MiƩrcoles, Octava de Navidad. Fiesta de S. Juan Evangelista 27-12-2017

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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«Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó»

Evangelio segĆŗn S. Juan 20, 2-8

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría mÔs que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinÔndose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrÔs de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

María Magdalena iba con las demÔs mujeres el domingo, muy temprano, oscurecido aún, para embalsamar el cuerpo de Jesús con aromas y perfumes, por no haberlo podido hacer cuando le dieron sepultura, ya que el sÔbado se les echaba encima. En cuanto vieron la piedra del sepulcro corrida, Magdalena no siguió con las demÔs del grupo para ver qué sucedía, ni pensó que Jesús hubiera resucitado, sino que su apasionamiento la llevó a salir corriendo y avisar a Simón Pedro, a Juan y a los demÔs, de lo sucedido, con temor de que se lo hubieran llevado. Sentía un gran amor agradecido y apasionado por Jesús, su salvador, que había expulsado de ella muchos demonios. Es una cualidad del amor el agradecimiento, unido al reconocimiento humilde, de corazón, de ser nada la criatura y serlo todo Dios.

Pedro y Juan, movidos por la noticia que les trae María, van corriendo al sepulcro. Juan, mÔs joven, corre mÔs y llega antes. Se asoma, observa, pero no entra. Deja que lo haga primero Pedro, al que tiene un cariñoso respeto: había presenciado y aceptado de corazón cómo Jesús (el Padre) lo designa cabeza de ellos, de la Iglesia. Y, al igual que nos narrara el día y la hora exacta en que conoció a Jesús (no se le olvidarÔ jamÔs), narra también el momento en que nos dice que creyó; creyó en la palabra de Jesús, que les predijo que resucitaría de entre los muertos. Creyó sin ver a Jesús, sino sólo con lo visto en el sepulcro vacío. Y actúa a modo de notario, como testigo fiel y escrupuloso, dando detalles de todo lo que ve.

Ɖl, el discĆ­pulo a quien tanto querĆ­a JesĆŗs, que tanto se sentĆ­a amado por Ɖl, uno de los hijos del Trueno, que querĆ­an pedir a Dios que mandara fuego para quemar a aquel pueblo de samaritanos que no los acogĆ­a en su marcha a JerusalĆ©n; el que querĆ­a impedir curar y echar demonios a uno que lo hacĆ­a en nombre de JesĆŗs, porque no era del grupo (Ā«no es de los nuestrosĀ»); el que querĆ­a ocupar uno de los dos lugares mĆ”s importantes en el Reino, pegado a Cristo, a su derecha o bien a su izquierda (Ā«el que quiera ser el primero entre vosotros, sea el Ćŗltimo y el servidor de todos…Ā» —Marcos 9 y 10—)…

Ɖse discĆ­pulo iba mĆ”s y mĆ”s creyendo a Cristo (Ā«Esto os mando, que os amĆ©is los unos a los otrosĀ»), haciendo vida su Palabra con obras (Ā«Hijitos mĆ­os, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obrasĀ», llegó a escribir en su primera carta 3, 18, tras haber convivido con MarĆ­a, la madre del SeƱor, los Ćŗltimos aƱos que ella estuvo en la Tierra)… Ɖse discĆ­pulo, pues, iba obrando la Palabra en los acontecimientos que se iban presentando (aquĆ­, cede la primacĆ­a de entrar a Pedro).

Y es que ā€œen Cristo solamente vale la fe que actĆŗa por el amorā€ (GĆ”latas 5).