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Cap 15. La revuelta de los macabeos

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Os presentamos un programa más de ‘Conociendo las Escrituras’ con Beatriz Ozores. En este programa hablaremos sobre La revuelta de los macabeos. El dominio persa fue bueno para el resto fiel de Israel. Los persas animaron a las poblaciones locales a conservar sus propias costumbres. Como ya vimos, incluso sus reyes dieron generosas ayudas para el Templo de Jerusalén. Los judíos, en el resto del imperio, también prosperaron. Los que eran comerciantes se asentaron en todos aquellos lugares donde llegaron los persas. Por su parte, los reyes de Persia apreciaron mucho a sus consejeros judíos.

Pero el imperio persa no podía durar por siempre. Tuvo un final rápido y catastrófico. En Grecia unas cuantas ciudades se habían enriquecido gracias al comercio por el Mediterráneo. La cultura griega también había florecido: poetas, filósofos, escultores y escritores crearon piezas maestras de arte y literatura, que aún perduran como obras ejemplares. Y aunque las ciudades griegas continuamente luchaban entre sí, consiguieron ponerse de acuerdo a tiempo y evitar que el imperio persa se extendiera hacia el oeste. Finalmente, Filipo de Macedonia se hizo con el control de la mayor parte de Grecia mediante una combinación de guerras, diplomacia y engaños. Fue un logro espectacular, teniendo en cuenta el afán de independencia de las ciudades griegas.

Pero el hijo de Filipo, Alejandro, tenía planes más ambiciosos. De modo fulminante conquistó Egipto y todo el imperio persa. Llegó hasta la India, el límite del mundo conocido, y también la conquistó. Según una antigua tradición, tras conseguirlo se derrumbó y lloró porque no había más mundos que conquistar. El mundo se “helenizó” de la noche a la mañana (los griegos se llamaban a sí mismos helenos, por lo que la civilización posterior a Alejandro es conocida por los historiadores como civilización “helenística”). El griego se convirtió en todas partes en la lengua del comercio. Las ideas griegas sobre el arte cambiaron definitivamente la escultura y la pintura, incluso en lugares tan lejanos como la India. En todo el Mediterráneo oriental surgieron templos y bibliotecas griegas. Todo aquel que quería estar al día comenzó a vestir y a comportarse a la manera griega.

Alejandro murió muy joven sin dejar sucesor. Tras muchas guerras civiles su imperio se dividió en tres partes: un soberano se quedó con Grecia, otro con Egipto y el otro con el territorio del viejo imperio persa.
Los gobernantes griegos de Egipto fueron los Ptolomeos, siendo Cleopatra la última y más famosa de esa dinastía. Los Seléucidas gobernaron el antiguo imperio persa incluyendo Siria. Como siempre, Palestina quedó en medio. Al principio perteneció a los Ptolomeos, pero después la conquistaron los Seléucidas. Tal como había ocurrido con Babilonia y Egipto (y antes con Asiria y Egipto), había facciones en Jerusalén que apoyaban a una de las dos potencias. Tampoco faltaba gente que se conside- raba suficientemente inteligente como para intentar enfrentar entre sí a los dos imperios. Existía además una facción “helenista”, especialmente entre los ricos y poderosos, que se sentían atraídos por la civiliza- ción griega y a quienes no les importaba si en ella se daba culto a dioses falsos.

Los judíos fieles se sentían profundamente ofendidos cuando veían a jóvenes llevando sombreros griegos y acudiendo a fiestas helénicas. Pero hasta el reinado del rey seléucida Antíoco IV, los judíos que lo deseaban podían adorar en paz al Dios verdadero. Antíoco IV se hacía llamar a sí mismo Epífanes (que traducido del griego significa “Dios se manifiesta”). Tenía una opinión de sí mismo mejor que la que tenían de él muchos de sus súbditos. Éstos le llamaban Epimanes (que traducido del griego significa “fuera de su mente”). Estaba lo suficientemente loco para pensar que era un dios y era lo suficientemente cruel para no permitir que nadie hablara mal de él en su presencia. Incluso sus más fieles cortesanos se sentían profundamente avergonzados por su conducta. No podían soportar ver al rey del imperio más grande del mundo presentándose en el escenario de un teatro público para bailar danzas lascivas. La mayor ambición de Antíoco era que todo su gran imperio fuera griego. La cultura griega —y su religión— debía implantarse en todas las provincias. Las costumbres locales debían dar paso a un estado uniforme- mente helenizado.

Bajo el gobierno de Antíoco, el sumo sacerdote judío era también el que desempeñaba el poder secular. Era un puesto que entrañaba mucho poder y Antíoco lo vendió al mejor postor sin tener en cuenta sus cualidades. El que ganó ofreció a Antíoco 440 talentos de plata. Eran, literalmente, toneladas de dinero (alrededor de dieciséis toneladas, para ser más precisos). Cuando el sumo sacerdocio quedó en manos de los ricos helenistas, los jóvenes de las mejores familias adoptaron las costumbres griegas y se olvidaron de la ley de Moisés. Incluso los sacerdotes se unieron a la diversión, dejando sus tareas para poder ir a la palestra y ver los combates1. El propio sumo sacerdote utilizó parte de los ingresos del Templo para comprar sacrificios en honor de Hércules.

 

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