āTu ruego ha sido escuchadoā
Evangelio segĆŗn S. Lucas 1, 5-7. 11-20. 23-25
En los dĆas de Herodes, rey de Judea, habĆa un sacerdote de nombre ZacarĆas, del turno de AbĆas, casado con una descendiente de Aarón, cuyo nombre era Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta segĆŗn los mandamientos y leyes del SeƱor. No tenĆan hijos, porque Isabel era estĆ©ril, y los dos eran de edad avanzada. Una vez que ZacarĆas oficiaba delante de Dios, se le apareció un Ć”ngel del SeƱor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, ZacarĆas se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor. Pero el Ć”ngel le dijo: Ā«No temas, ZacarĆas, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te darĆ” un hijo, y le pondrĆ”s por nombre Juan.
Te llenarĆ”s de alegrĆa y gozo, y muchos se alegrarĆ”n de su nacimiento. Pues serĆ” grande a los ojos del SeƱor: no beberĆ” vino ni licor, estarĆ” lleno del EspĆritu Santo ya en el vientre materno, y convertirĆ” muchos hijos de Israel al SeƱor, su Dios. IrĆ” delante del SeƱor, con el espĆritu y poder de ElĆas, āpara convertir los corazones de los padres hacia los hijosā, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al SeƱor un pueblo bien dispuestoĀ». ZacarĆas replicó al Ć”ngel: «¿Cómo estarĆ© seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzadaĀ». Respondiendo el Ć”ngel le dijo: Ā«Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia. Pero te quedarĆ”s mudo, sin poder hablar, hasta el dĆa en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirĆ”n en su momento oportunoĀ». Al cumplirse los dĆas de su servicio en el templo volvió a casa. DĆas despuĆ©s concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir de casa cinco meses, diciendo: Ā«Esto es lo que ha hecho por mĆ el SeƱor, cuando se ha fijado en mĆ para quitar mi oprobio ante la genteĀ».
[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]
Se consideraba una desgracia, incluso un castigo divino, el que un matrimonio no tuviera descendencia, y no pudiera continuarse por Ć©l la genealogĆa familiar. Esto sigue ocurriendo hoy en algunas culturas. AsĆ se encontraba ZacarĆas, aunque no lo veĆa todo perdido, pues conocĆa sobradamente las actuaciones de Dios en casos similares de la historia de su pueblo Israel: AbrahĆ”n y Sara, padres de Isaac; Manoj y su mujer, padres de Sansón; ElcanĆ” y Ana, padres del profeta Samuel ⦠Y desde hacĆa ya muchos aƱos, le impulsaba la esperanza a rogar, a pedir a Dios que le concediera un hijo.
El tiempo iba transcurriendo en su contra. Isabel, su mujer, y Ć©l, eran ya de avanzada edad. Pero Dios no desoye nunca la oración perseverante llena de esperanza, aunque la apariencia a veces sea de que estĆ© como dormido, como sordo a la sĆŗplica (como describen muchos salmos basados en experiencias de vida), y, en ocasiones, obra en extremo, contra toda esperanza natural, biológica, temporal; fuera de toda lógica humana, dando asĆ a conocer quiĆ©n es el DueƱo y SeƱor de la vida, del natural y sobrenatural acontecer, y mostrando que la fe perseverante en Ć©l no queda fallida (como tambiĆ©n narran muchos salmos e historias bĆblicas). Y le sale al encuentro. Elige Dios (āLe tocó en suerte a Ć©l entrarā¦ā) un momento del normal desarrollo de su actividad sacerdotal en el que ZacarĆas va a estar solo ante Ć©l. Para comunicarnos profundamente con Dios se requiere cierta tranquilidad, soledad y aislamiento (āTĆŗ, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que ve en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensarĆ”.ā āMt 5,6ā).
Al obtener a travĆ©s del Ć”ngel la respuesta divina a su oración, duda de que ya pueda suceder. Es la fe el cordón umbilical por medio del cual nos materniza Dios nuestro Padre, pasando su vida a nosotros; haciendo posibles los mĆ”s inimaginables imposibles. Basta que sea perseverante, impregnada de una esperanza cierta; y, mientras Ć©l a su tiempo y manera se ocupa de nosotros, nosotros nos ocupemos de las necesidades de cuantos nos rodean. Es ella la que hace posibles todas las manifestaciones de su amor (āSi tuvierais fe como un granito de mostaza, dirĆais a esta morera: Ā«ArrĆ”ncate de raĆz y plĆ”ntate en el marĀ», y os obedecerĆaā āLc 17,6ā; āVosotros buscad que reine el amor, y lo demĆ”s se os darĆ” por aƱadiduraā ācf Mt 3,33ā). Si a Dios le damos lugar cada dĆa en nuestro vivir, Ć©l se lo toma y actĆŗa: Ā”lo estĆ” deseando!Lo primero que hace Gabriel en su aparición es tranquilizarlo ante su gran temor (āNo temasā). Dios trae siempre su paz. Inmediatamente le refiere la buena noticia. Luego da instrucciones de parte de Dios, habla del niƱo, de su misión, y anuncia alegrĆa para todos. Ā”QuĆ© diferentes los planes de Dios con cada uno! Ahora con Juan, comparado con JesĆŗs.
Va a ser la transición de la Ley al amor: la voz que invite a la conversión de los corazones para preparar la llegada del Reino con su MesĆas, reino de amor y paternidad divina. Conversión que Ć©l detallaba cuando, quienes le oĆan, le preguntaban quĆ© tenĆan que hacer: āEl que tenga dos tĆŗnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismoā¦ā (Lc 3,10-14). Y para ser escuchada su voz, segĆŗn estaban el pueblo y sus dirigentes, convenĆa que fuera desde una austeridad de vida (āNo beberĆ” vino ni licorā; āVestĆa con piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestreā āMt 3,4ā). Austero y enjuto es el tallo del que nace la espiga que a todos alimenta. Espinosa la rama del rosal que alumbra la rosa, plena de delicada belleza y suavidad, que expande el perfume que a todos embriaga. Potente y austero el sonido de la trompeta que reclama la atención para la llegada de la variopinta sinfonĆa⦠VendrĆ” luego JesĆŗs, y dirĆ”n de Ć©l, para desprestigiarle, que era comedor y bebedor, porque comĆa con unos y con otros (los atraĆa a todos con el calor de su amor para llevarlos al Padre). Y a esos tales les echarĆ” en cara su voluntaria cerrazón, su dureza de corazón, pues ni creyeron a Juan, con su austeridad, ni a Ć©l con su naturalidad.
Anunció Gabriel tambiĆ©n que lo harĆa con el mismo espĆritu y forma de ser de ElĆas, temperamental y terrible profeta para su generación, al que consumĆa el celo por el Dios AltĆsimo. āSe llenarĆ” del EspĆritu Santo ya en el vientre maternoā, cosa que sucedió y de la que dio testimonio Isabel, su madre, al ser visitada por MarĆa: āEn cuanto tu saludo llegó a mis oĆdos, la criatura saltó de alegrĆa en mi vientreā.Los planes de Dios se abren siempre camino. Siempre se cumplen, tanto si el hombre colabora (asĆ desearĆa Ćl) como si no; pase lo que pase. Y hasta el malo, sin quererlo (querrĆa mĆ”s bien lo contrario), hace, misteriosamente, el juego a Dios, que de todos los males saca mayores bienes para los que le aman, que son aquellos que escuchan y cumplen su palabra. ZacarĆas era bueno, pero su duda le acarreó su mudez, corrección amorosa divina que traerĆ” consigo bienes para Ć©l (āPorque Dios corrige a quien ama y castiga a sus hijos preferidos, pues como a hijos os trata, y, ĀæquĆ© padre no corrige a sus hijos?ā āProv 3,11-12; Heb 12,7ā).
Su aislamiento del mundo al quedar sordo y mudo (cf Lc 1,62-63), facilitarĆ” muy mucho el interiorizar en lo mĆ”s Ćntimo de su corazón, bajo la luz de Dios, toda la experiencia vivida, llevĆ”ndolo a completar en Ć©l lo que faltaba a su quebradiza fe. Y quedó totalmente agradecido a Dios, como mostrarĆ” alegremente tras la fiesta de la circuncisión del niƱo, entonando, lleno de EspĆritu Santo, un cĆ”ntico de alabanza (cf Lc 1,67ss).
āTe llenarĆ”s de alegrĆa, y muchos se alegrarĆ”n de su nacimientoā: Los planes de Dios, al completarse, llevan siempre la alegrĆa al corazón de los hombres de buena

