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Haz sonar las campanas de tu iglesia a las 12:00: Salgamos y recemos juntos el Angelus

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Estamos viviendo tiempos convulsos pero también debemos pararnos para ver qué estamos dejando de lado en todos estos días. Bien es verdad que cada día salimos al balcón a aplaudir a todos los sanitarios que están trabajando a diario para que las personas que están enfermas puedan salir adelante. Pero en estos días, ¿qué hay de tu relación con Dios, estás dedicando tiempo a la oración y a pedir por todas estas personas?

Pensamos que por estar en casa sin salir no podemos hacer nada por los demás, cuando hay mucho por hacer. Quizás no estás dedicando el tiempo suficiente a ese espacio de oración y encuentro con el Señor que ahora tanto necesitamos todos.

Todas las iniciativas que se están llevando a cabo estos días para unir a los cristianos en oración nos demuestran una vez más que, aunque estemos todos encerrados en nuestras casas, la Palabra de Dios no está encadenada, sino que tiene poder para viajar libremente y entrar en los corazones de todos aquellos que deseen acogerla.

Sin embargo, en pleno siglo XXI ya no son las campanas, sino el sonido de los móviles, lo que nos invita a la oración, y aunque bien está que nos sirvamos de todos los medios que estén a nuestro alcance para comunicarnos con nuestros hermanos, la tecnología nos ha hecho olvidar que el sonido de las campanas tiene un significado mucho más profundo y espiritual que el mero repique metálico al que estamos tan acostumbrados. Las campanas, antes de ser colocadas en el lugar destinado para ellas, son objeto de una bendición muy particular que las convierte no sólo en un medio de comunicación, sino en un arma espiritual muy poderosa.

El ritual romano de 1908, cuando contempla la bendición de las campanas,  dice textualmente:

«Que la fe y la piedad del pueblo crezcan cada vez más fuertes siempre que se escuche su melodioso repique. Que su sonido aleje a todo espíritu maligno; que se desvanezcan trueno y rayo, granizo y tormenta; que el poder de tu mano someta a los malignos poderes del aire, que tiemblen con el sonido de esta campana y huyan acto seguido ante la visión de la santa cruz grabada en ella».

 

Y la bendición culmina con una oración final que, de nuevo, evoca el peso espiritual que reciben las campanas:

«Que siempre que suene huya el enemigo del bien, que el pueblo cristiano escuche la llamada a la fe, que aterrorice al imperio de satanás, que tu pueblo se fortalezca al ser llamado a unirse al Señor y que el Espíritu Santo esté con los fieles igual que se deleitaba de estar con David cuando tocaba su arpa.

 

Y al igual que una vez el trueno en el aire ahuyentó una horda de enemigos, cuando Samuel sacrificaba un cordero lactante como holocausto al Rey eterno, así cuando el repique de esta campana resuene en las nubes traiga una legión de ángeles que vigile la asamblea de tu Iglesia, los primeros frutos de los fieles, y aspiren a tu protección eterna en su cuerpo y espíritu».

 

La campana es un arma, y ningún soldado en su sano juicio renunciaría a las armas cuando es enviado a la primera línea de batalla sino que, más bien, trataría de abastecerse con todo lo que estuviera a su alcance para poder salir airoso y regresar a su casa sano y salvo.

 

Así pues, ¡hagamos sonar nuestras campanas! Seamos valientes soldados de Dios, y asomémonos a nuestros balcones… pero no para criticar ni para ensalzar a los hombres, sino para elevar nuestros ojos más allá de nosotros mismos y dirigirlos a la Reina del Cielo, para pedir su protección en esta hora aciaga en la que el combate se está recrudeciendo, y en la que estamos viendo caer a muchos de nuestros hermanos.

 

Cuando el reloj marque las 12:00 del mediodía haz sonar las campanas de tu iglesia. Salgamos todos al balcón y recemos juntos el Angelus para pedirle a la Virgen que nos proteja de la epidemia.

 

Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la cólera divina contra los israelitas, ¿acaso podemos llegar a imaginar que el Señor pasará por alto la intercesión de la Virgen? No, es imposible, porque mientras que las oraciones de los santos son peticiones de amigos, las plegarias de la Virgen son ruegos de Madre.

 

 

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