Os presentamos un testimonio de verdadera conversión de un eremita, el hermano Noé que nos cuenta su historia en primera persona, contada por él desde la sinceridad y la más absoluta fe en el Señor.
Carta de un eremita urbanoÂ
Soy el hermano Noe y quiero contar cómo ha actuado sobre mà la Misericordiosa mano de Dios, por si le sirviese de ayuda a otras personas para acercarse al Señor y para mayor Gloria de Dios. Recibà una educación cristiana en dos colegios católicos, primero con las madres escolapias y luego con los padres agustinosMis padres no son practicantes, y delegaron mi educación religiosa en mis profesores y catequistas. Cuando comulgué por primera vez, a los 10 años, estaba convencido de que en aquel pedazo de pan se encontraba realmente presente el Señor, pero mi fe, como es natural, era una fe infantil, que perderÃa poco después.
Cuando llegó el momento de empezar las catequesis de confirmación, estando en el colegio de los agustinos, yo no quise hacer esas catequesis con mis compañeros de estudios. PonÃa como excusa que me quitarÃa tiempo para estudiar, y en mi casa lo entendieron perfectamente, y ni si quiera me animaron a confirmarme. TenÃa unos 14 años. En el equipo de baloncesto de mi pueblo hice unas amistades que pronto me llevarÃan por el mal camino, no sólo en cuanto a ideologÃas de tinte nihilista, lo peor fue que empecé a probar alcohol y cannabis. Pronto me enganché al cannabis, y encontré en mi colegio amistades que me acompañaran en su consumo durante los recreos.
Creo que deberÃa dejar de darse una imagen positiva a los jóvenes sobre esta droga en concreto, porque se ve como algo natural e inofensivo, de mejor fama que el tabaco entre la juventud; y como en algunos paÃses es legal la marihuana terapéutica… (que lo único que hace es calmar los dolores y ayudar a dormir mejor) pues encima se ve, entre los jóvenes, casi como una medicina. Pero no se avisa de los efectos fatales para la mente, que yo pronto padecerÃa. Me enteré de que en un pueblo cercano estaban haciendo pruebas para entrar a formar parte del equipo cadete de baloncesto; era un club que habÃa tenido presencia, hacÃa unos años, en la liga ACB, la primera división española, por tanto la cantera estaba federada y competÃan contra los mejores equipos de la comunidad, no sólo a nivel local como ocurrÃa en mi pueblo.
Hice las pruebas y me ficharon. Empezó un largo camino de sufrimiento por un lado, y de ilusión por otro. Entrenaba tres veces por semana y los fines de semana jugábamos. Eso no me parecÃa impedimento para los estudios, al contrario de lo que ocurrÃa con mi formación espiritual. Me ilusioné tanto que me creÃa que iba a poder llegar a profesional. Estuve dos temporadas en el equipo, hasta que el Señor dijo basta… tuve una lesión en la rodilla, desgate prematuro del cartÃlago o «condriopatÃa». Me infiltraban para poder jugar, pero el dolor era intenso; asà que para no terminar con las rodillas de un anciano, antes de tiempo, tuve que dejar este deporte. Fue el primer palo. Yo no tenÃa ni idea de que el Señor iba guiando mi vida para que terminara haciendo su Voluntad, y no la mÃa, que era a lo único que aspiraba. Total, que dos años de mucho esfuerzo, también para mis padres que me tenÃan que llevar de un pueblo a otro, y aguantar mis lamentos. Fue el sueño de un adolescente que se rompió, como el de tantos, que ponemos nuestra vida en manos de la idolatrÃa del éxito. TodavÃa no lo percibÃa como un regalo del Señor, hasta años mas tarde.
Con 16 años conocà a mi novia, e intoxicado por la corriente materialista de la sociedad imperante, que basa la felicidad en el placer instantáneo, fundamentábamos nuestra relación básicamente en el sexo y en salir de fiesta. Los estudios me iban bien, la verdad es que no me esforzaba mucho, estudiaba sólo a última hora, el dÃa antes de los exámenes y me levantaba a las 4 de la mañana el dÃa del examen. Aún asà sacaba buenas notas. Pensaba estudiar biologÃa, me atraÃa mucho el tema de la evolución y la antropologÃa; daba respuestas al sentido de la vida a través de la ciencia. Asà que decidà hacer el bachillerato de ciencias. En el bachillerato ya no daba tan buen resultado mi técnica de estudiar el dÃa antes, sobre todo con la fÃsica y las matemáticas, que comencé a suspender. Ya no me creÃa tan inteligente como pensaba, sobre todo cuando en mi asignatura favorita no daba pie con bola en bioquÃmica. Es cuando empecé a buscar otras respuestas para el sentido de la vida, ya no en la ciencia sino en la religión. Dios se valÃa nuevamente de otro fracaso para atraerme hacia sÃ.
Pensaba que no iba a poder estudiar lo que yo querÃa, y fui perdiendo el interés por la biologÃa. En mi casa disfrutaba con la encarta (aquella enciclopedia virtual de finales de los 90) leyendo sobre las religiones mayoritarias. Me preguntaba cuál era la religión que mas me convenÃa. Estaba muy influido por mis amistades, que aunque se consideraban ateos, estaban influenciados por la Nueva Era (probablemente sin ser conscientes de ello), y esto me llevaba a ser partidario del sincretismo religioso, o sea de la unión de todas las religiones, para formar una religión única; que es lo que hace la New Age, coger un poco de acá y allá.
Debido a mi fracaso en los estudios y a que tenÃa un pánico tremendo a la selectividad, porque no me consideraba bien preparado, me sentÃa un inútil, y comencé a sumirme en un estado de depresión. Asà empecé a sufrir los efectos secundarios del cannabis, que llevaba consumiendo desde hacÃa 4 años. TenÃa 18 años y estaba en la cama sin poder dormir, pensaba en el suicidio para dejar de sufrir. Lloraba de impotencia, ante lo que yo veÃa como un fracaso de vida. Pensaba que si me suicidaba y Dios existÃa, irÃa al infierno. Asà que sólo por si Dios existÃa merecÃa la pena seguir viviendo. Le pedÃa a Dios que si existÃa, que por favor me ayudase, esa fue mi primera oración desde hacÃa varios años. Y acudà a las raÃces cristianas de mi educación, comprendiendo que el único Dios que se implicaba verdaderamente con la Humanidad era Jesucristo, porque no permanecÃa en su trono, de otra dimensión, mirando desde lejos a los hombres, como ocurre en las demás religiones, sino que se involucra haciéndose uno de nosotros hasta derramar su sangre, para salvarnos del Pecado, y resucitar para abrirnos las puertas de la Vida Eterna.
Entonces comencé a celebrar la EucaristÃa y a confesarme y comulgar, incluso llevaba la Biblia a todas partes, llamando la atención de alumnos y profesores, que me veÃan leyéndola a todas horas. Pensaba que solamente querÃa estar en compañÃa del Señor, y que se estarÃa muy bien viviendo en una cueva o en una cabaña en el monte; era una visión idÃlica que no sopesaba los inconvenientes de la soledad extrema. Los frailes nos dieron una charla vocacional. Como siempre, el Señor se valÃa de todos los medios que me rodeaban para atraerme. Y le pregunté, al terminar la charla, al joven agustino, que si me podÃa dar información sobre los monjes católicos. Porque le dije que tenÃa mucha información sobre los monjes budistas, por los documentales, pero querÃa conocer el monacato católico. El joven fraile me hizo unas fotocopias de un libro de su convento donde explicaba el carisma de las principales órdenes contemplativas de la Iglesia.
Decidà terminar con la relación con mi novia, con la que llevaba dos años, porque querÃa ser célibe. Pero este no es el final feliz de mi conversión. PodÃa haber decidido ingresar en un monasterio contemplativo y todo hubiera terminado, pero el Señor querÃa pulirme un poco más. Todo acababa de empezar. Definitivamente la droga terminó destrozando mi joven y frágil mente. Continuaba fumando marihuana, a pesar de mi conversión, porque no lo veÃa como un pecado, sino como algo tan inofensivo como una copa de vino. Hasta que empecé a distorsionar la realidad. Todo lo que leÃa en la Biblia o en algún libro de espiritualidad, que encontraba por ahÃ, lo convertÃa en Paranoia.
Mi comportamiento me dio problemas en el colegio. En vez de atender en las clases, me ponÃa a escribir de forma compulsiva, por lo que avisaron a mis padres, varias veces, por mi actitud inadecuada. Mis padres estaban muy preocupados y decidieron llevarme al psiquiatra. Hasta que una noche me afeité todo el pelo del cuerpo, como signo de conversión, del mismo modo que se sigue haciendo en algunas culturas. Entonces mis padres, escandalizados, me llevaron a urgencias y me ingresaron en la planta de salud mental; donde permanecà un mes. Durante aquel mes estuvieron psicoanalizándome, para encontrar un diagnóstico. Los médicos dijeron que, sin duda, todo lo habÃa provocado el consumo de cannabis. Además iba a necesitar una medicación de por vida: para controlar los niveles de dopamina, que es un neurotransmisor del cerebro responsable de los sentimientos; y un estabilizador del ánimo, para controlar la depresión.
Me diagnosticaron «Trastorno Esquizo-Afectivo». Cuando me recuperé me puse a trabajar de camarero, ya habÃa perdido el último curso del bachillerato. Y me apunté en el instituto a distancia para terminar mis estudios, pero no habÃa manera de aprobar. Lo que más me importaba era mi relación de amistad con el Señor, practicaba los sacramentos y rezaba el Santo Rosario. Asà que mi párroco me invitó a unas catequesis de adultos para confirmar mi fe, y afianzar la gracia del Bautismo. Mientras estaba recibiendo mis catequesis, conocà una comunidad benedictina, cercana a mi pueblo. Y me fui enamorando de la Presencia del Señor en medio de esta comunidad de servidores suyos. Cada vez iba con más frecuencia. Hasta que le comuniqué al padre prior mi deseo de ingresar. Cuánto le debo a este humilde monje, que a pesar de saber mi problema psicológico, siempre me ha aceptado como uno más de la comunidad.
Asà que a los 21 años me confirmo, en julio, y en septiembre ingreso como postulante en este monasterio benedictino. El dÃa de Nuestra Madre MarÃa Inmaculada tomé el santo hábito. Me enseñaron a rezar la Liturgia de la Horas y a manejar el diurnal y los libros litúrgicos. Me daban clases de latÃn y solfeo, y aprendà a tocar el armonium. Cuando más disfrutaba era en la clase de Regla, en la que un anciano monje nos explicaba la Santa Regla de san Benito, que es una interpretación del Evangelio para la vida monástica. También disfrutaba mucho con los trabajos en comunidad, pelando y troceando fruta de la huerta para hacer compota, o cuando ensayábamos el gregoriano. Yo era feliz allÃ, y quizás no deberÃa haberme marchado nunca, pero el Señor lo permitió porque me tenÃa preparado otro destino.
En la ignorancia de mi juventud yo querÃa hacer cosas grandes, querÃa ayudar, hacer algo importante. SabÃa que en la comunidad era de gran ayuda, y que se necesitaba gente joven, pero cegado por mi egocentrismo, tomé la decisión de hacerme misionero. Comencé la formación en OCASHA-Cristianos con el Sur, una ONG para misioneros laicos. Y estudié un curso de auxiliar de enfermerÃa, que pensé que me serÃa útil en la misión. Pronto me dieron trabajo en una residencia geriátrica, mientras me iba formando en OCASHA. Pero el buen Dios no querÃa esto para mÃ, esos eran mis planes no los del Señor. Empecé a ponerme nervioso en el trabajo, ante la tarea que se me avecinaba durante la jornada, y me daban nauseas de la tremenda ansiedad que me producÃa mi responsabilidad. Por lo que mi médico me dijo que tenÃa que dejarlo para no enfermar. De nuevo otro fracaso que me acercaba más a la Voluntad del Padre.
Mientras, como no podÃa trabajar y me asignaron una pensión por invalidez del 65%, retomé el contacto con mi amada comunidad benedictina; y por influencia de uno de los monjes, participaba en un grupo de oración de la Renovación Carismática Católica. Durante una peregrinación a Montserrat, con 26 años, volvà a sentir el anhelo por la vida eremÃtica, que sentà en mi primera conversión o Metanoia. Al ver las cuevas y ermitas, y los orÃgenes de eremitorio de la abadÃa, sentà que mi vocación siempre habÃa sido esa. Encontré un artÃculo en internet, que se lo recomiendo a todo el mundo para comprender esta vocación. Se llama «Los eremitas de hoy viven en la ciudad» de Vittorio Messori. Explica cómo el fenómeno eremÃtico sigue en auge, a pesar del paso de los siglos; pero los eremitas ya no buscan los parajes montañosos o desérticos, sino el anonimato y la soledad de la ciudad. Esta visión me cambió la vida porque me di cuenta de que mi vocación original era viable.
Alguien me podrÃa decir que si quiero soledad para eso está la Cartuja o la Camáldula, pero es que, claro que intenté entrar en estas dos órdenes contemplativas, pero cuando no tienes una salud mental de hierro no se puede soportar el rigor de su soledad. Asà que se lo planteé a mi director espiritual, y llegamos a la conclusión de que era la vocación más equilibrada para mÃ; viviendo en mi pueblo en una casa baja, parecida a las ermitas de los camaldulenses, con su pequeño jardÃn, con la cercanÃa de mis familiares que mitigan mi soledad, y viviendo en definitiva con un equilibrio entre soledad y compañÃa, que es lo que pedÃa san Benito en su Sancta Regula. Redacté unos estatutos con mi estilo de vida, basados en la Regla de san Benito, que mi guÃa espiritual aprobó. A los 30 años profesé mis votos privados como laico consagrado, y comencé a vivir, vacando sólo en Dios, una vida contemplativa dedicada principalmente a la oración.
Estoy inmensamente agradecido al Señor por haberme ayudado a encontrar mi lugar en la vida, y por ayudarme a hacerme pequeño, lo suficientemente pequeño como para acoger su Voluntad y desechar la mÃa. También le agradezco al Señor lo muy feliz que me hace durante la oración, en la EucaristÃa delante del SantÃsimo, y en compañÃa de mis padres, familiares y seres queridos (entre los que se encuentran mis amados hermanos benedictinos). Y asÃ, separado de todos, estoy unido a todos, formando parte de la Iglesia; estando en el mundo sin ser del mundo. Creo que mi testimonio puede servir para la «des-estigmatización» de las personas con problemas de salud mental, a las que injustamente se acusa de agresivas, debido a la resonancia de los casos que salen en los medios. Pero he de decir que son un pequeño porcentaje que no representa a la mayorÃa, que es pacÃfica. Doy gracias a Dios por mi enfermedad, porque ha sido clave para mi conversión y para optar por este estilo de vida, a la que el Señor me ha llamado por medio de los acontecimientos que ha puesto en mi camino.
¡Gloria a Dios!


