La pobreza de corazón es no anteponer nada a Jesucristo. Significa que seamos capaces de renunciar a lo que haya que renunciar para que nuestra única prioridad sea seguirle a Él.
Una imagen que bien lo explica es el joven rico que se marcho apenado porque se reconoció incapaz de desapegarse de sus posesiones para permanecer con Jesús. O la frase de San Pablo: «todo lo estimo basura» comparado con el conocer y seguir a Jesús o el sacrificio que ello suponga.
Debemos examinar si nuestro corazón es libre o está encadenado a bienes materiales, a personas, a formas de hacer las cosas, etc., no poniendo nada por delante ni por arriba de Jesucristo. Vivir la pobreza de espíritu es tener un corazón desprendido de todo lo que nos estorba para seguirLe con total confianza. Es el desprendimiento de quien pone a Dios en el centro de su vida.
Escucha la explicación y consejos de Mons. Munilla sobre este punto del Compendio del Catecismo.


