âHoy ha sido la salvaciĂłn de esta casa; pues tambiĂ©n Ă©ste es hijo de AbrahĂĄn. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdidoâ
Evangelio segĂșn S. Lucas 19, 12-13, 15-26
EntrĂł JesĂșs en JericĂł e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quiĂ©n era JesĂșs, pero no lo lograba a causa del gentĂo, porque era pequeño de estatura. Corriendo mĂĄs adelante, se subiĂł a un sicomoro, para verlo, porque tenĂa que pasar por allĂ. JesĂșs, al llegar a aquel sitio, levantĂł los ojos y dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Ăl se dio prisa en bajar y lo recibiĂł muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces mĂĄs». JesĂșs le dijo: «Hoy ha sido la salvaciĂłn de esta casa; pues tambiĂ©n este es hijo de AbrahĂĄn. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
[divider link=»» target=»_blank» layout=»2″ color=»»] MeditaciĂłn sobre el Evangelio [/divider]
Va derecho a JerusalĂ©n. Por JericĂł atraviesa deteniĂ©ndose Ășnicamente para comer. Para algo mĂĄs, le conduce allĂ el EspĂritu, pues sistema suyo es lograr pluralidad de objetivos con la misma operaciĂłn. El EspĂritu miraba a Zaqueo y hacĂa Ăl inspiraba a JesĂșs.Zaqueo sintiĂł una gran curiosidad por ver al Maestro; avivĂĄbala el EspĂritu, e inquieto, tratĂł de conocerlo. Ignoraba que una fuerza amorosa le estaba trabajando y que, a poca voluntad que prestase, caerĂa en los brazos de la Vida.Se afanaba por verlo, pero no lo conseguĂa. TrepĂł al ĂĄrbol, ansioso. Al fin oteaba el cortejo y se fijaba en el profeta; gozoso lo bebĂa con los ojos. Los suyos se le iban a JesĂșs hacia donde le tiraba el EspĂritu, codicioso por demĂĄs de aquella oveja. Se detuvo al pie del ĂĄrbol y le llamĂł por su nombre: QuerĂa hospedarse en su casa. BajĂł raudo del ĂĄrbol y se aproximĂł jubiloso para ofrecerle casa y mesa.
El pĂșblico lo tomĂł a mal. Menospreciaban a los recaudadores, los vilipendiaban, tildĂĄndolos de ladrones; los juzgaban casta de traidores, a Dios y a la naciĂłn. Muchos sacerdotes y personajes dignos residĂan en JericĂł ÂżporquĂ© no ir a casa de ellos?Reaccionaron como tantos, que consideraban la religiĂłn como un coto cerrado; intransigentes y rĂgidos para admitir, fĂĄciles en condenar, difĂciles para ser magnĂĄnimos y misericordiosos. JesĂșs sabĂa que, ni todos los que murmuraban, eran buenos como se creĂan, pues que era malo su corazĂłn; ni que eran malos todos los que despreciaban, pues que era bueno su corazĂłn. ProclamarĂĄ reiteradamente, que no se ha de ir solamente al devoto, sino tambiĂ©n al indevoto, con tal de que se le consiga algĂșn provecho; y que, cuando el provecho es de orden espiritual, mĂĄs habrĂĄ que ir al pecador que al justo, puesto que Ă©ste no necesita conversiĂłn.
No hizo caso el Maestro a las hablillas que zaherĂan. EntrĂł en casa de Zaqueo, comiĂł y conversĂł con Ă©l. Le descubriĂł su reino, le explanĂł su doctrina, le enseñaba la caridad.
Zaqueo cual una esponja chupaba el agua y bebĂa las ideas del Maestro. Al acabar, de pie, resumiĂł la lecciĂłn aprendida: Amor, sĂ; en adelante mis ganancias las compartirĂ© con los pobres, la mitad para ellos. Amor, sĂ; a los que he perjudicado les devolverĂ© lo suyo; ni solamente lo suyo, compartirĂ© lo mĂo dĂĄndoles cuatro veces lo que les dañé. ÂĄAmor!, ÂżestĂĄ bien entendido?RespondiĂł JesĂșs: Hoy ha entrado la vida en esta casa. Refrendado por el Ă©xito magnĂfico, exclamĂł: ÂĄY que no me tolerasen trasponer el dintel de esta casa!; hijo de AbrahĂĄn es como todos ellos Âżpor quĂ© no le habĂa de atender? Aunque me repliquen que es un perdido Âżno es precisamente lo perdido lo que he venido a buscar?
Todos estĂĄbamos perdidos, todos lo estamos, JesĂșs, ÂżquiĂ©n tendrĂĄ la desfachatez de encararse contigo, porque te mezclas con los perdidos? Nefastos falsos santos los que a todos nos condenarĂan, si ellos fuesen el juez. Bienaventurados los que tienen entrañas y no dudan meterse entre pecadores, para sacar los hijos de Dios.

