MiƩrcoles Octava de Pascua.- 15-04-2020

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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ā€œĀæNo ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?ā€

Evangelio segĆŗn San Lucas 24, 13-35

Aquel mismo dĆ­a, el primero de la semana, dos discĆ­pulos de JesĆŗs iban caminando a una aldea llamada EmaĆŗs, distante de JerusalĆ©n unos sesenta estadios —unos 11 kilómetros—; iban conversando entre ellos de todo lo que habĆ­a sucedido. Mientras conversaban y discutĆ­an, JesĆŗs en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Ɖl les dijo: «¿QuĆ© conversación es esa que traĆ©is mientras vais de camino?Ā». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba CleofĆ”s, le respondió: «¿Eres tĆŗ el Ćŗnico forastero en JerusalĆ©n que no sabes lo que ha pasado allĆ­ estos dĆ­as?Ā». Ɖl les dijo: «¿QuĆ©?Ā». Ellos contestaron: Ā«Lo de JesĆŗs el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.

Nosotros esperÔbamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de Ôngeles, que dicen que estÔ vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «”Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantÔndose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

D ejando a los demĆ”s en JerusalĆ©n, marchaban estos discĆ­pulos bastante desilusionados hacia EmaĆŗs cuando se les acercó aquel caminante. No cayeron en la cuenta de quiĆ©n era. Estaban demasiado enfrascados en sus cosas, encerrados, demasiado metidos en sĆ­ mismos y en sus esquemas de cuanto habĆ­a sucedido como para fijarse bien en nadie, y sus corazones apesadumbrados por el fracaso de lo que esperaban. Era JesĆŗs, que aparentando ignorar lo sucedido, va sacando de ellos amorosamente lo que llevan dentro para guiarlos, con las Escrituras y sus explicaciones, a la verdad plena de cuanto habĆ­a acontecido. Fue necesaria la Pasión del MesĆ­as para entrar en su gloria. AsĆ­, a nosotros nos es necesario pasar por todo lo que conlleva esta vida nuestra para, muriendo (sobre todo a nosotros mismos en el perseverar por amar a los demĆ”s), resucitar con Ć©l para la eternidad. Ā”CuĆ”nto los ama! Conforme iban descargando en Ć©l sus sentires y le escuchaban, iba entrando en ellos el ardor del EspĆ­ritu, el ardor del amor de Dios en sus corazones (ā€œĀ”Con razón ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras…!ā€).

Nos ocurre a nosotros a menudo, estar metidos en nuestras cosas, proyectos, trabajos y demĆ”s preocupaciones, azuzados por la prisa, y no reparamos bien en quienes tenemos delante, al lado; no nos detenemos lo suficiente ni los atendemos debidamente. Tampoco advertimos que JesĆŗs, Dios nuestro Padre, MarĆ­a,… nos manifiestan su amor, aun en los acontecimientos mĆ”s duros, con ciertos detalles que nos llegan a travĆ©s de personas, frases, hechos ā€˜casuales’, o directamente, como suave caricia interna, impulso que nos alegra y despeja, etc.
Cristo, evidentemente, no es sólo ā€œun profeta poderoso en obras y palabrasā€ como creĆ­an. Experimentaron que era mucho mĆ”s. Ɖl es el vencedor que esperaba la Humanidad, y el que obtendrĆ” para los suyos el Ć©xito de la gloria absoluta e inmortal. Primero llegó a la victoria de su propia resurrección, para darle cima con la resurrección a la vida eterna de cuantos crean en Ć©l; resurrección que se empieza a pregustar en ocasiones ya desde aquĆ­. Su corazón desborda caridad, para que, llenando los nuestros, nos volvamos celestiales.

Ella nos dejó como norma y ley de vida: la caridad. Como Ć©l muere y resucita, nosotros moriremos y resucitaremos: nuestra redención es una transformación divina que, no sólo se opera, sino que se representa por la muerte de Cristo; transformación que, por lo que mira al pasado, es muerte, y por lo que mira a lo nuevo, es vida y resurrección.Una vez atentos sus corazones a la escucha humilde de su Palabra, el EspĆ­ritu actuaba en su interior (les ā€œardĆ­a el corazónā€¦ā€). Cuando hizo ademĆ”n de continuar el camino, reaccionaron con amor apremiĆ”ndolo cariƱosamente —sin saber aĆŗn que se trataba de Ć©l— para que se quedara, dado lo avanzado ya del dĆ­a (ā€œFui forastero y me hospedasteis…ā€ —Mt 25,35—) . Estaban ya muy blandos para reconocerlo (ā€œEl que ama —al prójimo— conoce a Diosā€ —1Jn 4—), y se les abrieron los ojos reconociĆ©ndolo en su gesto concreto de amor de partir el pan para ellos… En eso mismo reconocerĆ”n a Dios en nosotros, conocerĆ”n todos que somos realmente discĆ­pulos de Cristo (Jn 13,35): en el amor. No por lo que hablemos y digamos (ā€œHijos mĆ­os, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obrasā€ —1Jn 3,18—), sino por nuestro amor operante (ā€œLo que vale es la fe que actĆŗa por el amorā€ —GĆ”l 5,6b—).

Con ellos celebró JesĆŗs aquella tarde su segunda eucaristĆ­a: la Palabra explicada por el camino, el pan… Su encuentro con Ć©l los hace cambiar de dirección, salir de ellos para ir a los otros, pasar de tristeza a alegrĆ­a, de muerte a vida; resucitar a una vida nueva no encerrada en sĆ­, sino abierta a los demĆ”s: se volvieron inmediatamente de EmaĆŗs (la soledad, el aislamiento) a JerusalĆ©n para transmitir a todos su vivencia. AsĆ­ nuestras eucaristĆ­as son el corazón de nuestros movimientos: sistólico, reuniĆ©ndonos en torno a la mesa con JesĆŗs, de quien aprendemos por su Palabra y sus obras amor ardiente al Padre y a los hombres, recibiendo de Ć©l, comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, la fuerza necesaria para amar y extender el amor, glorificando asĆ­ al Padre; diastólico, llevando expansivamente cada uno a su vivir el amor a todos allĆ­ aprendido allĆ” donde vaya.

”Con razón se ha dado en llamar a la Misa el corazón de la Iglesia!