Ā«QuĆ©date con nosotros, porque atardece y el dĆa va de caĆdaĀ»
Evangelio segĆŗn S. Lucas 24, 13a. 15-17a. 19b-32
Aquel mismo dĆa, el primero de la semana, dos de los discĆpulos de JesĆŗs iban caminando a una aldea llamada EmaĆŗs. Mientras conversaban y discutĆan, JesĆŗs en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Ćl les dijo: āĀæQuĆ© conversación es esa que traĆ©is mientras vais de camino?ā. Ellos le contestaron: āLo de JesĆŗs el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperĆ”bamos que Ć©l iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer dĆa desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues, habiendo ido muy de maƱana al sepulcro y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habĆan visto una aparición de Ć”ngeles, que dicen que estĆ” vivo. Algunos de los nuestros fueron tambiĆ©n al sepulcro y lo encontraron como habĆan dicho las mujeres; pero a Ć©l no lo vieronā. Entonces Ć©l les dijo: āĀ”QuĆ© necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!ā ĀæNo era necesario que el MesĆas padeciera esto y entrara asĆ en su gloria?ā. Y, comenzando por MoisĆ©s y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se referĆa a Ć©l en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y Ć©l simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: āQuĆ©date con nosotros, porque atardece y el dĆa va de caĆdaā. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Ć©l desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: āĀæNo ardĆa nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?ā.
[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]
V ieron a aquel peregrino y sus ojos no cayeron en la cuenta de quiĆ©n era. Estaban demasiado enfrascados en sus cosas, en su charla, como para fijarse bien en nadie, y sus corazones, desilusionados y apesadumbrados por el fracaso de lo que esperaban: un reinado, un reino como los de este mundo. Todo ello no les permitĆa ver; estaban ciegos a otras realidades y demasiado metidos en sĆ mismos; ciegos a la Realidad, a ese prójimo que se les presentaba ante sus ojos. Conforme se iban abriendo a aquĆ©l peregrino y le iban escuchando, iba entrando en ellos el ardor del amor, el del EspĆritu que, propiamente, brotaba de sus corazones. A nosotros nos pasa tantas veces que con nuestras prisas, proyectos, trabajos y demĆ”s preocupaciones, no reparamos en quienes tenemos delante, no nos detenemos lo suficiente ni los atendemos debidamente, ni tampoco advertimos que Dios, nuestro Padre, o JesĆŗs, estĆ” con nosotros, y nos manifiesta su amor en detalles, aun en los acontecimientos mĆ”s duros⦠BastarĆa con repasar, llegada la noche, nuestro dĆa tras la brega, iluminados por Ćl, recordando cómo atendimos a este, al otro, e intentando captar lo bueno que nos sucedió, aun como digo, en medio de los acontecimientos mĆ”s desfavorables, y que en esos momentos no captamos ni pudimos valorar; esos detalles de cariƱo suyo a travĆ©s de personas, frases, hechos, envueltos a veces con el papel de āla casualidadā del momento en que ocurrieron y cómo ocurrieron⦠Posiblemente nos arda el corazón al descubrir sobre nosotros su rostro amoroso, y brote en nuestro interior algo de alegrĆa y agradecimiento, aun estando enfrascados en multitud de problemas, porque hasta en ellos se encontraba la sutileza y delicadeza de su amor diciĆ©ndonos: āEstoy contigo; tus problemas son mĆos tambiĆ©nā¦ā.
Y eso mismo harĆ” muchas veces que lo que llevamos entre manos, porque no hay mĆ”s remedio, sea mĆ”s llevadero (āVenid a mĆ los que estĆ”is cansados y agobiados, que yo os aliviarĆ©ā). De no tener esto en cuenta, Ā”quĆ© sabor mĆ”s agrio y amargo se nos queda del dĆa que se va, en el que todo nos pareció una cargaā¦! (āDescargad en Dios todo vuestro agobio, porque Ć©l cuida de vosotrosā -1Pedro 5, 7-); Ā”y quĆ© nublado se nos queda el espĆrituā¦! (āĀ”Ćnimo, que no se turbe vuestro corazón ni tiemble, creed en Dios y creed tambiĆ©n en mĆā āJuan 14, 1-).
Pues bien, era JesĆŗs. Ya les habĆa avisado de su muerte y de que al tercer dĆa resucitarĆa, pero aĆŗn asĆ ellos no lo reconocieron… Y les comentó todo aquello que las Escrituras decĆan sobre Ć©l. Cuando hizo ademĆ”n de seguir adelante, sin saber aĆŗn que era Ć©l, lo forzaron, amablemente, a pasar la noche con ellos, dado lo avanzado ya del dĆa (Ā«fui forastero y me hospedasteis…ā āMateo 25, 35-), y Ć©l entró para quedarse, se puso a la mesa con ellos, bendijo el pan y lo repartió. Ā”Y entonces lo reconocieron! (āTodo el que ama al prójimo conoce a Diosā -1 Juan 4).
Celebró JesĆŗs con ellos, aquella tarde, su segunda eucaristĆa, con la Palabra explicada por el camino, y la cena. Cristo, evidentemente, no sólo era un profeta poderoso en obras y palabras, sino mucho mĆ”s: Ā”El Hijo de Dios vivo!, la Palabra encarnada del Padre para salvar a todos los hombres que la reciban y la pongan por obra. Su corazón desborda caridad, para que, llenando los nuestros, nos volvamos celestiales (āCuando se habĆa ido, se decĆan: Āæno ardĆa nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?ā).
Como Cristo muere y resucita, nosotros moriremos y resucitaremos: nuestra redención es una transformación divina que, no sólo se opera, sino que se representa por la muerte de Cristo; transformación que, por lo que mira al pasado, es muerte, y por lo que mira a lo nuevo, es vida y resurrección.
Nos dejó como norma y ley de vida la caridad. Cristo es el vencedor que esperaba la Humanidad, y el que obtendrĆ” para los suyos el Ć©xito de la gloria absoluta e inmortal. Primero llegó a la victoria de su propia resurrección, para darle cima con la resurrección a la vida eterna de cuantos crean en Ć©l; resurrección que se empieza a pregustar en ocasiones ya desde aquĆ.

