(ACI) āLa Solemnidad de hoy, que celebra a Todos los Santos, nos recuerda la vocación personal y universal a la santidadā. AsĆ lo afirmó el Papa Francisco este domingo 1 de noviembre durante el rezo del Ćngelus desde el Palacio Apostólico del Vaticano.
Esta fiesta, continuó el Santo Padre, ānos propone los modelos seguros de este camino, que cada uno recorre de manera Ćŗnica e irrepetible, segĆŗn la āfantasĆaā del EspĆritu Santo. Basta pensar en la inagotable variedad de dones e historias concretas que se dan entre los santos y las santas, que la Iglesia ha reconocido a lo largo de los siglos y que continuamente propone como testigos del Ćŗnico Evangelioā.
En la solemne fiesta de Todos los Santo āla Iglesia nos invita a reflexionar sobre la gran esperanza que se funda en la Resurrección de Cristo. Cristo resucitó y tambiĆ©n nosotros estaremos con Ćlā.
El PontĆfice explicó que ālos santos y los beatos son los testigos mĆ”s autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrĆas y sufrimientos, poniendo en prĆ”ctica las Bienaventuranzas que JesĆŗs predicó y que hoy resuenan en la liturgiaā.
SegĆŗn seƱaló el Papa, las Bienaventuranzas evangĆ©licas son āel camino de la santidadā. En concreto, Francisco se refirió a dos Bienaventuranzas: la segunda y la tercera.
La segunda Bienaventuranza dice: āBienaventurados los que lloran, porque ellos serĆ”n consoladosā. El Santo Padre seƱaló que āparecen palabras contradictorias, porque el llanto no es un signo de alegrĆa y felicidadā.
āMotivos de llanto y de sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y los errores: simplemente la vida cotidiana, frĆ”gil, dĆ©bil y marcada por las dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la incomprensiónā.
Sin embargo, āJesĆŗs proclama bienaventurados a los que lloran por estas situaciones y, a pesar de todo, confĆan en el SeƱor y se ponen a su sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo experimentan ya en esta vidaā.
En la tercera Bienaventuranza JesĆŗs afirma: āBienaventurados los mansos, porque ellos heredarĆ”n la tierraā.
Sobre esta Bienaventuranza, el Papa explicó que āla mansedumbre es caracterĆstica de JesĆŗs, que dice de sĆ mismo: āAprended de mĆ que soy manso y humilde de corazónāā.
āMansos son aquellos que tienen dominio de sĆ mismo, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demĆ”sā.
Estas personas, āque la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida eterna. TambiĆ©n esta bienaventuranza comienza aquĆ abajo y se cumplirĆ” en el Cieloā.
En su enseƱanza, el Papa insistió en que āelegir la pureza, la mansedumbre y la misericordia; elegir confiarse al SeƱor en la pobreza de espĆritu y en la aflicción; esforzarse por la justicia y la paz, significa ir a contracorriente de la mentalidad de este mundo, de la cultura de la posesión, de la diversión sin sentido, de la arrogancia hacia los mĆ”s dĆ©bilesā.
āLos santos y los beatos han seguido este camino evangĆ©licoā, concluyó el Papa Francisco.
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