Martes 33ÂșTiempo Ordinario 20 noviembre 2018

31 Jul, 2025 | Sin categorĂ­a

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“Hoy ha sido la salvaciĂłn de esta casa; pues tambiĂ©n Ă©ste es hijo de AbrahĂĄn. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”

Evangelio segĂșn S. Lucas 19, 12-13, 15-26

EntrĂł JesĂșs en JericĂł e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quiĂ©n era JesĂșs, pero no lo lograba a causa del gentĂ­o, porque era pequeño de estatura. Corriendo mĂĄs adelante, se subiĂł a un sicomoro, para verlo, porque tenĂ­a que pasar por allĂ­. JesĂșs, al llegar a aquel sitio, levantĂł los ojos y dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Él se dio prisa en bajar y lo recibiĂł muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces mĂĄs». JesĂșs le dijo: «Hoy ha sido la salvaciĂłn de esta casa; pues tambiĂ©n este es hijo de AbrahĂĄn. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

 

[divider link=»» target=»_blank» layout=»2″ color=»»] MeditaciĂłn sobre el Evangelio [/divider]

Va derecho a JerusalĂ©n. Por JericĂł atraviesa deteniĂ©ndose Ășnicamente para comer. Para algo mĂĄs, le conduce allĂ­ el EspĂ­ritu, pues sistema suyo es lograr pluralidad de objetivos con la misma operaciĂłn. El EspĂ­ritu miraba a Zaqueo y hacĂ­a Él inspiraba a JesĂșs.Zaqueo sintiĂł una gran curiosidad por ver al Maestro; avivĂĄbala el EspĂ­ritu, e inquieto, tratĂł de conocerlo. Ignoraba que una fuerza amorosa le estaba trabajando y que, a poca voluntad que prestase, caerĂ­a en los brazos de la Vida.Se afanaba por verlo, pero no lo conseguĂ­a. TrepĂł al ĂĄrbol, ansioso. Al fin oteaba el cortejo y se fijaba en el profeta; gozoso lo bebĂ­a con los ojos. Los suyos se le iban a JesĂșs hacia donde le tiraba el EspĂ­ritu, codicioso por demĂĄs de aquella oveja. Se detuvo al pie del ĂĄrbol y le llamĂł por su nombre: QuerĂ­a hospedarse en su casa. BajĂł raudo del ĂĄrbol y se aproximĂł jubiloso para ofrecerle casa y mesa.

El pĂșblico lo tomĂł a mal. Menospreciaban a los recaudadores, los vilipendiaban, tildĂĄndolos de ladrones; los juzgaban casta de traidores, a Dios y a la naciĂłn. Muchos sacerdotes y personajes dignos residĂ­an en JericĂł ÂżporquĂ© no ir a casa de ellos?Reaccionaron como tantos, que consideraban la religiĂłn como un coto cerrado; intransigentes y rĂ­gidos para admitir, fĂĄciles en condenar, difĂ­ciles para ser magnĂĄnimos y misericordiosos. JesĂșs sabĂ­a que, ni todos los que murmuraban, eran buenos como se creĂ­an, pues que era malo su corazĂłn; ni que eran malos todos los que despreciaban, pues que era bueno su corazĂłn. ProclamarĂĄ reiteradamente, que no se ha de ir solamente al devoto, sino tambiĂ©n al indevoto, con tal de que se le consiga algĂșn provecho; y que, cuando el provecho es de orden espiritual, mĂĄs habrĂĄ que ir al pecador que al justo, puesto que Ă©ste no necesita conversiĂłn.
No hizo caso el Maestro a las hablillas que zaherían. Entró en casa de Zaqueo, comió y conversó con él. Le descubrió su reino, le explanó su doctrina, le enseñaba la caridad.

Zaqueo cual una esponja chupaba el agua y bebĂ­a las ideas del Maestro. Al acabar, de pie, resumiĂł la lecciĂłn aprendida: Amor, sĂ­; en adelante mis ganancias las compartirĂ© con los pobres, la mitad para ellos. Amor, sĂ­; a los que he perjudicado les devolverĂ© lo suyo; ni solamente lo suyo, compartirĂ© lo mĂ­o dĂĄndoles cuatro veces lo que les dañé. ÂĄAmor!, ÂżestĂĄ bien entendido?RespondiĂł JesĂșs: Hoy ha entrado la vida en esta casa. Refrendado por el Ă©xito magnĂ­fico, exclamĂł: ÂĄY que no me tolerasen trasponer el dintel de esta casa!; hijo de AbrahĂĄn es como todos ellos Âżpor quĂ© no le habĂ­a de atender? Aunque me repliquen que es un perdido Âżno es precisamente lo perdido lo que he venido a buscar?

Todos estĂĄbamos perdidos, todos lo estamos, JesĂșs, ÂżquiĂ©n tendrĂĄ la desfachatez de encararse contigo, porque te mezclas con los perdidos? Nefastos falsos santos los que a todos nos condenarĂ­an, si ellos fuesen el juez. Bienaventurados los que tienen entrañas y no dudan meterse entre pecadores, para sacar los hijos de Dios.