MiƩrcoles octava de Pascua 04-04-2018

31 Jul, 2025 | Sin categorĆ­a

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ā€œQuĆ©date con nosotros, porque atardece y el dĆ­a va de caĆ­daā€

Evangelio segĆŗn S. Lucas 24, 13-35

Aquel mismo dĆ­a, el primero de la semana, dos discĆ­pulos de JesĆŗs iban andando a una aldea llamada EmaĆŗs, distante unas dos leguas de JerusalĆ©n; iban comentando todo lo que habĆ­a sucedido. Mientras conversaban y discutĆ­an, JesĆŗs en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Ɖl les dijo: «¿QuĆ© conversación es esa que traĆ©is mientras vais de camino?Ā». Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba CleofĆ”s, le replicó: «¿Eres tĆŗ el Ćŗnico forastero en JerusalĆ©n, que no sabes lo que ha pasado allĆ­ estos dĆ­as?Ā». Ɖl les preguntó: «¿QuĆ©?Ā». Ellos le contestaron: Ā«Lo de JesĆŗs el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperĆ”bamos que Ć©l fuera el futuro liberador de Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer dĆ­a desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues, fueron muy de maƱana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habĆ­an visto una aparición de Ć”ngeles, que dicen que estĆ” vivo. Algunos de los nuestros fueron tambiĆ©n al sepulcro y lo encontraron como habĆ­an dicho las mujeres; pero a Ć©l no lo vieronĀ». Entonces Ć©l les dijo: «”QuĆ© necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ĀæNo era necesario que el MesĆ­as padeciera esto y entrara asĆ­ en su gloria?Ā». Y, comenzando por MoisĆ©s y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se referĆ­a a Ć©l en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y Ć©l simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: Ā«QuĆ©date con nosotros, porque atardece y el dĆ­a va de caĆ­daĀ». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Ć©l desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?Ā». Y levantĆ”ndose en aquel momento, se volvieron a JerusalĆ©n, donde encontraron reunidos a los Once con sus compaƱeros, que estaban diciendo: Ā«Era verdad, ha resucitado el SeƱor y se ha aparecido a SimónĀ». Y ellos contaron lo que les habĆ­a pasado por el camino y cómo lo habĆ­an reconocido al partir el pan

 

[divider link=»» target=Ā»_blankĀ» layout=Ā»2″ color=»»] Meditación sobre el Evangelio [/divider]

Vieron a aquel peregrino y sus ojos no cayeron en la cuenta de quién era. Estaban demasiado enfrascados en sus cosas, demasiado metidos en sí mismos y en sus esquemas de cuanto había ocurrido como para fijarse bien en nadie, y sus corazones desilusionados y apesadumbrados por el fracaso de lo que esperaban. Jesús, aparentando ignorancia, saca de ellos la verdad que llevan en el corazón para llevarlos con su palabra y explicaciones a la verdad plena: ”CuÔnto los ama! Conforme se iban abriendo a él y le escuchaban, iba entrando el ardor del Espíritu, el ardor del amor de Dios en sus corazones.
Nos ocurre a menudo estar metidos en nuestros proyectos, trabajos y demƔs preocupaciones, azuzados por la prisa, y no reparamos bien en quienes tenemos delante; no nos detenemos lo suficiente ni los atendemos debidamente.

Tampoco advertimos que JesĆŗs, que Dios nuestro Padre, nos manifiestan su amor con ciertos detalles, aun en los acontecimientos mĆ”s duros, tal vez a travĆ©s de personas, frases, hechos ā€œcasualesā€, etc.
Pues bien, era JesĆŗs, que les sale al paso en su triste y desengaƱada salida de JerusalĆ©n, haciĆ©ndoles ver con la Escritura que era necesaria la Pasión del MesĆ­as para llegar a la resurrección. Y cuando hizo ademĆ”n de continuar su camino, lo forzaron amablemente, sin saber aĆŗn que se trataba de Ć©l, a pasar la noche con ellos, dado lo avanzado ya del dĆ­a, y Ć©l entró para quedarse (Ā«Fui forastero y me hospedasteis…ā€ —Mateo 25, 35—). Se puso a la mesa con ellos, bendijo el pan y lo repartió, Ā”y entonces lo reconocieron! (ā€œTodo el que ama al prójimo conoce a Diosā€ —1 Juan 4—). Con ellos celebró JesĆŗs aquella tarde su segunda eucaristĆ­a: la Palabra explicada por el camino, el pan…

Cristo, evidentemente, no sólo era ā€œun profeta poderoso en obras y palabrasā€ como ellos pensaban; comenzaron a experimentar ardientemente que era mucho mĆ”s: El Hijo de Dios vivo, Palabra encarnada del Padre para salvar a todos los hombres que la reciban en sus corazones, que ayudados por el EspĆ­ritu la vayan poniendo por obra. Su corazón desborda caridad, para que, llenando los nuestros, nos volvamos celestiales (ā€œCuando se habĆ­a ido, se decĆ­an: Āæno ardĆ­a nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?ā€).

Como Cristo muere y resucita, nosotros moriremos y resucitaremos: nuestra redención es una transformación divina que, no sólo se opera, sino que se representa por la muerte de Cristo; transformación que, por lo que mira al pasado, es muerte, y por lo que mira a lo nuevo, es vida y resurrección. Nos dejó como norma y ley de vida la caridad. Cristo es el vencedor que esperaba la Humanidad, y el que obtendrÔ para los suyos el éxito de la gloria absoluta e inmortal. Primero llegó a la victoria de su propia resurrección, para darle cima con la resurrección a la vida eterna de cuantos crean en él; resurrección que se empieza a preguntar en ocasiones ya desde aquí.

Este encuentro con Jesús los hace cambiar de dirección, pasar de tristeza a alegría, de muerte a vida; resucitar a una vida nueva no encerrada en sí, sino abierta a los demÔs: se volvieron inmediatamente a Jerusalén para transmitir a todos su vivencia.