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«Dios me da unos faros con los que veo diez metros. Pero, cuando miro atrás, he avanzado kilómetros»

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(CL.Religión en Libertad) Véronique llegó a Estados Unidos con 23 años para hacer un postgrado tras dos años de una vida universitaria en Francia que ella misma define como “bastante extrema“, si la medimos “en términos de la cantidad de alcohol que bebía y de las conquistas amorosas“. Su intención al otro lado del Atlántico era “seguir por ese mismo camino”.

Pero en el extranjero no son las cosas como cuando uno está en casa, confiesa: “Nada salió como yo había previsto. Enseguida me enfrenté a mis límites humanos. Me levantaba cada mañana con ganas de llorar y con un vacío en el pecho que me pesaba todo el día. ¡Mi estancia había empezado mal!”

En el campus norteamericano conoció a un grupo de jóvenes cristianos: “Parecían simpáticos y -¡algo que no estaba nada mal para una estudiante sin un dolar como yo!- ofrecían en sus reuniones comida riquísima”. Así que compartía tiempo con ellos y la ayudaron mucho.

Un día le propusieron acompañarles a pasar un fin de semana en un gran hotel donde se juntarían ochocientas personas para rezar.

Aceptó, y al llegar allí descubrió que “todo el mundo estaba alegre: cantaban, parecían en el séptimo cielo. Y yo desde luego no estaba en el séptimo cielo, me seguía sintiendo bastante triste. Era insoportable”.

Primera interpelación

Ahora bien, “como todo el mundo estaba allí por Dios”, explica a Découvrir Dieu, ella decidió dirigirse también a Dios para exponerle su caso: “Me puse de rodillas y lloré, lloré, lloré, lloré, lloré todas las lágrimas posibles, un manantial que no cesaba. Aquello era algo que me superaba”.

Lo mejor de todo es que al final se dio cuenta de que “no eran lágrimas de tristeza, sino lágrimas de emoción, incluso lágrimas de alegría“. Era la primera vez que Véronique interpelaba a Dios, y ésa su primera respuesta.

Segunda interpelación

Meses más tarde, volvió a Francia y enseguida encontró un grupo de jóvenes cristianos al que unirse. Y en uno de ellos, a uno “muy guapo” que llamó su atención: “Yo no quería que fuese una conquista más, una historia de esas que no avanzan. Volví a dirigirme a Dios y le pedí: ‘Me gustaría casarme, y si es posible, ¡con él!’”.

“Me sentía muy alterada”, reconoce: “Tenía muchas ganas de tener novio, pero también mucho miedo”. ¿Cómo respondería Dios a esta segunda interpelación?

Lo cuenta ella misma: “Empezamos a conocernos y a salir, y cuanto más tomaba forma la idea del matrimonio, más nerviosa interiormente me encontraba. Cédric y yo decidimos pasar un fin de semana en un monasterio para hablar de todo ello tranquilamente y rezar juntos. Al concluir la estancia, me di cuenta de que ya no sentía temor. Había llegado muerta de miedo y salía serena, dispuesta a dar el paso”.

Así que se comprometieron, anunciaron la buena nueva a familiares y amigos y unos meses después se casaron.

Tercera interpelación

“Muy pronto, el miedo a ser madre me invadió”, prosigue Véronique: “Era incontenible. Habiendo aprendido de mi experiencia, empecé a confiarle a Dios esta dificultad todos los días en la oración. Poco a poco, semana a semana, eso me fue quitando poco a poco el miedo”.

El temor se convirtió en unas “ganas enormes” de tener hijos, que al final se concretaron: “Tuvimos una hija y me di cuenta de que yo estaba hecha para ser madre. Comprendí que yo siempre tenía miedo de cualquier cosa que pudiese hacerme realmente feliz“.

Los faros de Dios

Tres momentos, pues, en los que Dios escuchó a Véronique cuando ella se dirigió a Él con la confianza de ser escuchada. Pero lo más interesante de su testimonio es su reflexión sobre la forma en la que Dios le responde: “Es como si  Dios me diese unos faros delanteros que me permiten ver unos pocos pasos por delante, para que pueda avanzar. No sé muy bien adónde voy, pero sí sé donde dar mis próximos pasos. Y así avanzo diez metros, poco a poco. Y cuando, al cabo de un tiempo, miro atrás y hago balance, me doy cuenta de que he avanzado kilómetros“.

Y todo, “gracias a ese Dios al que periódicamente le grito. Creo que a Él le gusta que le gritemos, que le interpelemos. Voy a seguir haciéndolo. ¡Y, por cierto, le doy las gracias, porque mi vida va muy bien ahora!”

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