(ACI).- En su catequesis pronunciada este miĆ©rcoles en la Plaza de San Pedro durante la Audiencia General, el Papa Francisco seƱaló que para ser predicador de JesĆŗs es mĆ”s efectivo transmitir la fe con la alegrĆa de la mirada que con las herramientas de la retórica.
āUno se convierte en predicador de JesĆŗs, no afinando las herramientas de la retórica, sino custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Muchos cristianos, muchos de nosotros, vemos que con los ojos se transmite la alegrĆa de la feā, subrayó el Santo Padre.
A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas, Ā”buenos dĆas!
Hoy quisiera regresar sobre un tema importante: la relación entre la esperanza y la memoria, con particular referencia a la memoria de la vocación. Y tomo como Ćcono la llamada de los primeros discĆpulos de JesĆŗs. En sus memorias se quedó tan marcada esta experiencia, que alguno registró incluso la hora: Ā«Era alrededor de las cuatro de la tardeĀ» (Jn 1,39). El evangelista Juan narra el episodio como un nĆtido recuerdo de juventud, que se quedó intacto en su memoria de anciano: porque Juan escribió estas cosas cuando era anciano.
El encuentro habĆa sucedió cerca del rĆo JordĆ”n, donde Juan Bautista bautizaba; y aquellos jóvenes galileos habĆan escogido al Bautista como guĆa espiritual. Un dĆa llega JesĆŗs, y se hizo bautizar en el rĆo. Al dĆa siguiente pasó de nuevo, y entonces el que bautizaba ā es decir, Juan Bautista ā dijo a dos de sus discĆpulos: Ā«Este es el Cordero de DiosĀ» (v. 36).
Y para estos dos fue la ācentellaā. Dejaron a su primer maestro y se pusieron en el seguimiento de JesĆŗs. Por el camino, Ćl se gira hacia ellos y les plantea la pregunta decisiva: «¿QuĆ© quieren?Ā» (v. 38). JesĆŗs aparece en los Evangelio como un experto del corazón humano. En ese momento habĆa encontrado a dos jóvenes en bĆŗsqueda, sanamente inquietos.
De hecho, ĀæquĆ© juventud es una juventud satisfecha, sin una pregunta de sentido? Los jóvenes que no buscan nada, no son jóvenes, son jubilados, han envejecido antes de tiempo. Es triste ver jóvenes jubilados. Y JesĆŗs, a travĆ©s de todo el Evangelio, en todos los encuentros que le suceden a lo largo del camino, se presenta como un āincendiarioā de corazones.
De ahĆ Ć©sta pregunta que busca hacer emerger el deseo de vida y de felicidad que cada joven se lleva dentro: āĀæQuĆ© cosa buscas?ā. Hoy quisiera preguntarles a los jóvenes que estĆ”n aquĆ en la Plaza y a aquellos que nos escuchan a travĆ©s de los medios de comunicación: āĀæTĆŗ, que eres joven, quĆ© cosa buscas? ĀæQuĆ© cosa buscas en tu corazón?ā.
La vocación de Juan y de AndrĆ©s comienza asĆ: es el inicio de una amistad con JesĆŗs tan fuerte que impone una comunión de vida y de pasiones con Ćl. Los dos discĆpulos comienzan a estar con JesĆŗs y enseguida se transforman en misioneros, porque cuando termina el encuentro no regresan a casa tranquilos: tanto es asĆ que sus respectivos hermanos ā Simón y Santiago ā son enseguida incluidos en el seguimiento. Fueron donde estaban ellos y les han dicho: āĀ”Hemos encontrado al MesĆas, hemos encontrado a un gran profeta!ā, dan la noticia. Son misioneros de ese encuentro. Fue un encuentro tan conmovedor, tan feliz que los discĆpulos recordaran por siempre ese dĆa que iluminó y orientó su juventud.
ĀæCómo se descubre la propia vocación en este mundo? Se puede descubrir de varios modos, pero esta pĆ”gina del Evangelio nos dice que el primer indicador es la alegrĆa del encuentro con JesĆŗs. Matrimonio, vida consagrada, sacerdocio: cada vocación verdadera inicia con un encuentro con JesĆŗs que nos dona una alegrĆa y una esperanza nueva; y nos conduce, incluso a travĆ©s de pruebas y dificultades, a un encuentro siempre mĆ”s pleno, crece, ese encuentro, mĆ”s grande, ese encuentro con Ćl y a la plenitud de la alegrĆa.
El SeƱor no quiere hombres y mujeres que caminan detrĆ”s de Ćl de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad. Ustedes, que estĆ”n aquĆ en la Plaza, les pregunto ā cada uno responda a sĆ mismo ā ustedes, Āætienen en el corazón el viento de la felicidad? Cada uno se pregunte: ĀæYo tengo dentro de mĆ, en el corazón, el viento de la felicidad? JesĆŗs quiere personas que han experimentado que estar con Ćl nos da una felicidad inmensa, que se puede renovar cada dĆa de la vida.
Un discĆpulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. Se convierte en predicador de JesĆŗs no afinando las armas de la retórica: tĆŗ puedes hablar, hablar, hablar pero si no hay otra cosa. ĀæCómo se convierte en predicador de JesĆŗs? Custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Vemos a tantos cristianos, incluso entre nosotros, que con los ojos te transmiten la alegrĆa de la fe: con los ojos.
Por este motivo el cristiano ā como la Virgen MarĆa ā custodia la llama de su enamoramiento: enamorados de JesĆŗs. Cierto, hay pruebas en la vida, existen momentos en los cuales se necesita ir adelante no obstante el frĆo y el viento contrario, no obstante tantas amarguras. Pero los cristianos conocen el camino que conduce a aquel sagrado fuego que los ha encendido una vez por siempre.
Y por favor, le pido: no escuchemos a personas desilusionadas e infelices; no escuchemos a quien recomienda cĆnicamente no cultivar la esperanza en la vida; no confiemos en quien apaga desde el inicio todo entusiasmo diciendo que ningĆŗn proyecto vale el sacrificio de toda una vida; no escuchemos a los āviejosā de corazón que sofocan la euforia juvenil. Vayamos donde los viejos que tienen los ojos brillantes de esperanza.
Cultivemos en cambio, sanas utopĆas: Dios nos quiere capaces de soƱar como Ćl y con Ćl, mientras caminamos bien atentos a la realidad. SoƱar en un mundo diferente. Y si un sueƱo se apaga, volver a soƱarlo de nuevo, recurriendo con esperanza a la memoria de los orĆgenes, a esas brazas que, tal vez despuĆ©s de una vida no tan buena, estĆ”n escondidas bajo las cenizas del primer encuentro con JesĆŗs.
Es esta pues, una dinĆ”mica fundamental de la vida cristiana: recordarse de JesĆŗs. Pablo decĆa a su discĆpulo: āRecuĆ©rdate de Jesucristoā (2 Tim 2,8); este es el consejo del gran San Pablo: āRecuĆ©rdate de Jesucristoā. Recordarse de JesĆŗs, del fuego de amor con el cual un dĆa hemos concebido nuestra vida como un proyecto de bien, y a vivificar con esta llama nuestra esperanza. Gracias.

