MiƩrcoles de la octava de Pascua.- 3-04-2024.

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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ā€œQuĆ©date con nosotrosā€

Evangelio segĆŗn San Lucas 24, 13-35

Aquel mismo dĆ­a, el primero de la semana, dos discĆ­pulos de JesĆŗs iban caminando a una aldea llamada EmaĆŗs, distante de JerusalĆ©n unos sesenta estadios —unos 10 kilómetros—; iban conversando entre ellos de todo lo que habĆ­a sucedido. Mientras conversaban y discutĆ­an, JesĆŗs en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Ɖl les dijo: «¿QuĆ© conversación es esa que traĆ©is mientras vais de camino?Ā». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba CleofĆ”s, le respondió: «¿Eres tĆŗ el Ćŗnico forastero en JerusalĆ©n que no sabes lo que ha pasado allĆ­ estos dĆ­as?Ā». Ɖl les dijo: «¿QuĆ©?Ā». Ellos contestaron: Ā«Lo de JesĆŗs el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperĆ”bamos que Ć©l iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer dĆ­a desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de maƱana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habĆ­an visto una aparición de Ć”ngeles, que dicen que estĆ” vivo. Algunos de los nuestros fueron tambiĆ©n al sepulcro y lo encontraron como habĆ­an dicho las mujeres; pero a Ć©l no lo vieronĀ». Entonces Ć©l les dijo: «”QuĆ© necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ĀæNo era necesario que el MesĆ­as padeciera esto y entrara asĆ­ en su gloria?Ā». Y, comenzando por MoisĆ©s y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se referĆ­a a Ć©l en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y Ć©l simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: Ā«QuĆ©date con nosotros, porque atardece y el dĆ­a va de caĆ­daĀ». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Ć©l desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?Ā». Y, levantĆ”ndose en aquel momento, se volvieron a JerusalĆ©n, donde encontraron reunidos a los Once con sus compaƱeros, que estaban diciendo: Ā«Era verdad, ha resucitado el SeƱor y se ha aparecido a SimónĀ». Y ellos contaron lo que les habĆ­a pasado por el camino y cómo lo habĆ­an reconocido al partir el pan.

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

Dejando a los demĆ”s en JerusalĆ©n, marchaban estos dos discĆ­pulos desilusionados por el camino de EmaĆŗs cuando se les acercó aquel caminante. No cayeron en la cuenta de quiĆ©n era. Estaban demasiado enfrascados en sus cosas, demasiado metidos en sĆ­ mismos y en sus esquemas de cuanto habĆ­a ocurrido como para fijarse bien en nadie. Y sus corazones, apesadumbrados por el fracaso de aquello que esperaban. Era JesĆŗs aquel caminante, que con apariencia de ignorar lo sucedido, va sacando amorosamente de ellos cuanto llevan dentro para irlos conduciendo, con las Escrituras y sus explicaciones, a la verdad plena de todo lo acontecido. La nobleza y limpieza de sus corazones, y el ansia de verdad que tenĆ­an, les permitieron aceptar la reprimenda que con tanto amor les dirigĆ­a ā€˜aquel extraƱo’: ā€œĀ”QuĆ© necios y torpes sois para creer…!ā€. Ā”CuĆ”nta la paciencia de JesĆŗs! que, cuando les amonesta, es porque ya disponĆ­an de los elementos suficientes como para haber dado el paso de fe que aĆŗn no habĆ­an dado. La misericordia entraƱable de Dios con nosotros incluye siempre la corrección (cf Heb 12, 5ss). Fue necesaria la Pasión del MesĆ­as para entrar en su gloria. Del mismo modo a nosotros nos es necesario pasar por todo lo que conlleva esta vida para que, muriendo (sobre todo a nosotros mismos, perseverando en el amor a los demĆ”s), resucitemos con Ć©l para la eternidad.

Ā”CuĆ”nto los ama JesĆŗs…! Conforme iban descargando abierta y sinceramente en Ć©l sus sentires y desĆ”nimos, y le iban escuchando (Ā”quĆ© importante abrirle a Dios de par en par el corazón y desahogarnos con Ć©l de todo aquello que llevamos dentro, poniĆ©ndonos luego a la escucha de su palabra…! —cf 1Pe 5,6s; Mt 11,28—), iba entrando en ellos el ardor del EspĆ­ritu, el ardor del amor envolvente de Dios en sus corazones (ā€œĀ”Con razón ardĆ­a nuestro corazón…!ā€).

A menudo estamos tan metidos en nuestras cosas (preocupaciones, proyectos, trabajos…) y tan excitados por la prisa, que no reparamos en quienes tenemos delante, al lado, alrededor. No nos detenemos lo suficiente ni los atendemos debidamente. Tampoco advertimos que JesĆŗs, Dios nuestro Padre, MarĆ­a… nos manifiestan su amor aun en los acontecimientos mĆ”s duros. Y lo hacen, generalmente, a travĆ©s de ciertos detalles que nos llegan por personas, o por medio de frases que leemos, hechos ā€˜casuales’ que ocurren, o directamente como suave caricia interna, como impulso que nos alegra y despeja.

JesĆŗs, evidentemente, no es sólo ā€œun profeta poderoso en obras y palabrasā€ como creĆ­an. Experimentaron que era mucho mĆ”s. Ɖl es el vencedor que esperaba la Humanidad, el que obtendrĆ” para los que lo acepten el Ć©xito de la gloria absoluta e inmortal. Primero llegó a la victoria con su propia resurrección, para luego resucitar para la vida eterna a cuantos crean en Ć©l (ā€œEsta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Ć©l, tenga vida eterna y que yo le resucite el Ćŗltimo dĆ­aā€ —Jn 6,40—); resurrección que se empieza a experimentar en ocasiones ya desde aquĆ­ (ā€œNosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerteā€ —1Jn 3,14—). Su corazón desborda caridad para con nosotros, y nos transforma en celestiales tomando la caridad, el amor, como norma de vida. Como Ć©l murió y resucitó, tambiĆ©n nosotros moriremos y resucitaremos: nuestra redención es una transformación divina que, no sólo se opera, sino que se representa por la muerte de Cristo; transformación que, por lo que mira al pasado, es muerte, y por lo que mira a lo nuevo, es vida y resurrección (cf Ef 4,22 ss).

Cuando hizo ademĆ”n de continuar, ellos reaccionaron con caridad, apremiĆ”ndolo —sin saber aĆŗn que era Ć©l— para que se quedara, dado lo avanzado del dĆ­a (ā€œFui forastero y me hospedasteis…ā€ —Mt 25,35—). Estaban ya muy blandos para reconocerlo (ā€œEl que ama —al prójimo— conoce a Diosā€ —1Jn 4—); y lo hicieron, cuando partió para ellos el pan, gesto concreto, visible, tangible, de su amor. Son los gestos concretos del amor los que nos llegan y se nos quedan. AsĆ­, partiĆ©ndonos y repartiĆ©ndonos para los demĆ”s, serĆ” como descubran a Dios y que Ć©l es amor, conociendo todos que somos realmente discĆ­pulos de Cristo (ā€œEn esto conocerĆ”n todos que sois discĆ­pulos mĆ­os: en el amorā€ —cf Jn 13,35—). No por lo que hablemos y digamos (ā€œHijos mĆ­os, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obrasā€ —1Jn 3,18—), sino por nuestro amor operante (ā€œLo que vale es la fe que actĆŗa por el amorā€ —GĆ”l 5,6b—).

Con ellos celebró JesĆŗs aquella tarde su segunda eucaristĆ­a: la Palabra explicada por el camino, el pan partido… Su encuentro con Ć©l los hizo cambiar de dirección: salir de ellos e ir a los otros; pasar de tristeza a alegrĆ­a, de muerte a vida; resucitar a una vida nueva, que no consiste en encerrarse en sĆ­, sino en abrirse a los demĆ”s: volvieron inmediatamente a JerusalĆ©n y trasmitieron su vivencia. De ahĆ­ que la EucaristĆ­a sea el corazón de nuestros movimientos: ā€˜diastólico’, reuniĆ©ndonos en torno a la mesa con JesĆŗs para llenarnos de su amor a travĆ©s de su Palabra, de su Cuerpo y de su Sangre, adquiriendo la fuerza necesaria para amar; y ā€˜sistólico’, llevando cada uno expansivamente el amor aprendido y recibido a los demĆ”s. Ā”Con razón se ha dado en llamar a la Misa ā€˜el Corazón de la Iglesia’!