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«DIOS Y SU PROVIDENCIA ANTE EL SUFRIMIENTO HUMANO» | P. Ángel Castaño Félix

«DIOS Y SU PROVIDENCIA ANTE EL SUFRIMIENTO HUMANO» | P. Ángel Castaño Félix

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[De la conferencia impartida por el P. Ángel Castaño Félix, subdirector de Ciencias Religiosas de la sección a distancia de la Universidad San Dámaso, en la inauguración del curso del Instituto Teológico Diocesano de Albacete, el 11 de octubre de 2023]

Se pensó hacer un artículo monográfico desde diversos puntos de vista, para ver, ante un drama como la pandemia que hemos vivido, qué respuesta podemos dar los cristianos. Y una primera respuesta es intentar entender cómo Dios se hace presente en medio del sufrimiento. Porque el sufrimiento, cuando es verdadero, cuando es un sufrimiento real, nos pone a prueba realmente, y pone a prueba también nuestra fe. La pone a prueba en los creyentes y en los no creyentes; porque, en el fondo, la pregunta de dónde está Dios cuando experimentamos el sufrimiento es una pregunta que recorre las Sagradas Escrituras desde la primera página hasta la última. Ya lo vemos con mucha claridad en el Antiguo Testamento, y también en el Nuevo Testamento, en la vida de los santos y en la vida de los cristianos.

Entonces, se trata de preguntarnos esto: ¿Cómo actúa Dios ante el sufrimiento?, ¿qué tiene que ver Dios con el sufrimiento, o el sufrimiento con Él? La intención en estos minutos es, primero, intentar desbloquear algunas nociones que, aparentemente sacadas de la Escritura, al interpretada, podemos tener un segundo acercamiento desde el Nuevo Testamento, sobre todo al tema de la Providencia divina, en relación a los males que padecemos. Por tanto, primero voy a hablar del Antiguo Testamento con dos premisas, para entender los textos del Antiguo Testamento.

1. El sufrimiento en el Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento es testimonio de un diálogo, que duró siglos, de Dios con los hombres; y un diálogo que va progresando, es decir, Dios creó a los hombres inocentes, como sabemos por la fe, pero en camino de desarrollo. San Ireneo, uno de los primeros Santos, dice que “Dios creó a la humanidad como niña”, y los niños tienen que crecer hasta la edad adulta. De modo que el tiempo del Antiguo Testamento es el tiempo -dice él-, de la condescendencia divina: Dios desciende hasta los hombres para hacer que los hombres sean capaces de recibirle a Él. De modo que, el Antiguo Testamento, podemos decir que es la historia de un combate, un combate entre Dios y el pueblo de Israel.

Porque el Señor tiene que sacar al pueblo de Israel de sus costumbres bárbaras y, en el fondo, de origen pagano; de sus propios prejuicios y de sus propias malas ideas, y el Antiguo Testamento es testimonio de las dos cosas: de la palabra de Dios y también de la respuesta de Israel, y de cómo Israel entiende la palabra de Dios. De modo que tenemos, en el Antiguo Testamento, muchos textos que hablan del sufrimiento, en los que parece que Dios es su autor primero. Esto hay que saber entenderlo: cuando hablamos del mal en el Antiguo Testamento, ya vemos claramente -primero, en los relatos de la creación-, que el sufrimiento no procede de Dios, que el mal no forma parte de la creación de Dios; entra en un segundo momento, como consecuencia del hombre que se separa de Dios; y, al separarse de Dios, se separa del bien y hace posible algo que Dios no quiere -como queda claro en los relatos de la creación-, que es el mal originario, que hace posible después el sufrimiento y la muerte.

Después, en la historia de Israel, en el Antiguo Testamento, se encuentra más claramente la relación de Dios con el pueblo en la alianza del Sinaí, como punto muy importante para este tema: tenemos el “código de la alianza”. Para entenderlo bien, hay que tener en cuenta que los israelitas no tuvieron esperanza en la vida eterna, en la inmortalidad futura, hasta bien entrados los tiempos. Dios va revelando progresivamente sus planes, y la revelación de la resurrección final y de la vida eterna a Israel no le llega hasta el siglo quinto. De modo que, aunque no podamos estar en la mente de los patriarcas, los textos patriarcales no hacen ninguna referencia a un tiempo posterior a la muerte de vida real, de vida eterna; y, por tanto, tampoco de justicia si Dios es justo: Dios tiene que hacer justicia en esta vida, porque no hay un ámbito de justicia superior posterior a la muerte (por supuesto que sí lo hay, pero estoy hablando en este momento de lo que Israel pensaba entonces).

En el “código de la alianza”, como primer acto de la pedagogía divina que es, Dios quiere mostrar que no es indiferente vivir bien o vivir mal, no es indiferente practicar la justicia o vivir en la injusticia. Y, por eso, en el código de la alianza está el código de las bendiciones y el código de las maldiciones. En el código de la alianza se dice con precisión que, al justo, al que viva según la justicia, le espera una vida larga, prosperidad, salud, descendencia numerosa, bienes temporales. No hay, en el código de la alianza, una prospectiva de que al hombre le espera también la vida eterna, es decir, la justicia tiene que cumplirse en este mundo. Por tanto, a los buenos les esperan bienes, y a los impíos les esperan males, es decir, Dios premia a los buenos ¿Con qué?: con riqueza, con descendencia (que es parte de la riqueza), con vida larga y sana, y castiga a los impíos ¿Con qué?: con enfermedades, con la muerte prematura, con una vida miserable…

Esto es lo que, de algún modo, dice el texto de la alianza. Y, en el Antiguo Testamento, vemos ya desde el principio que esto, para el Pueblo de Israel, se plantea como un grave obstáculo ¿Por qué? Porque no es verdad, porque la historia desmiente el código de la alianza y esto aparece en muchos salmos, aparece en el libro del Eclesiastés; aparece también, sobre todo, en Job, porque es verdad que no es así, o sea, el Pueblo de Israel experimenta que los justos viven sometidos y oprimidos por los malos, y que el justo a veces experimenta la muerte prematura. De modo que Dios mismo, en el código de la alianza, provoca a Israel para que se plantee un problema nuevo, y es que, si en este tiempo la justicia de Dios no se cumple, entonces ¿qué pasa con Dios, que ha prometido esto?, ¿no es capaz de cumplirlo?

Porque esta es la pregunta para Israel, es una pregunta teológica, a todos nos disgusta el sufrimiento; pero, para Israel, es una cuestión que afecta a Dios: Dios ha prometido algo que no se cumple realmente en la historia. Entonces ¿qué pasa?, ¿lo hemos entendido mal? Empieza un periodo, para Israel, de reflexión, a partir del cual intentan justificar a Dios ante esta vida de triunfo de la injusticia. La primera resolución, que se les ocurre a Israel, la hemos oído, la conocemos todos, es esta: cuando el Señor promete que al justo le espera larga vida, pero este justo ha muerto prematuramente, si realmente era justo, entonces es que habrá sido castigado por el pecado de sus padres. Esta sentencia la escuchamos en el Antiguo Testamento: «Dios castiga el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación».

Claro, oímos esto en el Antiguo Testamento y decimos: Pero ¿este Dios es justo? Esta es una respuesta de Israel, que tiene que enfrentarse a un problema: “este que ha muerto era justo; así que, entonces, habrá sido castigado por el pecado de sus padres”. Primera respuesta, primer intento de Israel que el propio Dios desmentirá con los Profetas en adelante, para que ya no se dijera más: “nosotros sufrimos, nuestros padres comieron los agraces y nosotros sufrimos la dentera”. No, sino que cada cual dará cuenta ante Dios de sus propias obras. Es un intento de respuesta humano que Dios, a través de los Profetas, declara vacío.

2. El sufrimiento de Job

Pero entonces, el sufrimiento, ¿cómo se explica? El código de la alianza queda en cierto modo deslegitimando. Y la gran pregunta, el gran libro, es el libro de Job. En el libro de Job, si ustedes lo leen, se darán cuenta de que hay dos primeros capítulos escritos en prosa, y luego el resto del libro está escrito en verso. Son dos libros, en realidad, que se han encuadernado juntos: un libro antiguo, del siglo séptimo, en el que el sufrimiento de Job es una prueba. Satanás le dice a Dios: “Sí, sí, tu siervo Job es muy bueno porque le tratas bien; pero trátale mal y verás como te maldice”. Entonces Dios acepta la apuesta con Satanás, eso es el capítulo 2. Pero Dios le quita a Job todo lo que tiene y Job sigue bendiciendo al Señor: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, alabado sea el nombre del Señor”, es decir, ahí todavía estamos en el pensamiento antiguo tradicional: el sufrimiento es una prueba; pero, en cuanto Job muestra su justicia, Dios le devuelve todos los bienes.

El problema del libro de Job empieza en el capítulo 3: es un libro escrito por el pueblo de Israel durante el exilio en Babilonia. Para Israel, el destierro en Babilonia es un drama real, porque hicieron intentos de conversión antes de la entrada de Nabucodonosor, hubo intentos de reforma. Muchos de los que vivían en Babilonia no habían nacido cuando sufrieron el exilio; por tanto, estos se consideraban en cierto modo sin pecado. El libro de Job es un duelo entre el pueblo de Israel y Dios. Está personificado en un personaje literario, no histórico; Job es un personaje literario, y además es pagano, no es israelita. Es como un recurso que utiliza Israel para poder decirle a Dios lo que piensa de su situación.

Porque Job ¿qué viene a decir? Pues justo esto: que la alianza no se cumple. Él ha sido justo, él ha cumplido este y este y este y este precepto de la ley, que en la ley va seguido de una promesa de bendiciones, y Dios lo está maldiciendo justo con los castigos destinados a los pecados contrarios a las buenas acciones de Job. Es decir, Job, lo que dice, es: “yo he cumplido la ley, Tú habías prometido bendiciones, pero me estás maldiciendo”, y el libro de Job es un alegato continuo contra la aparente injusticia de Dios: o Dios no tiene poder para cumplir su voluntad; o Dios se complace más en los impíos, por eso se enriquecen; o Dios ha caído en la oscuridad, a Dios le pasa algo.

El libro de Job, si ustedes lo leen, es Job presentando el problema en toda su crudeza: “Yo no he pecado, y Dios me está maldiciendo”. Los amigos de Job le dicen: “No, no, reconoce que, si Dios te maldice, es porque has pecado” (la tesis tradicional). Pero Job insiste: “No mentiré, ni siquiera para defender a Dios”. Al final, Dios habla, y lo primero que dice es: “Aquí, el único que ha hablado bien de mí ha sido mi siervo Job, porque ha dicho la verdad, porque es verdad: Job tiene razón; Job tiene razón en su queja; porque, según la alianza, merecería bendiciones, pero Yo no le estoy dando bendiciones. Por tanto, Job tiene razón”.

Pero Dios no responde; en el fondo, no responde. Lo que dice es, primero, a través de tres discursos larguísimos, mostrar que Job no sabe de lo que habla, es decir, que los caminos de Dios son misteriosos. Pero Job tiene la experiencia, a través del sufrimiento, de haber visto a Dios. Dios, al final, responde; y, aunque no le da respuesta a la pregunta, Job reconoce que el sufrimiento le ha hecho humilde: “he hablado de cosas que no conozco”; que, al final, Dios ha respondido: “ahora te han visto mis ojos”. Y, en el libro de Job, alumbra una esperanza, pero no definida. El libro de Job deja abierta esta cuestión, y esto es la pedagogía de Dios: la alianza era solo un momento en la revelación de la relación del hombre con Dios. Porque Dios permanece libre, si Dios puede perdonar al pecador, y darle bienes, ¿por qué no puede maldecir al justo? Esto es, en cierto modo, el libro de Job: Dios es libre para perdonar al pecador; por tanto, es libre también para maldecir a Job, aunque Job sea justo.

Pero esto ¿qué sentido tiene? No lo tiene en la lógica del Antiguo Testamento, no lo tiene. Por eso son muchos los exegetas y teólogos que dicen que Job, en el fondo, es uno de los libros más adelantados del Antiguo Testamento, porque tiene la capacidad de denunciar un sistema que era solo un momento en la pedagogía de Dios: que Dios premie a los buenos y castigue a los malos en esta tierra era un modo de decir a Israel que hay que practicar la justicia y el bien, y que hay que evitar el pecado. Pero los bienes y males no se reparten en este mundo conforme a la bondad y la justicia, es posible que el inocente sea maldecido. Pero esto es figura de Jesucristo: Job anticipa, en cierto modo, y prefigura al único inocente, que es el Señor, que sufre la maldición de todos: el Señor, que, en la Pasión y en la Muerte, experimenta la maldición del pecado.

3. El sufrimiento del Señor

¿El pago de una deuda?
Pero esto hay que entenderlo bien; porque el tema del sufrimiento del Señor, en su Pasión y en su Muerte, ¿qué nos dice acerca de la relación de Dios -y digo Dios Trinidad-, con el sufrimiento del mundo? Aquí es donde yo creo que tenemos un nudo que tenemos que desatar. Porque nuestra fe, con toda claridad, dice que el Señor sufrió por nuestros pecados, retomando el cuarto canto del siervo de Yahveh, del Profeta Isaías, y que Él sufre por el pecado de todos. Y, por tanto, Él es el inocente que carga sobre sí la maldición de nuestros pecados. Cuando la Tradición de la Iglesia ha intentado explicar este misterio, hemos entrado en esta afirmación que es neotestamentaria, pero que hay que interpretar bien: nosotros decimos que la Pasión y la Muerte del Señor es mandato divino, Jesús lo dice: “Era necesario que el Mesías padeciera todo esto”.

Eso equivale a: “Tengo el mandato de entregarme”. Y, por tanto, podemos decir que la voluntad del Padre es que el Hijo pase por la Pasión y la Muerte como voluntad de Dios para salvarnos a nosotros. Esto nos pone ante un panorama que, por un lado, habla del amor y de la misericordia de Dios con nosotros; pero parece que este Dios Padre, que es misericordioso con nosotros, se vuelve del todo inclemente con Su propio Hijo. Aquí el problema es el siguiente: ¿es el sufrimiento el pago de una deuda que tenemos con Dios, como consecuencia de nuestros pecados? Todos tenemos el esquema claro: Dios crea el mundo inocente; el hombre peca; por el pecado entra en el mundo la muerte, como castigo del pecado, de modo que la muerte es castigo del pecado; todos nosotros, castigados, somos herederos de la muerte. Pero Dios está dispuesto a rescatarnos de la muerte si pagamos la deuda contraída con Él.

Este esquema es verdadero, pero todo depende de cómo lo entendamos. Nos mete en un problema que no tiene solución; y, al final, terminamos pensando que Dios es muy bueno con nosotros, pero cruel con su Hijo; o intentamos resolver el problema, porque sabemos que Dios no es así. Pero ¿cómo lo explicamos?: Primero, está el tema del pago de una deuda. Esta idea del pago de una deuda se debe a San Pablo, pero porque fue malentendida: Si nos atenemos a los evangelios, y a los primeros testimonios de los santos Padres, cuando hablan de la Redención y de la finalidad de la Encarnación, lo que se pone por delante es que Jesús vino a luchar por nosotros. Pensemos en el tiempo de Pascua: todos los himnos que cantamos hablan de victoria, de una victoria sobre la muerte. El Señor dice: “Yo he vencido al mundo”. El primer gesto público de Jesús es las tentaciones en el desierto, donde es retirado al desierto, empujado al desierto, para ser tentado.

O sea, que, la primera manifestación pública de Jesús, después del Jordán, es el combate con Satanás. San Ireneo dice muy bien que la finalidad de la Encarnación es que el Señor ha venido a luchar por nosotros, es el esquema del combate. El hombre -lo decimos así a partir del Nuevo Testamento-, fue derrotado en el jardín, donde Adán fue derrotado bajo la sombra de un árbol, fue vencido por Satanás. A partir de entonces, todos los hombres estábamos vencidos por el poder de Satanás, y Jesús viene ¿a qué?: a entrar en nuestro combate, a luchar por nosotros, a luchar con nosotros. Por eso tenía que ser hombre -dice San Ireneo-, para poder luchar como hombre y vencer como hombre.

O sea, que la Redención es fundamentalmente un combate y una victoria; el Señor ha venido a combatir por nosotros, a vencer el pecado, a vencer sobre la muerte, a vencer a Satanás, un combate en el que Jesús vence ¿Por qué? ¿Cuál es la última y la más profunda razón de la victoria de Jesús sobre la muerte, el sufrimiento y el pecado?: El amor y la obediencia, que le llevan a no pecar nunca. Jesús vence porque no peca nunca. Satanás es derrotado porque no puede con Él, porque Jesús vive todo el tiempo como Hijo que obedece y ama al Padre y a sus hermanos.

La victoria de Jesús es que es conducido a la muerte y no peca, sigue siendo justo, el pecado no ha podido con Él, Satanás no ha podido con Él, es una victoria. Dice San Pablo que, en ese combate, el Señor pagó con su vida, Cristo pagó con su sangre, hemos sido rescatados al precio de la sangre de Cristo. Eso que dice San Pablo ¿qué quiere decir? Quiere decir que vencer, a Jesús, le costó la vida. Es como si yo digo “me he comprado el coche de mis sueños y me ha costado un ojo de la cara”. Se trata de una metáfora, porque nadie se imagina que me he quitado un ojo para pagar el coche. Cristo no pagó nada a nadie, no hay una deuda. Esto es crucial: Cristo venció, pero en ese combate terminó muriendo, el combate le llevó a la muerte.

Cristo murió, pero murió venciendo porque murió sin murmurar, sin pecar, sin separarse de Dios, unido a nosotros. De modo que la Redención es participar en este combate. Por tanto, Dios no pide el pago de la muerte para perdonarnos el pecado; la misión del hijo es luchar, venir a luchar, y es llevado a la muerte por el poder maligno del mundo, que se ceba sobre Él y lo lleva a la muerte cruenta. El destino de la Encarnación no podía ser otra cosa: es el cordero inocente que viene a enfrentarse a los lobos.

Cuando Jesús dice “todo esto tenía que pasar” es porque Él viene, como inocente, a cargar sobre Sí todo el mal de este mundo, a enfrentarse al odio, a la envidia, y a someterse al poder del pecado, que lo lleva a la muerte sin pecar Él, y que carga sobre sí mismo. Por tanto, la muerte de Jesús no es el pago de una deuda, es la consecuencia de su amor y de su obediencia filial, que emprende un combate que le lleva hasta la muerte. Pero no es un pago: Dios no exige la muerte; Dios, lo que lo que reclama de nosotros, la única deuda que tenemos con Él, es la obediencia y el amor. Esa es la deuda de Adán, no la muerte. La muerte del Hijo no es exigida por el Padre. Lo que el Padre espera es que el Hijo luche en el amor y la obediencia.

Todo Dios Trinidad está en la cruz
La segunda cosa que tenemos que tener en cuenta, cuando pensamos en la muerte de Jesús en la cruz, es que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, y eso quiere decir que las divinas Personas son inseparables, donde está el Padre está el Hijo y está el Espíritu Santo, donde está el Hijo está el Padre. Por tanto, no podemos imaginar que el Hijo está en la cruz sufriendo, abandonado por el Padre, y el Padre está impasible en su trono del Cielo, no. La Pasión y Muerte de Jesús todo es obra de La Trinidad, es decir, donde está el Hijo está el Padre. El único que está clavado en la cruz es el Hijo, pero en la cruz están también el Padre y el Espíritu Santo, la Pasión del Hijo es la Compasión del Padre y la Compasión del Espíritu Santo.

A veces, el misterio de la cruz nos habla del amor de Dios, pero de un sacrificio, exigido por Dios, que es la muerte del hijo. No, no es eso lo que dice la Tradición. La consecuencia de la misión del hijo es ciertamente entregarse hasta la muerte, y Jesús muere porque Dios mismo carga con la muerte para redimirnos de la muerte. La Trinidad carga con la muerte, es la Trinidad entera la que elige hacerse víctima, víctima del mal de este mundo: Padre, Hijo y Espíritu Santo en el Hijo que se hace hombre, en el Hijo que muere en la cruz. Pero es el Amor de Dios que entra, él mismo, en el sufrimiento del mundo y en la muerte, para rescatarnos de la muerte.

Por tanto, en la Pasión de Jesús, también vemos que Dios no quiere la muerte, Dios no quiere el mal y la muerte; pero la muerte es consecuencia de someterse realmente al pecado y al odio del mundo, y de vencer haciendo que ese odio y ese pecado sean superados y vencidos por el amor de Jesús. Pero nunca pensemos que Jesús, en la cruz, está separado del Padre y del Espíritu Santo. Digamos que, en el Plan de la Salvación, todo el sufrimiento, que nos ha venido como consecuencia de la separación de Dios, del pecado, de la muerte y de todo lo que anticipa la muerte, Dios lo ha cargado sobre sí mismo en el Hijo. Lo que eso nos dice de Dios, por tanto, es que no es indiferente a nuestros males; que, aunque permanezca callado, como en el caso de la cruz, está Él mismo sometido, en el Hijo, al misterio de la muerte y del sufrimiento; y que el Señor, que ha querido ser en todo semejante a nosotros, para ser en todo como , viene a mostrarnos que Dios no es nunca cómplice del mal, que Dios nunca obra el mal, que Dios no castiga con el mal, sino que ha venido a quitarle al mal, al sufrimiento, todo su poder, cargándolo sobre sí y destruyéndolo en sí mismo, en su amor.

De modo que la Pasión es este misterio incomprensible de Dios mismo que decide cargar sobre sí el pecado del mundo, y cargar sobre sí los males que son consecuencia del pecado. Así que ni el Antiguo Testamento ni el Nuevo justifican la idea de un Dios que castiga a los hombres con el sufrimiento. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta, que viva, ni Dios quiere que el justo sufra. Esa es una expresión del Antiguo Testamento que nos puede bloquear, porque lo que se ha mostrado en Jesús es que Jesús se niega a hacer milagros de castigo: Se lo piden los Apóstoles, y Él les dice: “No sabéis de qué espíritu sois”. Por tanto, en este recorrido, el mal no es voluntad positiva de Dios. Dios no hace nunca el mal, Dios no castiga con el mal físico ni con la muerte, todo eso es enemigo de Dios porque el mundo que Dios quiso no era así y, por tanto, este sufrimiento que nos invade es enemigo de Dios. Y, si Dios trabaja, es para reducir este mal, para vencer el mal y para quitarle todo el poder maléfico que tiene.

De modo que nada de lo que vemos en el Antiguo Testamento, bien interpretado; ni, desde luego, nada de lo que vemos en la vida de Jesús, justifica que pensemos que Dios, en algún momento, quiere el mal, porque nunca lo quiere. Otra cosa es que lo permita, ese es un segundo problema distinto, que ya tiene que ver con la Providencia.

4. La Providencia de Dios ante el sufrimiento

Sin embargo, ella no echa a correr, o sea, ella ha podido impedir que el niño caiga por el precipicio, pero no lo ha impedido.

El mal moral
Evidentemente, no tenemos una respuesta al misterio de la Providencia divina que satisfaga todas nuestras dudas, que nos dé razón exacta de todo, porque permanece siendo un misterio. Porque, ciertamente, si Dios es poderoso y Dios nos ama, entonces ¿por qué no interviene? Pero el asunto es el siguiente: Primero, respecto al mal moral, a los males que suceden como consecuencia del pecado, de nuestros pecados y de los pecados de los demás, es evidente que Dios tolera nuestra libertad. Dios nos ha creado libres en lo que concierne al mal moral. Dios respeta nuestra libertad porque forma parte de la dignidad de la que nos ha dotado. Y, desde luego, cabe preguntarse que, si Dios empieza a quitarnos la libertad, para que no pequemos,  ¿por qué lo haría Él solo unas veces y no todas? Y, si lo hiciera todas las veces, ¿en qué quedaría nuestra libertad? Si Dios detiene mi mano antes de que yo peque, ¿por qué no la del otro y la del otro? Y, al final, este mundo sería una casita de muñecas, pero este no es el drama del mundo. Dios permite nuestra libertad porque no interviene continuamente para quitarnos nuestra libertad respecto al mal moral. Dios nos ha creado libres y somos nosotros, los hombres, los que creamos el mal o cooperamos con el mal.

El mal físico
Un segundo aspecto es lo relativo al mal físico. Esto es probablemente lo más difícil. Pero, en una respuesta breve, podemos decir que Dios creó un mundo bueno, pero no perfecto, la clave está en entender esto: un mundo perfecto sería un mundo acabado; y, si fuera un mundo acabado, ya no habría muertes, pero tampoco habría nacimientos, el paisaje sería siempre el mismo. Porque el ciclo de la vida, el ciclo del universo, es un ciclo de muerte, destrucción y vida; un mundo no perfecto es un mundo que está en camino hacia la perfección; que está, por tanto, en evolución; que está, por tanto, en crecimiento. Si no hubiera muertes, no nacerían nuevos seres. Por tanto, este mundo no perfecto lleva en sí mismo las señales de la imperfección, el mundo contingente.

Nosotros no somos Dios. Él no puede pecar, nosotros sí. Podemos pecar porque no somos dioses. Y, en este mundo no perfecto, los accidentes pertenecen también a la lógica de la evolución del mundo. Un mundo no perfecto es un mundo en el que las criaturas pueden fallar. Habla Santo Tomás de Aquino de un mundo falible, que es debido a la imperfección del mundo. Pero la pregunta es esta: Si Dios hubiese creado un mundo perfecto, ¿estaríamos aquí? Porque habrían bastado los primeros hombres que lo poblasen. Un mundo perfecto impide el crecimiento y el progreso. De modo que las leyes que rigen la creación y la naturaleza son leyes que, de un modo misterioso, evocan este proceso de destrucción y reconstrucción: Muchos de los grandes paisajes que hoy admiramos son fruto de una erupción volcánica que arrasó todo aquel territorio para hacerlo luego más bello.

Dios tolera el mal por un bien mayor
Dios, por tanto, permite los males. No es que los permita porque no le importen; sino, simplemente, porque permanece custodiando la creación, pero respetándola. Ese es el modo ordinario de actuar de Dios, respetando sus leyes y respetando nuestra libertad. Ahora bien, con los males que suceden a consecuencia de esto, la Providencia lo que hace es velar para que el mal no supere nunca al bien. Para evitar los males, Dios puede evitar un mal con un milagro; pero eso solo si ese mal evitado sirve para revelación de su gloria; no sin más por compasión. Porque, si tiene compasión de éste, ¿por qué no de este otro? De modo que las cosas suceden como consecuencia de la libertad nuestra y de la -llamémosla así-, “libertad” de las criaturas, que pueden funcionar de un modo o de otro, y Dios conserva la creación y respeta ordinariamente la dinámica de su funcionamiento. La Providencia, por tanto, no está tanto en evitar los males, sino en impedir que el mal venza el bien.

Cuando hablamos de la Providencia, hablamos del gobierno de Dios, del cuidado que Dios tiene sobre el mundo, para que las criaturas alcancen el fin para el que han sido creadas. Y esto es muy importante de entender: Que la Providencia de Dios no es sobre los medios, sino sobre los fines. Vayamos a lo concreto: Dios quiere que yo me salve, porque Él quiere que todos los hombres se salven. Por tanto, Dios quiere que yo me salve y, de algún modo, gobierna mi vida para que yo me salve. En cuanto a los medios a través de los cuales yo puedo alcanzar la salvación, en eso Dios respeta mi libertad y se acomoda a mi libertad, se acomoda a mi respuesta, y la Providencia va conduciendo a todos y a cada uno de los seres humanos a fin de que alcancen su fin por los caminos que libremente eligen.

La Providencia de Dios no es que Dios haya dispuesto un único camino para mí, en el sentido de que, si yo no elijo esto, ya me aparto del camino. El camino del hombre se juega en una relación de libertad entre Dios y el hombre, y yo puedo torcer el camino previsto por Dios. Pero eso a Dios le importa menos, porque lo que le importa es que llegue a la Vida eterna. Entonces, la Providencia de Dios no actúa digamos teledirigiendo todos nuestros pasos, sino velando por nosotros para que los hombres alcancemos la Vida eterna respetando nuestra libertad. Por tanto, hay muchos elementos intermedios que son queridos por Dios, pero no los quiere como necesarios y, por tanto, nos deja a nuestra libertad porque Él nos cuida para que lleguemos hasta el final, pero no ha llenado nuestra vida de acontecimientos que tienen que ser así, así, así, y así, no.

Dios nos acompaña a través de mociones interiores, sobre mí y sobre los que me rodean, para que yo vaya siguiendo el camino que me conduce a la salvación. Pero muchas de las cosas que en mi vida han pasado, Dios las ha dejado a mi libertad. Entonces, no entendamos nunca la Providencia divina como un camino único que tengo y que, si me alejo de él, ya me pierdo; sino como el gobierno que Dios tiene, el cuidado que Dios tiene del mundo; para que, nos pase lo que nos pase, podamos llegar a la salvación. Y, en ese sentido, Él dispone también que el mal que obramos o el mal que sufrimos pueda servir para nuestra salvación. Pero el mal puede venir como llegó el virus del COVID, por un error humano (si lo hubo), por una intencionalidad (si la hubo) o porque los virus, que son cadenas de ARN, se replicaron mal en un fallo azaroso de esa criatura.

Dios no crea el virus, pero respeta el funcionamiento de la creación. Lo que nos dice la fe, con toda certeza, es que Dios no permite nunca un mal absoluto, del que no pueda sacar un bien mayor, esto es lo que la Tradición ha dicho siempre. Pero Dios acompaña respetuosamente la libertad de las cosas creadas, interviene cuando cree que tiene que intervenir, pero el camino es que el mal sea vencido por un bien mayor. De modo que Dios no produce el mal, pero provee para que podamos vivir todo aquello que para nosotros es un mal, y se convierte en sufrimiento, de un modo que produzca un bien mayor. En el gobierno de la historia, Dios provee que determinados acontecimientos tienen que suceder, y entonces se las apaña para que sucedan respetando siempre la libertad: Este es el caso de la Encarnación, del nacimiento de la Virgen María, del sí de la Virgen María, es decir, Dios -dice la tradición de la Iglesia-, provee que, en la historia de la Salvación, determinados acontecimientos son necesarios, y Dios consigue, multiplicando causas, respetando la libertad de todos, que eso suceda

Para el resto de los acontecimientos, Dios está paternalmente atento, para que los males que suceden -como consecuencia del desorden de la creación, debido al pecado-, no sean mayores que el bien que podemos sacar de ello; que la Providencia, en cierto modo, actúa también a través de nosotros: Cuando vemos a alguien sufrir, la Providencia de Dios actúa en él interior de la mente, para que esa persona pueda vivir ese sufrimiento de un modo tal que de ahí salga un bien mayor interior. Pero también a través nuestro, porque el sentido del sufrimiento de los otros, el ayudar al que sufre, el sanarlo si es posible, el acompañarlo para que ese sufrimiento se convierta para él en un bien, también depende de nosotros.

Insisto en que la idea no es que Dios sea indiferente al mal, ni que Dios envíe los males, ni que Dios cree los males; y, desde luego, Dios no castiga con enfermedades, ni mucho menos con la muerte: Unos buenos padres castigan a sus hijos para corregirlos, pero no los castigan con enfermedades, no los castigan rompiéndoles una pierna. Si lo hicieran así, desde luego que eso no sería un castigo, el castigo es siempre medicinal: Dios puede inducirnos a un estado de apatía para que respondamos, es decir, ya en el Antiguo Testamento se ve que los castigos de Dios son medicinales, son para corrección. Pero un mal físico y un mal como la muerte no es castigo de Dios. Cuando nosotros decimos que Dios castiga el pecado, el pecado ya lleva en sí mismo su castigo, es decir, si yo me tiro de una ventana, y me rompo las piernas, no puedo culpar a Dios de que me ha castigado rompiéndome las piernas por haberme tirado por la ventana. El pecado lleva consigo una pena, no es un castigo añadido por Dios, como si Él dijera: “Además de pecar, ahora te castigo y hago que tengas un cáncer”, no, no. El discurso de la Providencia es que Dios trabaja por el bien, siempre en favor del bien, siempre en favor de nuestro bien; y, por tanto, en favor de que, ante todo lo que sucede, podamos, con su gracia, obtener un bien mayor para nosotros.

Siempre será un misterio qué bien mayor se puede sacar de una guerra como la de Ucrania, o de algo así como lo que sucedió en la Segunda Guerra Mundial. Por eso digo que no hay ninguna respuesta que nos satisfaga del todo. Pero, lo que la fe nos induce a creer, es esto: Dios no es autor del mal, no se complace en el mal, cuando permite el mal es simplemente porque respeta el orden de la creación; pero nos acompaña para que ese mal pueda ser vencido con un bien mayor. Porque Él no es indiferente, no es un Dios impasible en el sentido estricto. En la cruz, se muestra que no es un Dios indiferente a nuestro mal, sino que interviene en nuestra vida para que el mal sea vencido con un bien mayor, y para que todo lo que sucede pueda ser, para nosotros y para el mundo, ocasión de un bien más pleno.

5. Conclusión

De modo que no se trata tanto de liberar a Dios de la responsabilidad sobre el mal; porque -insisto-, esto sigue siendo misterioso; sino de dejar claro que el mal que nos asola, Dios quiere vencerlo, quiere sanarlo, y en eso tiene el poder que Él tiene en nuestra vida interior y el poder que tiene a través nuestro, porque lo principal es que Dios actúa por medio de sus criaturas. La Providencia de Dios, ordinariamente, se ejerce a través nuestro. De modo que, cuando vemos a alguien sufrir, la pregunta no es “¿qué habrá hecho esa persona para que Dios le castigue?”. Esa forma de pensar está metida en los tuétanos de muchos: Yo confieso a muchas religiosas en Madrid, en una comunidad en la que muchas monjitas son ya muy mayores. Y, hasta monjas que han vivido muy bien su vida religiosa, llegan a la ancianidad y, de repente, se ven impedidas, o en silla de ruedas, y les sale de dentro: “¿Qué habré hecho yo para que Dios me castigue así?”. Y digo yo que una mujer así, en este punto, no ha recibido el Evangelio, no conoce a Dios, porque Dios no hace eso, ¿qué padre hace eso?

Una enfermedad sucede, viene, pero Dios no se complace en la enfermedad. Esta frase: “Dios se complace en el sufrimiento del justo”, la hemos escuchado muchas veces ¿Qué quiere decir?, ¿que Dios se complace en que el justo sufra? No, ni siquiera el Padre se complace en el sufrimiento del Hijo en la cruz porque sufre con Él, sino que Dios se complace en cómo sufre el justo: Dios se complace cuando el justo sufre con fe, con esperanza, o cuando uno se somete al sufrimiento por los demás; pero nunca pensemos que el sufrimiento complace a Dios; el sufrimiento, en sí mismo, no; porque Dios no lo ha querido. En la creación de Dios no estaba previsto el mal ni el sufrimiento, son obra nuestra. Y, desde luego, no asociemos inmediatamente -como tendían a hacer los apóstoles-, una enfermedad con un pecado.

En el largo plano de la historia de la Salvación, sí podemos decir que la muerte y el sufrimiento han entrado por el pecado; pero no que determinado sufrimiento responde a determinado pecado. Porque Jesús no tiene esa lógica, su lógica es otra. Quienes sufren, no sabemos por qué sufren. Pero sabemos que Dios está procurando reducir ese mal, para que ese mal sirva para un bien mayor. Y Dios nos está llamando, en su Providencia, a remediar ese mal en la medida de nuestras fuerzas, a luchar contra el mal, esa es la misión de la Iglesia; y a hacer que las cosas tengan sentido.

Texto extraído del blog de Jorge Megías

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