David Harvey Chipeta (23 años) es un seminarista de la diócesis de Karonga (Malawi, África). Allí hay una gran mayoría musulmana y también mucha presencia de la religión protestante.
Uno de los sueños de este joven es ayudar a que los católicos conozcan la Biblia «por lo menos tan bien como los protestantes», y a ser santos en las pequeñas cosas, como decía san Josemaría Escrivá.
Siempre sintió la vocación, pero pensaba que era algo fuera de su alcance porque le admiraba la inteligencia de los sacerdotes que veía en su parroquia. De niño, por ejemplo, él «¡creía que se aprendían de memoria todo el Misal!», dice David divertido. Así que, aunque le gustaba eso de «ser intelectual», pensaba que nunca podría llegar a tener tanta sabiduría y tampoco sabía nada de lo que debía hacer para llegar a ser sacerdote.
Pero, de una manera muy sencilla, Dios le fue mostrando el camino para su formación. Y después él fue descubriendo el esfuerzo que tendría que hacer para no renunciar a su vocación. Nunca imaginó que tendría que estudiar Filosofía en swahili o Teología en latín y español.
La preparación al sacerdocio es muy exigente y más cuando te encuentras a miles de kilómetros de tu país, con un idioma y una cultura que no conoces de nada, y encima sucede una pandemia mundial. Tuvo la tentación de «tirar la toalla», pero también de forma muy sencilla le dejaron claro que esa no era la opción para alguien joven e inteligente como él.
Poco a poco ha ido superando las dificultades, y se esfuerza mucho por llegar a ser un buen y santo sacerdote. Ahora continúa su formación en el Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona, España) gracias a una beca de la Fundación CARF.
No te pierdas este testimonio si quieres seguir descubriendo las infinitas maneras que tiene Dios de hacer las cosas… si Le dejamos.


