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31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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Ā«Maestro, Āædónde vives? Ɖl les dijo: Venid y verĆ©isĀ»

Evangelio segĆŗn S. Juan 1, 35-42

Estaba Juan con dos de sus discĆ­pulos y, fijĆ”ndose en JesĆŗs que pasaba, dice: Ā«Este es el Cordero de DiosĀ». Los dos discĆ­pulos oyeron sus palabras y siguieron a JesĆŗs. JesĆŗs se volvió y, al ver que lo seguĆ­an, les pregunta: «¿QuĆ© buscĆ”is?Ā» Ellos le contestaron: Ā«RabĆ­ (que significa Maestro), Āædónde vives?Ā» Ɖl les dijo: Ā«Venid y verĆ©isĀ». Entonces fueron, vieron dónde vivĆ­a y se quedaron con Ć©l aquel dĆ­a; era como la hora dĆ©cima. AndrĆ©s, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a JesĆŗs; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: Ā«Hemos encontrado al MesĆ­as (que significa Cristo)Ā». Y lo llevó a JesĆŗs. JesĆŗs se le quedó mirando y le dijo: Ā«TĆŗ eres Simón, el hijo de Juan; tĆŗ te llamarĆ”s CefasĀ» (que se traduce Pedro)ā€.

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

Juan es el hombre de Dios totalmente entregado a la misión que se le ha confiado, la de preparar el camino de Cristo. Discípulos que ha reclutado se los estÔ transfiriendo, porque el Bautista no vive para sí; todo es para otros, para el Otro. Estupendo abre marcha de los genuinos seguidores de Jesús, los que viven para los otros, para Cristo.

Sintió JesĆŗs la emoción de la primera vez que dos le seguĆ­an, Ӄl que tambiĆ©n vivĆ­a para los otros, para el Padre y sus hermanos! Comenzaba a esbozarse la generación de hijos de Dios, los amaba antes de que lo fuesen y escuchaba emocionado crujir en la arena los pasos de los dos primeros.

No resistió mÔs y se volvió: ¿Qué deseÔis?

-”A ti, Jesús! Cuando te conozcan, qué ardiente serÔ este «a ti Jesús», ¿No dirÔs un día: «Quien tenga sed venga a mí y beba»?

De los dos que iban, uno de ellos serƔ su predilecto, Juan evangelista, el que cuidarƔ de su Madre. El otro es AndrƩs.

El Padre nos amaba inmensamente y Jesús, Hijo del Padre, nació con tal amor, y su deseo le llevaba por la margen del JordÔn. Bordeando sigue de continuo nuestra vida por si nos volvemos en cualquier instante a él: «”CuÔntas veces quise cobijarte como la gallina a sus polluelos!».

-¿Dónde moras? -Venid y veréis.

Aprovechó la pregunta para llevÔrselos. No volvieron; quedaron prendidos, secuestrados. Permanecieron con él aquel día. Su conversación, su mirada, sus ideas, resultaban un efluvio mÔgico y celestial: «Nunca habló hombre como aquel hombre». «Oyéndole ardían los corazones». «La vida se manifestó y la hemos visto» (Jn 7, 46; Lc 24, 32; 1 Jn 1).

Andrés acudió entusiasmado a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías». El Bautista se lo señaló, pero ellos lo encontraron. El reino de los cielos es un tesoro que cada uno encuentra; es un golpe de luz.

Fijó en él su mirada; le predijo su función en la tierra, anunciÔndole su nombre.