MiƩrcoles 28-12-2022, fiesta de los Santos Inocentes

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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ā€œHerodes montó en cólera y mandó matar a todos los niƱos de dos aƱos para abajoā€

Evangelio segĆŗn S. Mateo 2, 13-18

Cuando se retiraron los magos, el Ôngel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «LevÔntate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Un grito se oye en RamÔ, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

Vemos de nuevo cómo Dios se comunica con José a través de los sueños, confirmando su protagonismo paternal. María, su esposa, le sigue. Fe de ambos. Confían en Dios y se dejan llevar por las palabras del Ôngel. Luego resultarÔ que Dios lo tenía todo profetizado, escrito, sin mover un Ôpice de la libertad de los hombres.

Oportunidad de oro la extraordinaria rechazada por Herodes, ante la visita de aquellos Magos que perdieron de vista la estrella que los guiaba (Āæcasualidad?). Dios siempre sigue dando oportunidades. TambiĆ©n, y sobradas, a quien obra el mal, por si se arrepiente y cambia (ā€“ā€œMira, hace ya tres aƱos que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro, la cortaré… –SeƱor, dĆ©jala aĆŗn otro aƱo; voy a cavar alrededor de ella y a echarle abono, a ver si da fruto; si no, la cortas mĆ”s adelanteā€ —Lc 13— ). Pero si quien obra el mal las rechaza, se vuelve muchĆ­simo peor de lo que era. AsĆ­ Herodes, que opta por actuar con mentira y perversa hipocresĆ­a con los Magos (ā€œCuando lo encontrĆ©is, avisadme, para ir yo tambiĆ©n a adorarloā€ —Mt 2,8—), y con calculada, consciente y cruel maldad, mandando matar a todos aquellos inocentes.

ā€œLa palabra de Dios es viva y eficaz, mĆ”s tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espĆ­ritu, coyunturas y tuĆ©tanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo estĆ” patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentasā€ (Heb 4). Fue Palabra de Dios la oĆ­da por Herodes al convocar, llegados los Magos, a los sumos sacerdotes y escribas para consultarles dónde tenĆ­a que nacer el MesĆ­as. Le informaron que, segĆŗn la profecĆ­a, en BelĆ©n de JudĆ”: ā€œY tĆŗ, BelĆ©n, tierra de JudĆ”, no eres ni mucho menos la Ćŗltima de las poblaciones de JudĆ”, pues de ti saldrĆ” un jefe que pastorearĆ” a mi pueblo Israelā€ (Miq 5,2). Estas palabras penetraron hasta lo mĆ”s hondo de su corazón, y se dejó llevar por el sentimiento-tentación de que su trono estaba en peligro ante quien, precisamente, no venĆ­a a quitĆ”rselo (ā€œMi reino no es de este mundoā€). Y es que el egoĆ­sta, el soberbio que obra maldad, al no confiar en Dios y aguardar, se precipita y distorsiona totalmente la realidad. Herodes, dejĆ”ndose arrastrar por su egoĆ­smo feroz con dejes de envidia al desconocido por lo que estaba anunciado que serĆ­a (ā€œJefe que pastorearĆ” a mi pueblo Israelā€), urde contra Ć©l un consciente y malĆ©fico plan. No estĆ” el pecado propiamente en sentir brotes de egoĆ­smo, soberbia o envidia (tentación), sino en dejarse libremente arrastrar por ellos; en dejar que aniden en el corazón, que el corazón anide en ellos, y por ellos se deje llevar a la hora de actuar. Las consecuencias, nefastas. Para Herodes, el asesinato, y, de seguir asĆ­, la eterna condenación.

ReciĆ©n nacido, JesĆŗs es ya perseguido, y sufre con sus padres un obligado destierro, estableciĆ©ndose en Egipto, adonde siglos atrĆ”s estuvo esclavo su Pueblo durante cuatrocientos aƱos. Supo Ć©l, andando el tiempo, lo ocurrido a raĆ­z de la orden de Herodes, y veĆ­a cuĆ”nto sufrimiento y dolor conlleva la vida de los hombres como consecuencia del pecado propio o de la cruel maldad de otros. AsĆ­, lo primero que hizo al proclamar su doctrina dentro del ā€˜sermón de la montaƱa’, en las Bienaventuranzas, fue llevar el consuelo y la dicha a tanto sufriente y necesitado. Trajo, de parte de Dios, un orden distinto contrario al de los hombres, haciendo notar que los que sufren son los primeros en el corazón del Padre y en el suyo propio. Orden que, aquĆ­ en la Tierra, habrĆ” de verse con esperanza y cumplimiento futuro, aunque algunas veces es pregustado ya en el presente. ā€œBienaventurados los que ahora llorĆ”is, porque reirĆ©is; los perseguidos por causa de la justicia… Ā”Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa serĆ” grande en el Cielo!ā€ (cf Lc 6,20-23; Mt 5,1-12). Ese orden consolador que trajo con su doctrina para darnos vida, lo refrendaba con su vivir y con los milagros que el Padre le concedĆ­a realizar.

Estos niƱos, pues, fueron los primeros bienaventurados al derramar su sangre por causa de JesĆŗs. Inocentes, la derramaron, sin saberlo, por el Inocente, y el Padre los hizo entrar en el ParaĆ­so, no escatimando para ellos, de seguro, nada grande en su acceso al Reino de los Cielos. Cristo, el gran inocente, tambiĆ©n derramarĆ” la suya, sabiĆ©ndolo, por nosotros, los culpables, para que acogidos a Ć©l, a su doctrina, nos devuelva, por su amor inmenso y perseverante, por el misericordioso poder del Padre manifestado en Ć©l, la inocencia perdida… Ā”Pero aĆŗn no habĆ­a llegado Su Hora!