abatidos.
¿Qué quedó de esos discÃpulos fuertes, animados, airosos, que se sentÃan elegidos y que habÃan dejado todo para seguir a Jesús? (cf. Mc 1,16-20); ¿qué quedó de esos discÃpulos seguros de sÃ, que irÃan a prisión y hasta darÃan la vida por su Maestro (cf. Lc 22,33), que para defenderlo querÃan mandar fuego sobre la tierra (cf. Lc 9,54), por el que desenvainarÃan la espada y darÃan batalla? (cf. Lc 22,49-51); ¿qué quedó del Pedro que increpaba a su Maestro acerca de cómo tendrÃa que llevar adelante su vida? (cf. Mc 8,31-33).
2. Pedro misericordiado
Es la hora de la verdad en la vida de la primera comunidad. Es la hora en la que Pedro se confrontó con parte de sà mismo. Con la parte de su verdad que muchas veces no querÃa ver. Hizo experiencia de su limitación, de su fragilidad, de su ser pecador. Pedro el temperamental, el jefe impulsivo y salvador, con una buena dosis de autosuficiencia y exceso de confianza en sà mismo y en sus posibilidades, tuvo que someterse a su debilidad y pecado. Él era tan pecador como los otros, era tan necesitado como los otros, era tan frágil como los otros. Pedro falló a quien juró cuidar. Hora crucial en la vida de Pedro.
Como discÃpulos, como Iglesia, nos puede pasar lo mismo: hay momentos en los que nos confrontamos no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad. Horas cruciales en la vida de los discÃpulos, pero en esa hora es también donde nace el apóstol. Dejemos que el texto nos lleve de la mano.
«Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» (Jn 21,15).
Después de comer, Jesús invita a Pedro a dar un paseo y la única palabra es una pregunta, una pregunta de amor: ¿Me amas? Jesús no va al reproche ni a la condena. Lo único que quiere hacer es salvar a Pedro. Lo quiere salvar del peligro de quedarse encerrado en su pecado, de que quede «masticando» la desolación fruto de su limitación; del peligro de claudicar, por sus limitaciones, de todo lo bueno que habÃa vivido con Jesús. Jesús lo quiere salvar del encierro y del aislamiento. Lo quiere salvar de esa actitud destructiva que es victimizarse o, al contrario, caer en un «da todo lo mismo» y que al final termina aguando cualquier compromiso en el más perjudicial relativismo. Quiere liberarlo de tomar a quien se le opone como si fuese un enemigo, o no aceptar con serenidad las contradicciones o las crÃticas. Quiere liberarlo de la tristeza y especialmente del mal humor. Con esa pregunta, Jesús invita a Pedro a que escuche su corazón y aprenda a discernir. Ya que «no era de Dios defender la verdad a costa de la caridad, ni la caridad a costa de la verdad, ni el equilibrio a costa de ambas. Jesús quiere evitar que Pedro se vuelva un veraz destructor o un caritativo mentiroso o un perplejo paralizado»,[2] como nos puede pasar en estas situaciones.
Jesús interrogó a Pedro sobre su amor e insistió en él hasta que este pudo darle una respuesta realista: «SÃ, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Asà Jesús lo confirma en la misión. Asà lo vuelve definitivamente su apóstol.
¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia» (1 Tm 1,12-16). «En medio de nuestros pecados, lÃmites, miserias; en medio de nuestras múltiples caÃdas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podrÃa hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia».[3] No estamos aquà porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los «mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegrÃa. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. El consagrado es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección. Es quien puede ver en las heridas del mundo la fuerza de la Resurrección. Es quien, al estilo de Jesús, no va a encontrar a sus hermanos con el reproche y la condena.
Jesucristo no se presenta a los suyos sin llagas; precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, sino que pone allà al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo.
La conciencia de tener llagas nos libera; sÃ, nos libera de volvernos autorreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confÃan en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado».[4]
En Jesús, nuestras llagas son resucitadas. Nos hacen solidarios; nos ayudan a derribar los muros que nos encierran en una actitud elitista para estimularnos a tender puentes e ir a encontrarnos con tantos sedientos del mismo amor misericordioso que sólo Cristo nos puede brindar. «¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Asà negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es sudor de nuestra frente».[5] Veo con cierta preocupación que existen comunidades que viven arrastradas más por la desesperación de estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.
Qué cuestionadora reflexión la de ese santo chileno que advertÃa: «Serán, pues, métodos falsos todos lo que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los que nos hagan egoÃstas y nos replieguen sobre nosotros mismos».[6]
El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan detenerse ante el caÃdo y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese cÃrculo de «masticar» la desolación que envenena el alma.
3. Pedro transfigurado
Jesús invita a Pedro a discernir y asà comienzan a cobrar fuerza muchos acontecimientos de la vida de Pedro, como el gesto profético del lavatorio de los pies. Pedro, el que se resistÃa a dejarse lavar los pies, comenzaba a comprender que la verdadera grandeza pasa por hacerse pequeño y servidor.[7]
¡Qué pedagogÃa la de nuestro Señor! Del gesto profético de Jesús a la Iglesia profética que, lavada de su pecado, no tiene miedo de salir a servir a una humanidad herida.
Pedro experimentó en su carne la herida no sólo del pecado, sino de sus propios lÃmites y flaquezas. Pero descubrió en Jesús que sus heridas pueden ser camino de Resurrección. Conocer a Pedro abatido para conocer a Pedro transfigurado es la invitación a pasar de ser una Iglesia de abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, en el enfermo… (cf. Mt 25,35). Un servicio que no se identifica con asistencialismo o paternalismo, sino con conversión de corazón. El problema no está en darle de comer al pobre, vestir al desnudo, acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros. Es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.
Renovar la profecÃa es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal, un discÃpulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones ni las comunidades ideales, se aman las personas.
El reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros lÃmites, lejos de alejarnos de nuestro Señor nos permite volver a Jesús sabiendo que «Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece… Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual»[8]. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón.
Cuando comenzaba este encuentro, les decÃa que venÃamos a renovar nuestro sÃ, con ganas, con pasión. Queremos renovar nuestro sÃ, pero realista, porque está apoyado en la mirada de Jesús. Los invito a que cuando vuelvan a casa armen en su corazón una especie de testamento espiritual, al estilo del Cardenal Raúl Silva HenrÃquez. Esa hermosa oración que comienza diciendo:
«La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los dÃas… la tuya, la mÃa, la Santa Iglesia de todos los dÃas…
Jesucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristÃa, el Cuerpo de Cristo humilde cada dÃa. Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres que cantaban, que luchaban, que sufrÃan. La Santa Iglesia de todos los dÃas».
¿Cómo es la Iglesia que tú amas? ¿Amas a esta Iglesia herida que encuentra vida en las llagas de Jesús?
Gracias por este encuentro, gracias por la oportunidad de renovar el «sû con ustedes. Que la Virgen del Carmen los cubra con su manto.
Por favor, no se olviden de rezar por mÃ

