(ZENIT ā Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la catequesis de esta semana de la audiencia general, ha reflexionado una vez mĆ”s sobre la esperanza cristiana. Este miĆ©rcoles se ha tenido sobre la resurrección y las preguntas ante el momento de la muerte. SAn Pablo, ha recordado el Papa, frente a los temores y a las perplejidades de la comunidad de Tesalónica, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos mĆ”s difĆciles de nuestra vida, āla esperanza de la salvaciónā.
Publicamos a continuación, la traducción de la catequesis realizada por ZENIT.
Queridos hermanos y hermanas, Ā”buenos dĆas!
En las catequesis pasadas hemos empezado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas pƔginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a dar luz a la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesucristo y por el evento pascual.
Es lo que emerge claramente desde el primer texto que se ha escrito, es decir la Primera Carta de san Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La de Tesalónica es una comunidad joven, fundada desde hace poco; sin embargo, no obstante las dificultades y las muchas pruebas, estĆ” enraizada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegrĆa la resurrección del SeƱor JesĆŗs. El apóstol entonces se alegra de corazón con todos, en cuanto que renacen en la Pascua se convierten realmente en āhijos de la luz e hijos del dĆa (5,5), en fuerza de la plena comunión con Cristo.
Cuando Pablo le escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y solo pocos aƱos la separan de la Pascua de Cristo. Por esto, el apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que este evento Ćŗnico y decisivo supone para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no eran tanto reconocer la resurrección de JesĆŗs, sino creer en la resurrección de los muertos. En tal sentido, esta carta se revela mĆ”s actual que nunca. Cada vez que nos encontramos frente a nuestra muerte, o a la de un ser querido, sentimos que nuestra fe es probada. Emergen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: āĀæPero realmente habrĆ” vida despuĆ©s de la muerteā¦? ĀæPodrĆ© todavĆa ver y abrazar a las personas que he amadoā¦?ā. Esta pregunta me la hizo una seƱora hace pocos dĆas en una audiencia, manifestado una duda: āĀæMe encontrarĆ© con los mĆos?ā. TambiĆ©n nosotros, en el contexto actual, necesitamos volver a la raĆz y a los fundamentos de nuestra fe, para tomar conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Jesucristo y quĆ© significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo por esta incertidumbre de la muerte. Me viene a la memoria un viejecito, un anciano, bueno, que decĆa: āYo no tengo miedo de la muerte. Tengo un poco de miedo de verla venirā. TenĆa miedo de esto.
Pablo, frente a los temores y a las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos mĆ”s difĆciles de nuestra vida, āla esperanza de la salvaciónā. Es un yelmo. Esto es la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a entenderla segĆŗn la acepción comĆŗn del tĆ©rmino, es decir en referencia a algo bonito que deseamos, pero que puede realizarse o no. Esperamos que sucede, es como un deseo. Se dice por ejemplo: āĀ”Espero que maƱana haga buen tiempo!ā, pero sabemos que al dĆa siguiente sin embargo puede hacer malo⦠La esperanza cristiana no es asĆ. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya se ha cumplido; estĆ” la puerta allĆ, y yo espero llegar a la puerta. ĀæQuĆ© tengo que hacer? Ā”Caminar hacia la puerta! Estoy seguro de que llegarĆ© a la puerta. AsĆ es la esperanza cristiana: tener la certeza de que yo estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea.
Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizarĆ” para cada uno de nosotros. TambiĆ©n nuestra resurrección y la de los seres queridos difuntos, por tanto, no es algo que podrĆ” suceder o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto estĆ” enraizada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar por tanto significa aprender a vivir en la espera. Cuando una mujer se da cuenta que estĆ” embaraza, cada dĆa aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niƱo que vendrĆ”. AsĆ tambiĆ©n nosotros tenemos que vivir y aprender de estas esperas humanas y vivir la espera de mirar al SeƱor, de encontrar al SeƱor. Esto no es fĆ”cil, pero se aprende: vivir en la espera. Esperar significa y requiere un corazón humilde, un corazón pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien estĆ” ya lleno de sĆ y de sus bienes, no sabe poner la propia confianza en nadie mĆ”s que en sĆ mismo.
Escribe san Pablo: āĆl [JesĆŗs] que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a Ć©lā (1 Ts 5,10). Estas palabras son siempre motivo de gran consuelo y paz. TambiĆ©n para las personas amadas que nos han dejado estamos por tanto llamados a rezar para que vivan en Cristo y estĆ”n en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mĆ me toca mucho el corazón es una expresión de san Pablo, dirigida a los Tesalonicenses. A mĆ me llena de seguridad de la esperanza. Dice asĆ: āpermaneceremos con el SeƱor para siempreā (1 Ts 4,17). Una cosa bonita: todo pasa pero, despuĆ©s de la muerte, estaremos para siempre con el SeƱor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacĆa exclamar a Job: āYo sĆ© que mi Redentor vive [ā¦] yo, con mi propia carne, verĆ© a Dios. (Jb 19,25.27). Y asĆ para siempre estaremos con el SeƱor. ĀæCreeis esto? Os pregunto: Āæcreeis esto? Para tener un poco de fuerza os invito a decirlo conmigo tres veces: āY asĆ estaremos para siempre con el SeƱorā. Y allĆ, con el SeƱor, nos encontraremos.

