MiƩrcoles Santo 13-04-2022

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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ā€œMi momento estĆ” cercaā€

Evangelio segĆŗn S. Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿QuĆ© estĆ”is dispuestos a darme si os lo entrego?Ā». Ellos se ajustaron con Ć©l en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer dĆ­a de los Ɓcimos se acercaron los discĆ­pulos a JesĆŗs y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?Ā». Ɖl contestó: Ā«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabĆ©is, y decidle: ā€œEl Maestro dice: mi hora estĆ” cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discĆ­pulosā€Ā». Los discĆ­pulos cumplieron las instrucciones de JesĆŗs y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comĆ­an dijo: Ā«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregarĀ». Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, SeƱor?Ā». Ɖl respondió: Ā«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, Ć©se me va a entregar. El Hijo del hombre se va como estĆ” escrito de Ć©l; pero, Ā”ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, Ā”mĆ”s le valdrĆ­a a ese hombre no haber nacido!Ā». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?Ā». Ɖl respondió: Ā«TĆŗ lo has dichoĀ».

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

Las tinieblas ocultan los planes malignos, los oscuros movimientos de los que debieran ser luz y haberse abierto a la Luz, a la Buena Nueva, para bien del pueblo. Quieren apagarla, porque no quieren ver, embarcados en sus egoĆ­smos, sentados en el trono del ser servidos, y no en el del amar sirviendo, y empapados de envidia, al ver que las gentes se iban tras Ć©l (ā€œSabĆ­a Pilatos que se lo habĆ­an entregado por envidiaā€ —Mt 27,18—). Pero Ā«nada hay escondido que no llegue a saberseĀ» (Lc 12).

Era Judas Iscariote uno de los Doce, mas no basta la elección de Dios; debe poner su pizca el hombre, como indica Juan en el prólogo de su evangelio: Ā«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombreĀ». Para cada uno tiene Dios planes excelsos. Cada uno estĆ” llamado a ser un miembro del Cristo total, del Cuerpo mĆ­stico del cual JesĆŗs es la cabeza. Todas y cada una de las cĆ©lulas de este Cuerpo, todos y cada uno de sus miembros, son importantes, necesarios, independientemente de que sean mĆ”s o menos visibles. A cada uno dota Dios de cualidades, dones que, empleados para bien de todos, nos van convirtiendo en hijos suyos dando fruto: unos producen treinta, otros sesenta y hay quienes ciento, y asĆ­ se va cohesionando ese Cuerpo que vamos formando. Ante los dones divinos corresponde al hombre una libre respuesta (Ā«El que no estĆ” conmigo estĆ” contra mĆ­Ā» —Mt 12—), que se realiza, exclusivamente, actuando a favor o en contra del amor al prójimo, que es como se demuestra el verdadero amor al Padre y a JesĆŗs, y que constituye la seƱal autĆ©ntica, Ćŗnica e indubitable del vivir el Evangelio de Cristo (Ā«Este es el mensaje que oĆ­steis desde el principio: que nos amemos unos a otros… Quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, miente… No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras…Ā» —1Jn—;ā€œEn esto conocerĆ”n todos que somos de Cristo: si nos amamos unos a otrosā€ —cf Jn 13,35—), y en lo que debe desembocar la autĆ©ntica fe, segĆŗn aquello de Pablo: Ā«Fe que actĆŗa por el amorĀ» (GĆ”l 5), o bien, Ā«ya puedo tener fe hasta mover montaƱas, que si no tengo amor —al prójimo—, nada soy y de nada me sirveĀ» (cf 1Cor 13). Ni siquiera servirĆ” haber hecho milagros (Ā«Pero SeƱor, si hicimos muchos milagros y echado demonios en tu nombre…Ā»), de lo cual Judas tambiĆ©n participó cuando fue enviado con los demĆ”s apóstoles de dos en dos con ese poder (Mt 10). Para los tales sin caridad JesĆŗs es contundente: «”Alejaos de mĆ­ los obradores de injusticias y maldades!Ā» (Mt 7).

El Padre puso a Judas en sus planes con los demĆ”s apóstoles para vivir junto a JesĆŗs, en contacto directo y asiduo con Ć©l, y asĆ­ se contagiase de su forma de ser, de su fe; conociese y experimentase de primera mano su amor y misericordia entraƱables, su dedicarse a todos… ; para que fuese perfilando y limando sus asperezas, abriendo mĆ”s y mĆ”s su corazón a la Luz; para ir pasando de su egoĆ­smo, con sus inclinaciones y matices, al amor (que es la vida que Ɖl trae), llegando a dar frutos para el Reino desde su apostolado, llevando muchos hacia Dios. Pero se ve que Judas no iba aprovechando los cuidados, el amor que JesĆŗs dedicaba a los suyos (Ā«No le importaban los pobres, sino que era un ladrón; y como tenĆ­a la bolsa, se llevaba de lo que iban echando…Ā» —Jn 12—) y a Ć©l en particular: lo eligió para apóstol; era el responsable y encargado de llevar la bolsa; en la Ćŗltima cena le lavó los pies, le ofreció cariƱosamente un trozo de pan untado, le facilitó la huida —Jn 13— y lo llamó Ā«amigoĀ» cuando lo estaba entregando con un beso —Mt 26—; gestos todos para, con un delicado e inmenso amor, recuperarle del reino de las tinieblas…

Ahora le vemos aguardando la ocasión propicia para entregar a JesĆŗs a cambio de unas monedas… Esa entrega viene de que ā€œel diablo se la habĆ­a inspiradoā€ (Jn 13,2) y Ć©l, voluntariamente, habĆ­a accedido a llevarla a cabo. Una vez consumada ciertamente se arrepentirĆ”, y serĆ” el Ćŗnico en dar la cara ante los sumos sacerdotes y el SanedrĆ­n, devolviĆ©ndoles las monedas y reconociendo haber entregado sangre inocente. DespuĆ©s, en lugar de acogerse a la misericordia divina (que es la solución para todos nuestros crĆ­menes y pecados, esperando su seguro perdón), se quitarĆ” la vida. TambiĆ©n Pedro vivirĆ” ā€˜su propia traición’ negando por tres veces conocer a JesĆŗs, pero llorarĆ” amargamente al cruzar su mirada con la de Ć©l, yendo a refugiarse en la misericordia del Padre (Ā«Desahogaos con Dios y descargad en Ć©l todo vuestro agobio y todas vuestras preocupaciones…Ā», aconsejarĆ” en su primera carta como quien eso ha experimentado a fondo…). Si Judas hubiera reaccionado tambiĆ©n asĆ­, hoy tendrĆ­amos otro santo mĆ”s en los altares.

Sabe JesĆŗs por el EspĆ­ritu, por su contacto asiduo con el Padre en la oración, que se aproxima el momento culmen del amor a los suyos, a todos los hombres y al Padre para realizar en plenitud el plan por Ɖl establecido. Se le nota afectado, pero con ardiente deseo de intimar con ellos: Ā«Mi momento estĆ” cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discĆ­pulosĀ». Ā«Se puso a la mesa con los DoceĀ». Quiere dejarles sus mĆ”s relevantes recomendaciones antes de partir, mas la intimidad no llega a ser completa, porque SatanĆ”s estĆ” acechante para entrar de lleno (lo harĆ” tras tomar el bocado que JesĆŗs le ofrezca —Jn 13—) en quien ha venido abriĆ©ndole sus puertas, Judas, el traidor.

Por lo mismo sabĆ­a tambiĆ©n que uno de los suyos lo iba a traicionar (escrito estaba —Sal 41,10—), y sabe quien es: ā€œOs aseguro que uno de vosotros me va a entregarā€. Esta frase siembra la tristeza y una cierta duda en los corazones de los otros once, los cuales, no estando del todo seguros de cuĆ”nto sea su amor por JesĆŗs, cada uno piensa que pueda ser Ć©l quien le traicione… Pero, en su limpieza y llaneza de corazón, se confĆ­an, se abren a Ć©l como el nene a la mamĆ”, y van preguntando uno tras otro si se trata de Ć©l. Al dejar caer JesĆŗs la frase, vuelve a tender la mano a Judas… Ā”Otra oportunidad mĆ”s! No ceja Dios en su empeƱo de ir a travĆ©s de los suyos (aquĆ­, directamente por JesĆŗs) en busca de la oveja perdida, en busca del pecador, por si se deja coger para llevarlo sobre sus hombros.

Y todavĆ­a lanza otra frase mĆ”s contundente aĆŗn para darle que pensar, por si al menos el temor a lo que le espera por seguir el camino que ha emprendido le hiciera regresar: «”Ay del que va a entregarme!; mĆ”s le valdrĆ­a no haber nacidoĀ». Pero, desgraciadamente, no surte efecto. Ya se hallaba libremente entregado al rey de las tinieblas, y las palabras de JesĆŗs no penetran, sino que resbalan por fuera de su corazón. Dios es pleno amor, y no oculta la plena verdad, porque el amor obra desde la verdad; no se ciega, no se cierra a la verdad que ve. Cuando ve al amado que se va gravemente descarriando, el amor se las apaƱa para ir ofreciendo gradualmente su mano y lograr un regreso lo menos traumĆ”tico posible; pero si este no se produjese, el fuerte amor hace que aparezca, nĆ­tida y de golpe, toda la verdad; transparente, clara, pura, por dura que sea, dando a conocer lo que ocurrirĆ” de seguir asĆ­ (ā€œMĆ”s le valdrĆ­a no haber nacidoā€), como Ćŗltimo remedio que salve… Ā”Pero siempre estarĆ” por medio la libertad del hombre!, aunque cada vez mĆ”s disminuida para poder ver y elegir si su entrega al mal ha ido creciendo de forma progresiva. Descubre Dios totalmente las catastróficas consecuencias que se derivarĆ”n de seguir el malo en su actitud y con sus obras. Por parte de Ɖl no va a quedar. AsĆ­ JesĆŗs, que advierte a todos en distintas ocasiones en el Evangelio de lo que lleva consigo no tomar ni vivir su doctrina; con lo que se encontrarĆ”n de manera natural, pues habiendo sido creado el hombre para el amor, para amar, no hacerlo continuadamente sin arrepentimiento sincero y propósito de cambio, lo irĆ” sacando, inexorablemente, de su destino celestial. No es Dios, que agota todas las posibilidades, sino Ć©l mismo quien, al irse cerrando, se va excluyendo, no dejĆ”ndole a Dios otra opción: Ā«Id malditos al fuego eterno preparado para el demonio y sus Ć”ngeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer…Ā». (Mt 25). Ā”Hasta estos avisos extremos llega el puro amor! Ā”AsĆ­ es Dios, amor de infinitos grados que trasciende lo humano para ser mĆ”s amor aĆŗn! Ā”AsĆ­ es JesĆŗs, divino amor, que llega hasta dar la propia vida por rescatar, si fuera posible, a todos! Ā”AsĆ­ van siendo a lo largo de la Historia todos los hijos de Dios, los que beben la doctrina de Cristo y la ponen por obra!

Cuando Judas vio y oyó preguntar a los demÔs, también lo hizo él; y escondido en hipocresía, lanzó su pregunta: «¿Soy yo acaso, Maestro?». No estaba en sintonía de intimidad con Jesús como para llamarle, como los demÔs, «Señor»; sólo alcanzó a usar un término utilizado protocolariamente también por muchos otros que no le aceptaban como Mesías Salvador: «Maestro».