MiƩrcoles Octava de Pascua 19-04-2017

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída»

Evangelio segĆŗn S. Lucas 24, 13a. 15-17a. 19b-32

Aquel mismo dĆ­a, el primero de la semana, dos de los discĆ­pulos de JesĆŗs iban caminando a una aldea llamada EmaĆŗs. Mientras conversaban y discutĆ­an, JesĆŗs en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Ɖl les dijo: ā€œĀæQuĆ© conversación es esa que traĆ©is mientras vais de camino?ā€. Ellos le contestaron: ā€œLo de JesĆŗs el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperĆ”bamos que Ć©l iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer dĆ­a desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues, habiendo ido muy de maƱana al sepulcro y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habĆ­an visto una aparición de Ć”ngeles, que dicen que estĆ” vivo. Algunos de los nuestros fueron tambiĆ©n al sepulcro y lo encontraron como habĆ­an dicho las mujeres; pero a Ć©l no lo vieronā€. Entonces Ć©l les dijo: ā€œĀ”QuĆ© necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!ā€ ĀæNo era necesario que el MesĆ­as padeciera esto y entrara asĆ­ en su gloria?ā€. Y, comenzando por MoisĆ©s y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se referĆ­a a Ć©l en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y Ć©l simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: ā€œQuĆ©date con nosotros, porque atardece y el dĆ­a va de caĆ­daā€. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Ć©l desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: ā€œĀæNo ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?ā€.

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

V ieron a aquel peregrino y sus ojos no cayeron en la cuenta de quiĆ©n era. Estaban demasiado enfrascados en sus cosas, en su charla, como para fijarse bien en nadie, y sus corazones, desilusionados y apesadumbrados por el fracaso de lo que esperaban: un reinado, un reino como los de este mundo. Todo ello no les permitĆ­a ver; estaban ciegos a otras realidades y demasiado metidos en sĆ­ mismos; ciegos a la Realidad, a ese prójimo que se les presentaba ante sus ojos. Conforme se iban abriendo a aquĆ©l peregrino y le iban escuchando, iba entrando en ellos el ardor del amor, el del EspĆ­ritu que, propiamente, brotaba de sus corazones. A nosotros nos pasa tantas veces que con nuestras prisas, proyectos, trabajos y demĆ”s preocupaciones, no reparamos en quienes tenemos delante, no nos detenemos lo suficiente ni los atendemos debidamente, ni tampoco advertimos que Dios, nuestro Padre, o JesĆŗs, estĆ” con nosotros, y nos manifiesta su amor en detalles, aun en los acontecimientos mĆ”s duros… BastarĆ­a con repasar, llegada la noche, nuestro dĆ­a tras la brega, iluminados por Ɖl, recordando cómo atendimos a este, al otro, e intentando captar lo bueno que nos sucedió, aun como digo, en medio de los acontecimientos mĆ”s desfavorables, y que en esos momentos no captamos ni pudimos valorar; esos detalles de cariƱo suyo a travĆ©s de personas, frases, hechos, envueltos a veces con el papel de ā€œla casualidadā€ del momento en que ocurrieron y cómo ocurrieron… Posiblemente nos arda el corazón al descubrir sobre nosotros su rostro amoroso, y brote en nuestro interior algo de alegrĆ­a y agradecimiento, aun estando enfrascados en multitud de problemas, porque hasta en ellos se encontraba la sutileza y delicadeza de su amor diciĆ©ndonos: ā€œEstoy contigo; tus problemas son mĆ­os tambiĆ©nā€¦ā€.

Y eso mismo harĆ” muchas veces que lo que llevamos entre manos, porque no hay mĆ”s remedio, sea mĆ”s llevadero (ā€œVenid a mĆ­ los que estĆ”is cansados y agobiados, que yo os aliviarĆ©ā€). De no tener esto en cuenta, Ā”quĆ© sabor mĆ”s agrio y amargo se nos queda del dĆ­a que se va, en el que todo nos pareció una carga…! (ā€œDescargad en Dios todo vuestro agobio, porque Ć©l cuida de vosotrosā€ -1Pedro 5, 7-); Ā”y quĆ© nublado se nos queda el espĆ­ritu…! (ā€œĀ”Ćnimo, que no se turbe vuestro corazón ni tiemble, creed en Dios y creed tambiĆ©n en mĆ­ā€ –Juan 14, 1-).
Pues bien, era JesĆŗs. Ya les habĆ­a avisado de su muerte y de que al tercer dĆ­a resucitarĆ­a, pero aĆŗn asĆ­ ellos no lo reconocieron… Y les comentó todo aquello que las Escrituras decĆ­an sobre Ć©l. Cuando hizo ademĆ”n de seguir adelante, sin saber aĆŗn que era Ć©l, lo forzaron, amablemente, a pasar la noche con ellos, dado lo avanzado ya del dĆ­a (Ā«fui forastero y me hospedasteis…ā€ –Mateo 25, 35-), y Ć©l entró para quedarse, se puso a la mesa con ellos, bendijo el pan y lo repartió. Ā”Y entonces lo reconocieron! (ā€œTodo el que ama al prójimo conoce a Diosā€ -1 Juan 4).
Celebró JesĆŗs con ellos, aquella tarde, su segunda eucaristĆ­a, con la Palabra explicada por el camino, y la cena. Cristo, evidentemente, no sólo era un profeta poderoso en obras y palabras, sino mucho mĆ”s: Ā”El Hijo de Dios vivo!, la Palabra encarnada del Padre para salvar a todos los hombres que la reciban y la pongan por obra. Su corazón desborda caridad, para que, llenando los nuestros, nos volvamos celestiales (ā€œCuando se habĆ­a ido, se decĆ­an: Āæno ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?ā€).

Como Cristo muere y resucita, nosotros moriremos y resucitaremos: nuestra redención es una transformación divina que, no sólo se opera, sino que se representa por la muerte de Cristo; transformación que, por lo que mira al pasado, es muerte, y por lo que mira a lo nuevo, es vida y resurrección.
Nos dejó como norma y ley de vida la caridad. Cristo es el vencedor que esperaba la Humanidad, y el que obtendrÔ para los suyos el éxito de la gloria absoluta e inmortal. Primero llegó a la victoria de su propia resurrección, para darle cima con la resurrección a la vida eterna de cuantos crean en él; resurrección que se empieza a pregustar en ocasiones ya desde aquí.